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martes, 16 de febrero de 2021

Persona o ciudadana

Hace unos días, escuchando a un youtuber  hablar sobre sus razones para no votar en las pasadas elecciones, me surgió la necesidad de aclararme con  el concepto de ciudadano. El periodista en cuestión se sentía traicionado y defendía su decisión de no votar como ciudadano libre. En el preciso instante de empezar a teclear mi respuesta a su sentimiento pensé cómo puede ser ningún ciudadano libre alguna vez.

Dentro de cada ciudadano habita, dormida, una persona.


Ciudadano es, en sí misma, una palabra excluyente de libertades, sobre todo de las libertades ajenas. Desde sus orígenes, del latín, es la palabra que define a los habitantes de las ciudades, pero no  a todos, de ahí lo de excluyente, solo a los que tenían derechos. Mujeres, niños, esclavos de todo tipo y extranjeros no entraban en esa condición.

Ciudadana es, en sí misma, una palabra excluyente

Los años fueron pasando se fue preparando un nuevo concepto de ciudadano libre, fraternal e igualitario que la Revolución Francesa enalteció como avance histórico, sin duda lo fue, aunque una vez más se olvidaron de incluir a mujeres, niños y esclavos. Los pocos ciudadanos libres del momento empezaron a votar. Claro está a votarse entre ellos con total libertad y fraternidad. 

Casi doscientos años más tarde, en algún momento de este tortuoso camino de evolución histórica alguien nos ha estafado. Así me siento, porque no veo nada bueno en ser ciudadana. Los políticos o lo que es igual, las monarquías dirigentes*, sean de una lateralidad u otra, son los únicos ciudadanos libres porque no son juzgados, pueden contratar y dar trabajo a sus familias y amigos, el ejército y las fuerzas de seguridad les protegen, tienen recursos sanitarios directos e inmediatos, y dispondrán de retribución económica de por vida. Son libres de casarse entre ellos y compartir cargos públicos…Algo imposible para el resto de ciudadanos, supuestamente igual de libres. 

Los ciudadanos confraternizan y legislan, las personas nacen, crecen y se reproducen

 – si les apetece-

Pido permiso para devolver mi libertad ciudadana, -el pack completo-, hasta que incluya el mismo equipamiento de serie que el de los políticos, altos funcionarios y monarcas. Mientras llega ese momento, decido ser persona, así sin más. Prefiero ser persona que ciudadana porque es algo que eliges y construyes cuando naces  como ser humano. Ser persona es más fácil solo tienes que ser tú, lo que ya es suficiente tarea. Puedes reír, llorar y opinar. A nadie le importa, ni nadie te juzga cuando eres solo una persona más. No necesitas patria, ni estado, solo una tierra  con mar o montaña. A las personas se les recuerda por su aroma, su sonrisa, por su voz. A los ciudadanos se les recuerda en los libros de historia  por lo que escriben otros ciudadanos de ellos. Los ciudadanos son gobernados por el Estado y la patria. Las personas por la familia y los amigos. Los ciudadanos reconocen y normalizan la jerarquía. Las personas reconocen  la diversidad. Las personas son libres desde el minuto cero de su existencia, no necesitan votar para tener libertad. Los ciudadanos solo tienen libertad cuando el Estado decide convocar elecciones. Los ciudadanos confraternizan y legislan, las personas nacen, crecen y se reproducen – si les apetece-. La persona se elige a sí misma, es el grado máximo de libertad poder no ser tú mismo, sin identidad, pero con personalidad. Un ciudadano no tiene personalidad solo identidad. Una persona nace para ser amada. Un ciudadano se crea para ser respetado. Lo más bonito que se le puede decir a otra persona es te quiero. Lo más bonito que se le dice a un ciudadano es llamarlo patriota. Ser persona es un don natural. Ser ciudadano es un derecho civil… Dos mil y pico de años han conseguido crear al esclavo perfecto: aquel que elige, -votando-, a sus amos como acto de libertad.

Ser ciudadano está sobrevalorado, si probáis a ser personas seréis más felices, aunque no votéis.


