martes, 5 de abril de 2022

Otro 5 de abril, sin pizza ni manzana

Yo sé que me miras aunque no te veo, he aprendido a reírte cuando nadie me ve. Sobretodo por la mañana, mientras preparo el desayuno y aún no ha salido el sol. A veces hablas tan alto que me giro para mandarte callar y no estás, y me río. Un río de sonrisas que me parte en cien pedazos de mí que no olvidan el ayer. Aquellos cinco de abril de tu cumpleaños, tú cenabas pizza y yo una manzana, era vegetariana.



Sigo en mi cuarto menguante, habitando cuerpos durante noventa minutos. Perdiéndome entre abrazos sordos, más bonitos que aquellos otros que no me dejaban respirar, los que dicen que sanan, pero ahogan. Los que te sacan todo el aire con un ruido peculiar y te hacen daño sin querer sino por querer. Tengo más claro a dónde no quiero volver que a dónde voy, volvería a nosotros, pero es una realidad que solo vive en mí, mi metaverso particular, el espacio-tiempo real me lo impide. No te reencarnes, por favor, a mí me quedan cinco minutos de vida, a tí un suspiro de eternidad. Tú eres la infinitud y yo una simple torpe con lateralidad confundida.

Mientras vivías te imaginé feliz, en la casa de mis sueños haciendo los tuyos realidad. Pero tus sueños eran yo, y yo una insomne crónica, cuando desperté de mi pesadilla tú ya te habías ido sin avisar, de puntillas como cuando me quedaba dormida en tu cuarto y tú sacabas al perro sin hacer ruido para no despertarme. Seguí dormida hasta un amanecer que no llegó nunca, mi mundo se volvió noche para siempre, una noche de estrellas y luna menguante en la que me columpio imaginando tu vida perfecta en alguna estrella lejana, desarrollando nuevos lenguajes de comunicación entre mundos y agujeros negros. ¿¡Me copias!?

Dicen que las personas buscan su mitad, yo me sobro entera y a veces me sumo a algún cuerpo que despierta de su letargo entre mis abrazos sordos, elevándose hasta una ilusión imposible. Un final decodificado por un texto enviado con un «piensa en nosotros», al que mi cerebro se bloquea con un, «otra vez», y el algoritmo de desconexión se inicia con un «tenemos que hablar». Hablar para decir adiós, se que te ríes cada vez que lo hago, sé que te diviertes en tu perfecto silencio sonoro de mí. Soy tu humana favorita en una eternidad sin humanidad. Pero cada cuerpo extraño de mí se empecina en hablar de «nosotros», todos olvidan que yo me conjugo en singular. He desarrollado un complejo sistema anti vidas ajenas, se activa cuando percibe algún atisbo de acomodamiento emocional de un tercero, ¡qué confianza tan aventurera! Pensar en mí como en «nosotros», sin pedir permiso. Mi mecanismo algorítmico anti posibles  mitades se activa de forma infalible con un «borrar contacto», así  pasan a la lista de amores perfectos con licencia a ser olvidados. Y yo quedo libre para buscar otro cuerpo en el que intentar buscarte. Sabes que me gusta, me gustas, me gustan, todo de todos. Y tú disfrutas mirando desde el otro lado, diciéndome, «no lo veo para ti, siguiente», tal cual hacías con mis andanzas entre pizzas y manzanas. 

Y entre tanta fruta prohibida, soy yo el fruto de aquello que nunca sembraré. Pero la vida siempre me dice ven, pero jamás me enseña aquello que no puedo ver, a ti. Parece que tengo mucho, pero solo me tengo a mí, soy poca cosa, pero bastante esencial en mi vida, la de aquí. La que ya no es la tuya, no sé porqué el destino me eligió a mí para seguir aquí, cuando tú eras el genio. Ando detrás de tu genialidad por la Tierra, y solo queda uno de los de aquella época. Lo sigo, y en cada conferencia, pienso que tú le esperas entre bastidores, pero solo hay nada, una nada infinita que respiro, y me llena de recuerdos que me empujan en mi camino, esa nada que vive en mí y es mi mejor amigo. Una nada conocida con la que puedo hablar a cualquier hora. Lo bueno de nuestra perfecta amistad, como antes, es que no hace falta que te explique todo lo que vivo porque tú ya lo sabes, es una relación cómoda, no tienes competidores. Nunca los has tenido. 

