jueves, 2 de enero de 2020

2020 iluminado

La iluminación es un concepto filosófico y religioso que me llama la atención. Todo surge gracias a una felicitación que he recibido este año pasado, 2019, deseándome «un 2020 iluminado», ¿¡Original, verdad!? Me brotó una sonrisa y pensé, « ¿Y cómo me ilumino?», esperé  otro WhatsApp con alguna postal digital que le diera sentido a ese deseo tan metafísico. Porque mi amigo no puede imaginar cuánta intranquilidad ha creado su deseo en mí. ¡Cómo diablos me voy a iluminar yo sola!  

Además siempre he tenido mucha electricidad estática con lo que provoco pequeños accidentes, chispas y demás cortocircuitos a toda clase de aparatos electrónicos a los que me acerco. Y lo que es peor, cómo se responde a esa felicitación. Me gusta responder a las felicitaciones que recibo más que felicitar directamente. Pero qué le digo a alguien que me quiere ver «iluminada»…Todo un sinvivir ha sido esa felicitación porque la dejé así, sin respuesta, ni un «gracias». No voy a agradecer algo que no entiendo. Y si el sujeto en cuestión lo que desea es que me caiga un rayo y me haga desaparecer en mil pedazos porque esa es la única forma que veo yo de iluminarme.


 Aproveché estos días tan aburridos, de supuesto descanso, para llamar a amigos y amigas que practican yoga. Creo que es la actividad física que se relaciona con la iluminación. Y quedé para hacer una clase de prueba. La verdad es que resulta más complicado de lo que parece todo y que  mi elasticidad es buena porque conseguí sobrevivir a la primera clase. Lo mejor fue el profesor. Un apuesto argentino con pinta de surfero buscador de olas más que de monitor de yoga. Lo primero que hizo fue quitarse la ropa- no toda, casi toda- y luego empezó a decir que cogiéramos un tocho, una cinta y no recuerdo qué más… Yo no le hice caso, más bien porque no sabía a qué material se refería y luego entendí que el tocho debía de ser para lanzarselo a él y que entienda que debe practicar el silencio. Tranquilos, no le lancé nada. Pero el gurú bonaerense no calló, ni un segundo. Con los ojos cerrados, con todas sus extremidades cruzadas en formas indescriptibles, seguía hablando. A la vez indicaba, «cierren los ojos y abran sus chakras, respiren»…

Fui para saber lo que era la iluminación y me dijeron que tenemos «chakras» pequeñas puertas de iluminación por todo nuestro cuerpo. Por unos segundos me sentí totalmente desplazada  porque los otros asistentes parecían relajados y yo era como una pulga molesta que iba abriendo los ojos y mirando al profesor entre pensamientos lujuriosos y de rencor por dar tantas órdenes incomprensibles tan rápido. Creo que hablaba en indio o sánscrito o cualquier lengua muerta o de otra galaxia. Élfico no era, de eso sí estoy segura. Mi rabia era hacia mi madre por haberme parido así, sin conexión, dónde puñetas están mis chakras. Al parecer carezco de esos «enchufes» y por ello no podré iluminarme. ¡Qué desesperación! Cómo voy a tener un 2020 iluminado sino tengo esas puertecillas diminutas en mí. Dicen que el yoga relaja, a mí con solo una clase me ha excitado y me ha puesto de los nervios para todo el 2020. Siempre había pensado que las personas etéreas y elevadas espiritualmente eran gordas, feas y sonrientes. Pero un gurú dicharachero, trasandino y escultural como un David de Michelangelo bien vale una iluminación o dos, si llegara el caso.
Os deseo toda la iluminación posible para este 2020 ya sea eléctrica, la de toda la vida, o a través de esos misteriosos chakras. Yo, si el universo me deja, seguiré con mi vida terrenal aunque prometo asistir a esas clases de yoga por puro interés espiritual y científico, nada más. ¡FELIZ 2020!

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