* Uso el término, «monarquías dirigentes», expresamente porque apenas existen diferencias entre los privilegios de cualquier monarca y los dirigentes de los estados. 

lunes, 23 de marzo de 2020

¡Suéñate, ahora o nunca!

Después de diez días de confinamiento, la mente nos juega malas pasadas, yo he tenido episodios de sueños tan reales que mi propia voz me ha despertado en mitad de la noche. ¡Qué fuerza cobran los sueños estos días! Los que soñamos dormidos y sobre todo los que visualizamos despiertos.

Son tiempos de recogimiento interior y reestructuración mental. Nuestra sociedad vive enalteciendo a los sueños, la  creencia previa para la creación posterior. Parece una llave mágica pero puede generar adicción. Me refiero a quedarte colgado de tus sueños cuando nadie te explica lo que ocurre si no se cumplen. Todo te invita a soñar pero nada te protege de tus sueños no cumplidos.


La otra tarde estuve fantaseando con mi hijo menor, juntos imaginábamos qué construiríamos en nuestra casa actual y qué derrumbaríamos. No quedaron muchas cosas en pie, es la verdad. Por la noche, medio emocionada por la intensidad de aquellos sueños, me inquieté al pesar qué pasaría con aquellos sueños si no consigo hacerlos realidad. E inmediatamente me forcé a recordar sueños pasados, de mi infancia, que me ayudaron a evadirme durante muchos años y un día desaparecieron. ¿A dónde han ido? ¿Existe un lugar para los sueños olvidados? O sencillamente desaparecen. ¿Recordáis vuestros sueños recurrentes cuando eráis adolescentes?

Todo te invita a soñar pero nada te protege de tus sueños no cumplidos
Yo, sí, los recuerdo. Mis sueños pasados tenían los mismos principios que  los sueños que tengo ahora: libertad, viajes y abundancia. Tal vez son las reglas básicas de mi existencia. Aquello que no encaja o que contradice uno de esos sueños no tiene cabida en mi vida. Ni la tuvo entonces ni la tiene ahora. Pero, qué ha ocurrido con los sueños que un día olvidé volver a soñar. ¿Quién se los ha quedado? ¿Se habrán hecho realidad mediante otra persona? No creo que haya manera de saberlo, o tal vez sí. Pero ese viaje sería un regreso al pasado y el pasado es muerte, por ello me agarro a todo lo bueno que ha de venir.

Muchas personas reniegan de los sueños: los propios, de los ajenos e incluso de los colectivos. Yo he aprendido a tenerles mucho aprecio y sobre todo respeto. El Universo* se empeña en hacer realidad lo que sueño, o sea que en ocasiones debo atar en corto mis deseos. Es una fuerza tan real que a veces he sentido que soy una simple marioneta en ellos, tal vez tenían que hacerse realidad con o sin mí, por eso los soñé, en algún diario mágico y secreto ya fueron escritos.

Tu «yo» anterior es una alma más que deambula por la zona de sueños incumplidos
En tiempos de la comunicación del miedo, aniquiladora de lo que ha de venir, los medios se esfuerzan por difundir mensajes que dicen que «volveremos a ser lo que éramos». Me pregunto quién está interesado en seguir siendo «quien era hasta ahora» cuando se le ofrece ser aquello que siempre ha soñado. ¡Levántate, mírate a tus ojos, busca bien adentro y recupera tus sueños! Olvídate de quien eras, tu «yo» anterior es una alma más que deambula por la zona de sueños incumplidos. ¡Suéñate, ahora o nunca!

(* )Siempre escribo Universo en mayúscula a pesar de la normativa de la RAE, para mí es el continente de una energía superior que lo rige todo. 

martes, 11 de febrero de 2020

50 razones más


Siempre había oído que cumplir 50 años marcaba un antes y un después en la vida de todas las personas. Por fin lo puedo comprobar. De hecho, desde que cumplí los 49 estoy emocionada por  sentir que he llegado a este momento.