Como buena gata, la curiosidad me provoca y los retos me atraen, sigo buscando por mero placer, para poder arañar y ronronear un rato, la soledad infinita me ha convertido en una cazadora de almas sin corazón. Soy un robot, ¿te acuerdas? Sigo siendo Arale, preguntona y curiosa. Juego, seduzco, acaricio y con un zarpazo me vuelvo a mi madriguera sin conexión.  Siempre es el mismo final. Una posición cómoda, un margen perfectamente delimitado. Mi margen, donde el fuego no me alcanza. Porque todos son fuego, y yo tengo miedo a arder. Siento que te has escondido de mí. Tu marcha fue tu mejor venganza. Perdí la batalla, me convertí en cero para siempre. Me falta el uno, así no hay fórmula posible. Soy un robot sin corazón ni sistema operativo que busca configurarse. 

Dicen que todo va y viene, pero tú solo te fuiste y los dos olvidamos el billete de vuelta.  Y te fuiste, sin avisar. Te fuiste aunque yo te dejé primero. Me hubiera gustado ir contigo aquel día en aquel coche. Nuestro último viaje, o no, hubiéramos parado para comer una pizza, porque yo ya no soy vegetariana, ¡bueno, a veces, un poco! Dicen que en el Universo, allá donde estás, no hay luz, es todo oscuridad, pero también dicen que el amor es ciego por lo que nos daría igual.

¡Feliz cumpleaños! 54 ya, pero yo llegué primero, aunque me iré la última.

PS: el texto lo he construido,expresamente, con citas de canciones de Beret. He indicado en cursiva las frases de su autoría. ¡Grande Beret! Gracias por romperme el corazón cada vez que te escucho.

Texto original 05/04/2022

domingo, 14 de marzo de 2021

365 lunes

El viernes 13 de marzo de 2020 fue mi día 0. El inicio de un periodo atemporal de 365 lunes que parece empieza a llegar a su ocaso. Vuelve a ser primavera, ahora hay un sabor a atardecer  infinito de color grisáceo. Se percibe un fuerte deseo de que llegue el martes. Un martes aburrido y normal de 24 horas. Quién imaginaba que íbamos a anhelar los días de pocas horas y de muchas actividades que solo nos hacen perder el tiempo. El ir de aquí para allá, aunque sea sin sentido, se ha convertido en un acto de rebeldía. Quién hubiera dicho que perder el tiempo como mejor nos plazca es un derecho fundamental del ser humano.

Foto de Ángeles sentada en un banco


Dicen los Estados  y sus estadísticas, todopoderosas, que vamos a ser mejores personas: más higiénicas, más humildes y más ecológicas. Me cuesta mucho sentirme mejor que hace 365 lunes: mis células han envejecido, mi cuerpo se ha oxidado por la falta de ejercicio físico y mi mente tiene agujetas por exceso de uso.

Todo lo que no hice el día 0 nunca será hecho. Se perdió en alguna dimensión espacio-tiempo que ya no me interesa. Lo curioso es que solo una acción, que no acabé en aquellos momentos de la última semana de siete días, ha vuelto a llamar a mi puerta. Sabía que ocurriría, porque así lo he deseado durante los 365 lunes. He trabajado y trabajo para hacer ese proyecto realidad y toda circunstancia en mi vida que no esté a la altura de ese objetivo, sencillamente me aburre o, se desvanece por el propio fluir de un lunes infinito, normal y corriente.