La única certeza es que el pasado es muerte y no se puede cambiar

Cumplir cincuenta años es  como hacer puenting o escalar un árbol. En ambas situaciones la fuerza de la experiencia es  lo que dejas atrás con la certeza que  jamás volverá. Cuando llegas a la cima de un árbol buscas acomodarte y disfrutar el paisaje. Cuando haces puenting, te quedas balanceando y una vez superas el shock del salto inicial todo es paz y calma, a pesar del balanceo.  Así me siento ahora, a mis cincuenta años, disfrutando el paisaje en paz.

No quiero volverme la típica persona mayor que da consejos como si tuviera la llave secreta de la puerta a la felicidad. Ni me siento mayor, ni ejemplo de nada. Solo puedo compartir, desde la más absoluta gratitud y humildad el hecho de haberme sobrevivido.

Reconocer que te has sobrevivido es dar relevancia a tus propios errores y a las personas que me han ayudado a superarlos. Afortunadamente lo peor que me ha sucedido siempre ha sido lo mejor que podría haberme pasado. Tal vez hay que releerlo varias veces, pero ha sido así.
Sobrevivir necesita dos factores muy importantes: vivir primero y casi morir después. Tengo una teoría personal, nada científica, que dice que todas las personas morimos en vida tres veces. Añadiría un tercer factor que lo cambia todo: la consciencia. Ser consciente que has sobrevivido es un deber personal. Si no tomas consciencia a pesar de la dureza de hacerlo, puedes seguir sobreviviéndote una vida entera.

Vivir tu vida contigo, por y para ti. No es egoísmo. Es lo natural

Sobrevivir significa vivir una vida sin ti. Vives tu vida con arrogancia y falsa seguridad creyendo que todo lo que haces lo realizas porque quieres. Pero no es así. Actuamos como autómatas con instrucciones aprendidas y heredadas. La electricidad o corriente continua que nos alimenta es la culpa. Es muy poderosa porque anestesia al ego. La culpa consigue que no hagas lo que debes hacer porque crees que no es lo correcto para los demás: familia, amigos, país. La culpa consigue que te traiciones a ti mismo cada día. La actualidad es triste, los políticos solicitan «lealtad», me aterroriza eso, es como pedirme mi alma. ¿Qué tipo de monstruo se atreve a pedirme lealtad? La única lealtad posible es a uno mismo. Pero la culpa nos hace leales a lo ajeno. Y lo ajeno es todo: país, pareja, hijos, padres…Si un estado te exige lealtad, lo único que está ofreciendo a cambio es sobrevivir pero jamás vivir en plenitud.

Desaprender todo lo aprendido

A pesar de cumplir los cincuenta años realmente tengo solo cuatro. Cuatro años desde mi última y definitiva muerte. Las otras dos anteriores les faltó lo más importante, la consciencia.

En estos cuatro años de vida nueva he desaprendido todo lo adquirido por educación y genética social. ¡Es mucho! Quilos y quilos de información que revisar y quemar. Sí, la he quemado metafóricamente porque no hace falta guardarla, ni recordarla. Soy anti memoria histórica, y de eso sí que hay evidencias. Recordar la historia de la humanidad solo consigue perpetuar los odios. Hasta el día de hoy no he visto ninguna civilización que gracias a su memoria histórica superase odios pasados. ¡Ninguna! El  único ejemplo de civilización completamente pacífica, para mí, es la tibetana. El pueblo tibetano, después de ser  masacrado en su país, ha sido capaz de buscar la paz y mantener su estado solo a través de su cultura, sin pelear, sin tener un país físico, sin tener estado (al fin y al cabo qué es un estado, eso será otro post).  Me siento completamente identificada con la cultura tibetana porque yo he dejado de tener todo lo que tenía para disfrutarlo en lugar de poseerlo. Suena bien pero ha sido, y todavía es, terriblemente duro. Porque nos enseñan a tener y no a ser. Y yo he tenido y todavía tengo mucho. Nadie puede imaginar el precio que he pagado por conseguirlo. ¡Pagado está! Si alguien me pregunta, «¿Volverías a tenerlo?» La respuesta es sí, y tendría mucho más pero de diferente manera. Todo lo que tengo es porque lo quise tener. De hecho uno de mis planes presentes es triplicar mi patrimonio,« ¿Por necesidad? No, por diversión esta vez». Pero hoy no toca hablar de la abundancia.

Perdonarse  uno mismo

Sobrevivirse a los cincuenta años implica otra aceptación personal: Perdonarse  uno mismo. En mi caso lo he conseguido hace muy pocos días. Perdonarme por haber sido como fui en cada una de mis etapas anteriores. Perdonarse a uno mismo no implica perdonar a los otros, a esas personas que te han herido. Bien al contrario. No perdono todo lo sufrido (aunque he dejado de recordarlo, lo llaman sobrevivencia psicológica), hacerlo sería aceptar el maltrato ajeno y eso es crear un camino para volver a ser dañada. Lo importante es aceptar  que todo lo que  te ha pasado en tu vida ha sido por tu propio consentimiento, por tu propia aceptación y normalización de lo que te daña. ¡Parece fácil! No lo es, además puedo confirmar que resulta terriblemente doloroso saber que todo lo que has vivido es culpa de tus propios pasos. Nos han enseñado a perdonarlo todo, todo lo ajeno, pero jamás se educa para perdonarte a ti mismo.

Aceptarme, quererme, cuidarme y mejorarme. El orden de los factores sí altera el resultado final.

El perdonarte a ti mismo implica asumirte tal y  como eres, como eres ahora. Yo miro atrás y veo mi obsesiva fijación por la mejora y la superación constante. La obsesión por lo perfecto es una distorsión de lo bueno. Reconozco haberla sufrido y ahora también intento mejorarme constantemente pero sin obsesión. Disfruto de mis debilidades: «Soy así, y me parece genial» Lo aprendí gracias a mi cuerpo.
Mi cuerpo se rompió físicamente después de tomar consciencia y no he podido recuperarlo con rapidez. Mis músculos y tendones han requerido mucho tiempo, trabajo constante y diario para recuperar mi fuerza. Un día la volví a sentir. Tengo la misma fuerza que hace treinta años pero no el mismo cuerpo. Eso me hace seguir trabajándolo cada día. Aceptarme, quererme, cuidarme y mejorarme. Ese es el nuevo orden de prioridades en mí día a día, y no al revés.

Gestionar la ira

Conseguir sobrevivirme ha implicado reconocer la ira y aprender a gestionarla. Tengo que hacer público que no lo he conseguido todavía. Supongo que estoy en la fase inicial del proceso. Gracias a horas de terapia y a leer mucho sobre emociones, ahora entiendo que la ira es lo que se conoce como emoción básica, ayuda a la adaptación y a la supervivencia. No se puede anular. Solo entender y aprender a gestionarla. Lo curioso es que he sido capaz de ver la ira en mis hijos y solicitar que les ayuden pero no he podido detectar la ira en mí hasta hace muy poco. La ira me invadió y lo hizo para salvarme la vida, ahora lo he entendido, y gracias a entenderlo he podido perdonarme por haberla sentido. Sigue ahí, cada vez más controlada por la alegría de estar viva. Sí, la vida implica sentir emociones  y no siempre las que te apetecería. Pero la alegría es mi emoción predominante incluso cuando no soy feliz. He llegado a pensar que sufro un trastorno que podría llamarse optimismo desenchufable (optimismo auto recargable). Es decir soy optimista en todas las circunstancias, incluso ante la idea de la muerte. Siento una terrible pena por ella (la muerte)  pero jamás miedo.

Aceptar la muerte para entender la vida

Superar el miedo a la muerte es otra condición indispensable para sobrevivirse. En mi caso hace cuatro años entendí que iba a morir. Lo sentí una tarde cualquiera caminando por la orilla del mar. Pude ver mi vida sin mí, con frialdad, como si fuera una película. Hablé con una amiga, la hice tutora legal de mis hijos y preparé mi testamento patrimonial y médico. Hablé con mis hijos y les entregué todas las claves de mis bancos, mis seguros, mis cuentas,  mis redes sociales y les dije cómo controlar los ingresos que tengo sin mí. Me invadió un gran alivio al reconocer que ya estaba preparada para morir con 46 años. ¡Esto es absolutamente cierto! Nadie imagina lo que puede liberar el aceptar que vas a morir. No fue fácil, antes de sentir la vida sufrí mucha, mucha, mucha ira, porque no todo fue una revelación, había factores ajenos a mí que me provocaron toda esa necesidad de poner orden en mi vida. Fue como intentar nadar sin saber qué es lo que te está ahogando. Pero aceptar que voy a morir es la mayor dosis de vida que alguien  podía haberme regalado. Por eso empecé a vivir hasta el día de hoy con agradecimiento por todo lo que tengo y humildad para recibir todo lo bueno que llegará a mí.