Siempre habíamos dicho que los lunes eran duros, el día de inicio de todo, vuelta al trabajo: producir, crear y avanzar. Así son los lunes. Y los últimos 365 lunes me han transformado en la columna principal de mi mundo, si yo me quiebro los lunes desaparecen. Sin duda, he jugado en casa, como pez en el agua me siento, porque los lunes siempre han sido mi día favorito y jamás pensé el vivir una vida plena en un lunes de 365 días.

Dicen que hemos vivido una guerra, algo pandémico y global. En mi ejército de vida no hemos tenido bajas, en mi legión de extraños amigos, sí. El bicho se ha cobrado vidas, incontable e innombrable legión de ilusiones quebradas por falta de oxígeno. El martes siguiente nadie las recordará porque solo importará llegar al viernes. Todo por un fin de semana, 48 horas de hacer lo que quieras sabiendo que volverá a ser lunes. Habrá lunes de regreso y lunes de ser un domingo más. Personas que no van a volver a trabajar ni a ser lo que eran, náufragos  de un pasado lejano y certezas de un futuro a la deriva.

365 lunes viviendo como muertos durmientes por miedo a morir. Los números se han vuelto líquidos, se les van los decímales y las unidades de mil por agujeros invisibles. El tic-tac de las agujas del reloj enmudeció y se abrió la dimensión donde habitan los sueños de Dalí. El maestro de los lunes eternos y de los espacios oníricos que dormían tranquilos hasta que el primer lunes de 365 días los despertó. La noche desapareció, todo era día, luz y destellos deslumbrantes aun teniendo los ojos cerrados. Hemos paseado 365 lunes por el cementerio de nuestra propia vida.

Cómo saber mañana, lunes, 15 de marzo de 2021, que será un lunes más o el lunes, 366, de la nueva normalidad. El Estado nos garantiza solo dos semanas de normalidad comparada, mientras nos exige que le entreguemos nuestra lealtad por cuatro años. ¿Cuántos lunes caben en esos cuatro años? Nadie lo sabe. Yo, por si acaso, sigo en modo lunes unas cuantas semanas más y solo intercalaré algún fin de semana entre un miércoles y un jueves, lo que todavía no tiene nombre, propongo llamarlo «miersamingo», dícese del fin de semana que puede ocurrir entre un miércoles a un domingo en la era de los lunes de 365 días. ¡Feliz lunes!

Fuente consultada: ninguna

Fuente de inspiración: Alicia.

 

martes, 16 de febrero de 2021

Persona o ciudadana

Hace unos días, escuchando a un youtuber  hablar sobre sus razones para no votar en las pasadas elecciones, me surgió la necesidad de aclararme con  el concepto de ciudadano. El periodista en cuestión se sentía traicionado y defendía su decisión de no votar como ciudadano libre. En el preciso instante de empezar a teclear mi respuesta a su sentimiento pensé cómo puede ser ningún ciudadano libre alguna vez.

Dentro de cada ciudadano habita, dormida, una persona.


Ciudadano es, en sí misma, una palabra excluyente de libertades, sobre todo de las libertades ajenas. Desde sus orígenes, del latín, es la palabra que define a los habitantes de las ciudades, pero no  a todos, de ahí lo de excluyente, solo a los que tenían derechos. Mujeres, niños, esclavos de todo tipo y extranjeros no entraban en esa condición.

Ciudadana es, en sí misma, una palabra excluyente

Los años fueron pasando se fue preparando un nuevo concepto de ciudadano libre, fraternal e igualitario que la Revolución Francesa enalteció como avance histórico, sin duda lo fue, aunque una vez más se olvidaron de incluir a mujeres, niños y esclavos. Los pocos ciudadanos libres del momento empezaron a votar. Claro está a votarse entre ellos con total libertad y fraternidad. 

Casi doscientos años más tarde, en algún momento de este tortuoso camino de evolución histórica alguien nos ha estafado. Así me siento, porque no veo nada bueno en ser ciudadana. Los políticos o lo que es igual, las monarquías dirigentes*, sean de una lateralidad u otra, son los únicos ciudadanos libres porque no son juzgados, pueden contratar y dar trabajo a sus familias y amigos, el ejército y las fuerzas de seguridad les protegen, tienen recursos sanitarios directos e inmediatos, y dispondrán de retribución económica de por vida. Son libres de casarse entre ellos y compartir cargos públicos…Algo imposible para el resto de ciudadanos, supuestamente igual de libres. 

Los ciudadanos confraternizan y legislan, las personas nacen, crecen y se reproducen

 – si les apetece-

Pido permiso para devolver mi libertad ciudadana, -el pack completo-, hasta que incluya el mismo equipamiento de serie que el de los políticos, altos funcionarios y monarcas. Mientras llega ese momento, decido ser persona, así sin más. Prefiero ser persona que ciudadana porque es algo que eliges y construyes cuando naces  como ser humano. Ser persona es más fácil solo tienes que ser tú, lo que ya es suficiente tarea. Puedes reír, llorar y opinar. A nadie le importa, ni nadie te juzga cuando eres solo una persona más. No necesitas patria, ni estado, solo una tierra  con mar o montaña. A las personas se les recuerda por su aroma, su sonrisa, por su voz. A los ciudadanos se les recuerda en los libros de historia  por lo que escriben otros ciudadanos de ellos. Los ciudadanos son gobernados por el Estado y la patria. Las personas por la familia y los amigos. Los ciudadanos reconocen y normalizan la jerarquía. Las personas reconocen  la diversidad. Las personas son libres desde el minuto cero de su existencia, no necesitan votar para tener libertad. Los ciudadanos solo tienen libertad cuando el Estado decide convocar elecciones. Los ciudadanos confraternizan y legislan, las personas nacen, crecen y se reproducen – si les apetece-. La persona se elige a sí misma, es el grado máximo de libertad poder no ser tú mismo, sin identidad, pero con personalidad. Un ciudadano no tiene personalidad solo identidad. Una persona nace para ser amada. Un ciudadano se crea para ser respetado. Lo más bonito que se le puede decir a otra persona es te quiero. Lo más bonito que se le dice a un ciudadano es llamarlo patriota. Ser persona es un don natural. Ser ciudadano es un derecho civil… Dos mil y pico de años han conseguido crear al esclavo perfecto: aquel que elige, -votando-, a sus amos como acto de libertad.

Ser ciudadano está sobrevalorado, si probáis a ser personas seréis más felices, aunque no votéis.


* Uso el término, «monarquías dirigentes», expresamente porque apenas existen diferencias entre los privilegios de cualquier monarca y los dirigentes de los estados. 

martes, 22 de diciembre de 2020

Esta navidad, prometo

 ¡Vuelve a ser navidad! Quien nos hubiera dicho que echaríamos de menos  la navidad con su atrezzo o escenario sobrecargado de propósitos. Después de nueve, 9, meses de movimientos restringidos, de espacios cerrados, de sentimientos higienizados  ya no nos reconocemos y echamos de menos cosas que antes se nos antojaban ridículas y fastidiosas.    



Estas navidades, no imagino a nadie haciendo las típicas listas de deseos y propósitos de final de año. ¿Alguien se atreve a desear? Creo que se ha prohibido fuera de horario restringido. Los deseos no cumplen las normas sanitarias en esta pandemia global. Nadie sabía que los deseos eran vulnerables a un virus que te silencia y te anula, porque no se puede ir por ahí deseando lo que te apetece, hay que ser solidario y nuestras emociones también le pertenecen al Estado. Y si nuestros deseos contagian a otras personas y empiezan a soñar lo que les apetece que sea el próximo 2021.

Por si acaso, yo voy a prometer pero sin desear. Si alguien no comprende la diferencia, creo que desear es volátil mientras que prometer implica acción y el compromiso de hacer lo que  has prometido. Las promesas dependen de ti, los deseos existen en una dimensión imprecisa, las promesas están aquí cerca nuestro, solo hay que ponerse a ello.

Prometo

Prometo cruzar la península en coche.