Y aquí sigo con cincuenta años y más de cincuenta razones para seguir viviendo.

¡Gracias infinitas a aquellas personas que incluso cuando mostré ira me cuidaron y permitieron que mi alegría innata prevalezca en mi nueva vida! No quiero hacer fiesta sorpresa porque no ha sido por casualidad que he llegado a mis cincuenta años. No necesito nada material, lo único que pido es tiempo para disfrutar con las personas que han sido importantes en esta nueva vida y ya llevo tres semanas de celebración y me dedicaré el año entero a decir «gracias, gracias y gracias»… Y abrazaré muchas veces.

sábado, 14 de diciembre de 2019

¿Qué principio os constituye?


Constitución, la de uno mismo

La semana pasada celebramos el día de la Constitución en nuestro país. Casi todas las personas estaban incómodas, unas por proteger el valor de esas escrituras, otros por la necesidad de reescribirlas y adaptarlas  a los nuevos tiempos. Es un tema político y no me interesa demasiado. Pero esta celebración me hizo reflexionar sobre cuántas personas han escrito su propia constitución: los valores, reglas y normas que los representan como seres humanos únicos.

Qué principios y reglas te has marcado como tu manual de uso interno para tu propia existencia

¿Qué credo te representa solo a ti? Qué principios y reglas te has marcado como tu manual de uso interno para tu propia existencia. No sirve usar escritos sagrados de religiones monoteístas. Porque podrán ser textos sagrados pero no los has escrito tú y desde luego no los has cuestionado. Posiblemente has normalizado su memorización y al final, tantos años de uso de valores ajenos ya  los sientes como tuyos. Quiero que pienses, cierres los ojos y veas una frase que es solo tuya. Tu principio y final de tu universo creado por ti. No vale copiar pero está permitido buscar textos que te inspiren en la redacción de tu propia Constitución.

Los seres humanos invertimos tiempo y esfuerzo mental en aprender textos escritos por personas ajenas a nosotros. Morimos por defender esos valores. Pero realmente nos representan unas líneas escritas por abogados, políticos y ejecutivos religiosos. ¿Moriríais por esas líneas? Si os pido una frase, un principio que os represente en vuestra totalidad, que sea absolutamente necesario para empezar cada día en vuestra vida diaria, ¿Sabríais qué frase es? ¿Qué principio os constituye?

Hace meses que sentí la necesidad de redactar mi propia constitución y me puse a pensar en mi propio texto constitutivo. Y la escribí. No fue ni fácil ni complicado, una situación de tranquila inquietud. Tuve que pensar durante algunos días, no se me ocurrió nada de forma rápida. Pensé durante semanas y escribí palabras, principios que en el inicio de este ejercicio fueron frases que recordaba o había leído en algún sitio. Quise ir más allá, cuestionarme qué es lo más importante en mí, solo en mi vida, en cada uno de los segundos que forman mi día. Conseguí escribir 8 frases, ocho principios inviolables en mi existencia.

Consejos para redactar los puntos que fundamenten vuestra existencia


Os daré unos consejos para que podáis encontrar los puntos que fundamenten vuestra existencia. Letras que son las muletas que nos ayudan a caminar en los días que no encontramos ningún camino.