Prometo estar con los que pronto ya no estarán.

Prometo vivir cada día como el día que es: lunes, martes...

Prometo pagar yo el café en mi próxima reunión de trabajo.

Prometo recorrer los caminos que  me quedaron por recorrer.

Prometo no enfadarme cuando alguien me empuje en un bar lleno de gente.

Prometo reírme cuando me digan que mi generación nunca ha sufrido una guerra.

Prometo pintarme los labios cada día para lucir mi sonrisa a pesar de que no es perfecta.

Prometo dar la mano, abrazar y besar para saludar o despedirme de las personas.

Prometo no enfadarme cuando se hayan agotado las entradas de un espectáculo.

Prometo no jugarme la vida haciendo tonterías, porque tener salud es la mejor de las propiedades.

Prometo no huir del amor porque el amor me ha infectado y no quiero ninguna vacuna.

No más mascarillas.

No más aforos reducidos.

No más domingos eternos

No más videoconferencias.

No más cierres perimetrales.

No más distancia de seguridad.

FELIZ NAVIDAD 2020

 

No sabía cómo felicitaros estas fiestas y  compartir con vosotros mis mejores promesas, que no deseos. No puedo imaginar cómo podéis sentiros aquellos que habéis perdido a personas por causa de este virus. No hay espacio para  la ironía en tanto dolor. Deciros que la muerte es la mayor afirmación de la vida, que por eso la gente hace cosas extraordinarias cuando sabe que va a morir pero no hay consuelo cuando entendemos que también las personas que más queremos morirán y pueden hacerlo todos los días. Está permitido llorar, está permitido enfadarse pero jamás deprimirse. No podemos dejar de celebrar la vida a pesar de que la muerte esté rondando cerca, muy cerca. Por esas «sillas vacías», tenemos que celebrar este año todo con más fuerza. Porque no dejamos de ser hijos cuando nuestros padres se van, ni nietos, ni madres o padres. No nos convertimos en huérfanos por la muerte de un padre o una madre. Ni dejamos de ser madres por el fallecimiento de un hijo. Seguimos aquí y debemos de ser las personas que fuimos cuando ellos, los que ya no están, estaban. Porque la muerte no nos cambia solo nos hace llorar. La muerte nos recuerda que estamos vivos y que somos libres para morir. Depende de nosotros elegir la vida, y prometo vivir, solo eso, vivir el 2021.

¡Permaneced sanos!


domingo, 23 de agosto de 2020

Vacaciones «made in Spain»

Se me supone de vacaciones, exactamente llevo seis  semanas más una sin trabajar. Hay que tener en cuenta que en mi caso entiendo que trabajar es el acto de  escribir para mi revista, agencias de noticias, proyectos varios así como escritores despistados que buscan orientación literaria, suena irónico que yo pueda orientar a nadie.


Trabajar puede ser un verbo con varias acepciones, la RAE vincula el trabajar a realizar una tarea con esfuerzo en casi todas las definiciones que propone. Es curioso que solo en una de ellas, nuestra Real Academia define trabajo con «tener una ocupación remunerada en una empresa, institución, etc.» Para mí «trabajo» no significa esfuerzo ni tampoco ganar dinero, siempre. Porque en mis supuestas vacaciones he trabajado y he ganado dinero a la vez. No voy a entrar en detalles porque sería complicado definir todas las ocupaciones y actividades físicas y mentales que he desarrollado en mi «periodo vacacional», lo único cierto es que decidí darle un descanso a mis dedos delante del teclado y al eterno estrés de la página en blanco del Word, cerré mi email y desconecté mi teléfono más de ocho horas al día. Confieso que la semana pasada, que era mi semana siete de descanso, abrí tres páginas en blanco y las guardé con vínculos  a páginas web e ideas flotantes  para próximos artículos. Conseguí engañar a mi deseo de volver a la rutina y continué de vacaciones; Lo que ha sido absolutamente agotador pero altamente recompensado.

Una parte de mí se siente por fin integrada y patriótica al haber hecho vacaciones en agosto. La verdad es que jamás imaginé que la actividad se detuviera incluso saliendo de un confinamiento de tres meses y ante un caos económico como el que vivimos. Los patrióticos de cabeza erguida  siempre besan  principios como «Dios, Patria, Rey» Pero jamás se menciona a  Agosto, sí, como suena, el mes de agosto es el eterno no-mencionado en el manual del buen ciudadano español. No hay principio religioso, ni libertad constitucional que produzca más aceptación popular que las vacaciones de agosto. ¿Qué el mundo tiene una pandemia? Pues nos vamos de vacaciones. ¿Qué hay un millón y medio más de parados, sin contar las personas que están en ERTE? Pues nos vamos de vacaciones…

¡No hay nada mejor que ser optimista! El 1 de agosto se publica que el Covid ha reducido el PIB español en un 18,5% y como se esperaba una reducción del 22%, ¿qué hacemos? Irnos de vacaciones para celebrarlo. Si es que todo podría ser peor, por supuesto. Podría haber más de 40.000 muertos y sumando, pero las calculadoras del estado se han parado en la cifra de 28.000 muertos y pico. Siento lo del pico, suena irrespetuoso para los muertos que se excluyen, pero como soy de letras me cuesta diferenciar entre números naturales y números políticos.

¡Por fin he hecho vacaciones en agosto, como la familia real, el Presidente y la mayoría de funcionarios y políticos! Me llena de orgullo y satisfacción como autónoma, poder gritar esta exclamación. Es complicado detallar todo lo realizado durante estos 42 días,  resulta más interesante compartir  lo que he sentido: He entrado en un estado como decía aquel título de un libro, « Qué esperar mientras estás esperando», no encuentro una única palabra que defina mi estado emocional de estas semanas, tal vez la expresión « calma expectante», por contradictorio que suene.

Es un estado en el que me reconozco bien pero percibo que todo aquello que me rodea, y no puedo controlar, está moviéndose hacia una dirección que desconozco. Sufro un efecto madriguera fuera de temporada, porque normalmente me llega en octubre, con el otoño, pero este verano he sentido la necesidad de quedarme aquí, mirar, escuchar, sentir y evitar (a otros seres humanos). Intentar descifrar lo que  susurra el viento, tal vez, solo lo percibo yo porque soy aire, por ser acuario, pero hay susurros que me hablan y que no entiendo.

Sufro otro síndrome, el del silencio. Algunos convecinos entenderán a lo que me refiero. Después de 25 años conviviendo con un tráfico aéreo internacional de avión por minuto aterrizando y despegando, resulta realmente extraño el estar en silencio en cualquier parte de mi casa, de mi barrio y de mi municipio. Alguien se plantea qué será de nosotros cuando se recupere el tráfico del aeropuerto internacional del Prat y volvamos a nuestra normalidad pre pandemia de un avión aterrizando cada tres minutos…Este síndrome, sin nombre, tal vez nos ha hecho escuchar todo el  silencio que antes no percibíamos y podemos dibujar futuros que no escuchábamos por haber desarrollado la capacidad de aislarnos del ruido que en realidad es la capacidad de aislarse del silencio.

Tengo que dejaros porque debo prepararme para volver a mi trabajo, lo que es un placer inmenso, con lo que según la definición de la RAE resulta que  mi vida transcurre  en un estado de período vacacional  durante unos 365 días al año, y por esa razón adoro los años bisiestos como este, aunque venga con pandemia incluida y vacaciones «made in Spain» durante el mes de agosto.

¡Cuidaros y permanecer sanos!