  • Piensa y escribe lo primero que te venga a la cabeza. No importan las faltas de ortografía. No importa el idioma. No importa que las primeras frases no sean totalmente tuyas. Pueden aparecer recuerdos o influencias de lo vivido. Usa todos aquellos principios que sientas que debes usar.
  • Lee varias veces los principios escritos. Es como si hicieras una votación en un hemiciclo donde tú representas todas las opciones de pensamiento. Porque tú eres el monarca, el presidente y todos los poderes fácticos de tu propia vida. Puede parecer ridículo pero cuando te cuestionas todo y a ti mismo, conseguir un consenso con tus propias ideas  llega a resultar complicado.
  • Ordénalos de dentro a fuera. El valor relativo de lo esencialmente importante puede variar en cada individuo. Os sugiero que empecéis por los valores más íntimos, que os dan fortaleza por dentro, y avancéis hacia el exterior. Es decir los últimos principios de vuestra constitución tendrán relación  con aquello que os rodea.
  • Escríbelos donde puedas releerlos con facilidad. Escribirlos y no releerlos no funciona. Nos olvidaremos de ellos. Hay que releerlos sobre todo en los días de tensión o dudas de cualquier tipo.  Hay que tenerlos a mano porque con el tiempo podrás revisarlos, modificarlos, eliminarlos o añadir nuevos estatutos. La vida es cambio, nuestras células nacen y mueren cada día y nuestros principios deben adaptarse a nuestra realidad biológica.  
  • Cada vez que añadas un nuevo principio debes usar el mismo método: escribirlo, leerlo, releerlo, cuestionarlo, y si no aparece ninguna duda, usarlo cada día y  guardarlo hasta nueva reflexión.
  • No existe un número determinado de principios. Puede ser desde uno hasta el infinito. Lo importante, como casi siempre, no es la cantidad de principios que rigen tu instinto sino la fuerza de esos principios y tu vinculación con ellos.

Puede ser que unos principios te cuesten más que otros. Pero si los escribes, conseguirás normalizarlos y que rijan tu vida diaria. No recomiendo poner principios imposibles o que se enfrenten a nuestra propia condición de ser humano.
Estos son mis ocho artículos de mi Constitución personal, única e intransferible, espero encuentres los tuyos:
  1. Amarme y respetarme a mí misma.
  2. Amar, respetar y cuidar a mi familia.
  3. Vivir con gratitud siguiendo las Leyes de la Naturaleza.
  4. Cuestionarlo todo desde el respeto y el humor.
  5. Aprender y sentir curiosidad de todo lo ajeno.
  6. Pedir ayuda. Pedir consejo. Escuchar a los otros.
  7. No juzgar, ni prejuzgar.
  8. No caer en adicciones ni físicas ni emocionales.

martes, 3 de diciembre de 2019

¡Ya es diciembre!


Y diciembre llegó, así  de repente…

Parece que era ayer cuando le decía a 2018, « ¡Adiós espero no volverte a encontrar en la vida!». Aunque 2018 fue menos malo que el anterior, menos malo no es sinónimo de mejor. Se puede considerar que estoy en un progreso correcto, como diría un maestro de escuela. Evitaremos las comparaciones y las calificaciones numéricas. Pero lo mejor es llegar al final del año con la sensación que ha durado una semana y no cincuenta y dos. Voló el tiempo y yo con él. ¡Ha sido y todavía es tan intenso!, hay tanto en juego en las próximas semanas que creo que este mes va a  parecerme un año entero.

Por aquí camino feliz, sobrepasada, como siempre, por mi día a día. Dicen que conforme te haces mayor debes reducir tus expectativas, sin embargo yo he aumentado exponencialmente las mías y de momento las cumplo. El precio es no rendirse nunca, elegir bien quien camina contigo y la persona que no siga tu ritmo, apartarla. He apartado a mucha gente de mí, otra vez. Ya es un hábito. Y cada persona que descarto me duele menos porque lo justifico más. Pero no es culpa mía. Ni de nadie. La culpa de todo es de la tecnología, sí, porque nos ha enseñado lo fácil que es bloquear a una persona. ¡Y lo eficaz que resulta! Fácil y eficaz, la fórmula del éxito.