 

domingo, 7 de junio de 2020

Adiós confinamiento



Parece que esto, «el confinamiento», llega a su fin. Qué certero es aquel dicho que nos recuerda que « todo pasa». Es la primera vez que me enfrento a la despedida de un confinamiento. Desconozco si sabré cómo hacerlo. De hecho no tengo claro si deseo dejar de estar confinada. Lo poco que he visto del mundo exterior esta semana me invita a pensar  que hay una diferencia sustancial entre como me siento y como lo hacen mis congéneres. Percibo que la sociedad ha puesto el piloto automático de la normalidad. Me desconcierta la distancia que hay entre lo que dice y dicta el gobierno y lo que hacemos y vivimos los ciudadanos en las calles.

El confinamiento me ha dado muchas cosas, todas buenas: He seguido trabajando más y mejor que antes, que tenido la oportunidad de desayunar a media mañana con mi hijo pequeño, hablar de todo despacio y compartir mis proyectos con él y escuchar sus ideas. Hemos salido juntos al patio, a nuestro patio particular, a veces ha llovido y otras ha salido el sol. 


Mi familia por fin ha entendido que trabajo, después de 10 años de hacerlo principalmente desde casa. Han sabido apreciar que trabajo muchas horas, también cuando no estoy técnicamente trabajando: cuando camino y hablo en voz alta, cuando me preguntan algo y respondo cualquier cosa que no tiene nada que ver con la pregunta. Cuando me levanto para ver amanecer y  acabar algo que siempre tengo por terminar.  Qué leo por mi trabajo, que escribo por mi necesidad de sobrevivencia. Que todo eso que son hobbies para personas son prioridades en mi vida laboral y personal. Que soy contable unos días, empresaria e inversora otras, que me peleo con cifras de audiencia y lenguajes de programación que no entiendo, que nadie me manda porque soy autónoma pero todos y todo me condicionan. Que soy feliz hasta cuando estoy enfadada y que  siempre me digo que podría haberlo hecho mejor. Que mi grupo de trabajo me completa.  Y que los resultados llegan, siempre llegan.

El confinamiento me ha dado muchas cosas, todas buenas

El confinamiento me ha dado la oportunidad de matar a mi padre en vida y eso me permitirá estar en paz en su muerte. He podido perdonar a mi madre por ser cómo es y empezar a admirarla aunque no la entienda y represente todo lo que yo nunca seré. He entendido que todo lo que necesito no está ahí afuera. He aprendido a agradecer porque tengo una vida que la mayoría de personas no puede ni siquiera soñar porque temen enfrentarse a sus sueños. Estoy donde quiero estar y dibujo con precisión de (*) Rotring  0.70mm mi futuro.  Pocas horas antes de iniciar el confinamiento había pedido tiempo, se lo dije a una amiga textualmente así: « necesitaría que el tiempo se parara y que el viernes 13 nunca llegara. Deseo desaparecer para poder acabar todo lo que he empezado. Mi hijo también necesita tiempo, es lo único que no puedo darle…» Y ocurrió, el viernes 13 de marzo nunca llegó, se detuvo para mí el día 12 y hasta hoy 7 de junio que escribo estas líneas para despedirme de un confinamiento que no ha sido tal, más bien un proceso de renacimiento consciente al momento justo donde estoy, que es donde quería estar al principio de todo y también al final.

Me declaro en estado  de excepcionalidad vital permanente

Para mí las doce semanas de confinamiento han sido paz, han sido tiempo lento, de ese que te hace cosquillas cuando lo recuerdas. Semanas de risas sin prisas, de incertidumbre por los que quieres, tiempo para descubrir que amas a tantas personas que ellas ni lo saben.Que no es importante que lo sepan sino que tú lo sientas. Mientras la humanidad quiere volver a su normalidad, yo me declaro en estado  de excepcionalidad vital permanente y así pienso seguir.

(*) Rotring: Rotring es una conocida marca de bolígrafos técnicos para delineación y dibujo técnico. Suelen ser de puntas muy finas para tener precisión en los escalados.

jueves, 14 de mayo de 2020

Vidas provisionales


Escribo desde la fase 0 de una desescalada que nos debe llevar a una anhelada normalidad. Hoy he ido al centro de la pequeña ciudad donde vivo y todo parece resurgir. Caminaba como si fuera una superviviente que viera todo por primera vez. Me he dado cuenta que sonrío mientras camino a pesar de que la mascarilla que visto no deja ver mi sonrisa. Siento que la gente sonríe también. Nos alegramos de vernos aunque no nos conozcamos. ¡Estamos aquí y estamos bien! Qué fácil y sencillo sentirlo, y a la vez, resulta  un gran motivo de celebración. 

Percibo una nueva energía que nos cambiará a todos o tal vez ya nos ha cambiado y por ella nos sentimos  «nuevos». Así es como  me siento, nueva, «nueva de mí», a pesar de que mi físico se ha deteriorado, imagino que el de todos, y no a nivel estético sino a nivel muscular. Tal vez nuestra mente ha cambiado y con ella nuestra «alma». Las personas con las que he hablado han sido felices y productivas durante el confinamiento. Productivas sobre todo con ellas mismas: se han cuidado más que nunca y han aprendido a disfrutar de todo lo que tienen en casa. El salir al mundo exterior se ha convertido en una obligación que rompe esa producción holística de autoservicio y auto beneplácito.

Existe una teoría en Psicología que llama, «vida provisional», a la que se tiene cuando se pasa un tiempo en la cárcel, o en un hospital, o en un confinamiento. En mi caso creo que la vida provisional la llevábamos todos antes de esta pandemia. Una vida subrogada a los demás, llena de huidas de nosotros mismos. Cuando tienes que convivir contigo mismo durante más de 50 días, sin fugas efímeras, aprendes a reconocer que lo que no echas de menos es lo que te deconstruía de más. Nos hemos desintoxicado de tantas cosas y de tantas personas innecesarias en nuestras «vidas pre pandemia» que somos «nuevos nosotros».

Siempre había entendido que se necesita mucho tiempo para construirte y muy poco para romperte. Hemos tenido tiempo, horas y horas para creer y crear nuevas versiones  de nosotros mismos que deberemos cuidar en un futuro próximo y no contaminar con viejas costumbres. Recuerda que derribar lo construido es casi instantáneo.  Por ello el peligro de los que abogan por la incongruente «nueva normalidad». Quién quiere ser «normal» pudiendo ser extraordinario. Qué obsesiva costumbre tienen todos los estados con hacer «normales» a sus ciudadanos. ¡Dejadnos ser extraordinarios! Porque así nacimos.

En mi opinión personal, si miro históricamente a otras guerras, veo una obsesiva necesidad de reconstruir lo derrumbado pero no de crear algo nuevo. ¡Derrumbamos y volvemos a construir! Así un siglo tras otro. Tal vez, por esa razón llegamos a esta pandemia con los niveles de humanidad tan precarios. De hecho, propongo extinguir la palabra «humanidad», hacer un encuentro global transgeneracional y buscar una nueva palabra que nos defina como especie y demuestre nuestro regreso al reino animal con humildad y agradecimiento y olvidar  nuestro propio inframundo humano pasado. Que las nuevas generaciones no asocien al ser humano con  matar y esclavizar como formas de economía global normalizada.  

Cada uno de nosotros tenemos una oportunidad de reinventarnos de la forma que mejor nos parezca, no existe una forma de proceder única y estandarizada para reinventarse, a pesar de que los medios digitales están inundados de nuevas ideas de autoayuda. Tal vez, esa es la cuestión, ya no vamos a necesitar la «auto ayuda» en ningún ámbito, porque vamos a ser capaces de ayudar a los demás aunque sea solo con una sonrisa y un «buenos días» mientras esperamos en cualquier cola, de las tantas que hay en cada ciudad. No está mal hablar a dos metros de alguien que no conoces, si lo piensas con detenimiento resulta hasta poca distancia, las palabras también acarician y nos hacen vibrar.  Después de llevar casi tres meses hablando a un  clic de otra persona, dos metros de distancia real no me parece tanto.

Listos para la fase 1: Susurrar con la mirada mientras nuestros labios permanezcan ocultos.