Pautas nada científicas para gestionar la ansiedad

Nos seleccionamos los unos a  los otros constantemente. Eso nos genera ansiedad, vivimos en un estado de ansiedad permanente. Antes de la era de la conectividad, las personas conectaban entre ellas. Ahora la angustia y el estrés nos devora por dentro, al otro lado del Whatsapp, en soledad, sin que nadie lo sepa. Te propongo remedios para gestionar esa angustia:

  • Levántate y haz todo lo que no deberías de hacer: se maleducada, di lo que sientes aunque no lo pienses demasiado.
  •  Si un proyecto es de futuro, pues déjalo ahí, no pienses hoy en él. No te anticipes.
  • Cuando tengas mucho trabajo, es el momento de parar, respirar y dormir. Rendirás mucho mejor.
  • Cuando no sepas qué hacer sobre algún problema, no hagas nada. Décide mañana. El tiempo es tu mejor aliado. 
  • Cuando no sepas qué decir, no inventes. Practica el silencio  


Si hago memoria de lo hecho este año hay algo que marca la diferencia, he practicado el silencio. Sí, de pronto sentí silencio, algo difícil de explicar, silencio ante personas que solía querer. Silencio ante situaciones que solía discutir. Silencio ante situaciones por las que solía gritar. Y es una herramienta poderosa. ¡Mágica! Se cambian cosas con el silencio, aprendí de la peor manera posible que el silencio mata, por eso grité, para sentirme viva,  pero ahora el silencio me ha transformado. Sobre todo porque te permite escucharte a ti misma, y a las personas que te rodean, lo que llegan a hablar para no decir nada. Mi débil garganta me lo ha agradecido. He cambiado las palabras por una sonrisa. La gente no entiende porqué sonrío, incluso cuando camino sola y no digo nada. Pero estoy tan a gustito así en silencio, conmigo misma.

El silencio te permite escuchar. Escucharlo todo. Personas que se cruzan con nosotros, conferencias, charlas, vídeos, audiolibros, música, música y más música. Y cuando se acabó el ruido pude escucharme a mí misma. Desde la calma, mi palabra volvió a salir, cambiándolo todo. Sin gritar, sin forzar, solo palabras escuchadas y entendidas y poco a poco recuperé mi poder: hacer realidad lo que sueño. Me había olvidado de soñar, porque vivir tanto tiempo en una pesadilla  hace olvidarte de saber distinguir entre cuando duermes y cuando estás despierta. Pero el verdadero sueño es el que vivimos cuando no dormimos. Y no al revés.

 En resumen, ha sido un año intenso y todavía promete más y mejor. Prometo  dejar todo atrás: mis cuarenta y nueve años se quedan en el suelo como una piel muerta que  se ha quedado estrecha.


Todo puede pasar en mi nueva vida, con mi nueva piel. Eso me excita y me provoca. Sigo sola pero no estoy en soledad, lo que es una gran diferencia. De momento esquivo sutilmente a D. Cupido pero  sigo jugando solo durante 90 minutos (*) con personas a las que dejo en el mismo lugar donde las encontré, sin decir palabra. Allí se quedan con sus circunstancias, porque no me interesan las circunstancias ajenas. Así todo es mucho más intenso, 90 minutos de los que mi mejor amigo- mi teléfono inteligente- me despierta a golpe de alarma que me devuelve a mi sueño, a mi cielo con nubes de colores y unicornios voladores. Allí dejo mi recuerdo, mi silencio, y mi lado más tierno. Así construyo una dimensión desconocida de imposible acceso. Sin códigos ni llaves. Creo que vivo algo parecido a la libertad, mi palabra favorita. El nirvana prometido por todos los gurús. La libertad es un estado sin banderas ni idiomas, no hay espacio delimitador porque la libertad se vive en silencio, y cada día cuando me despierto y digo « te quiero» a mi gato Simón, mis sueños calientan motores y empiezan a construirse. ¡Feliz mes de diciembre!

(*) La ley de los 90 minutos. Funciona, no sé si me atreveré a contar cómo la escribí hace 4 años atrás. Los seres humanos somos capaces de morir por textos constitucionales escritos por extraños, pero nunca escribimos nuestros propios textos constitutivos, inviolables aunque actualizables con el tiempo. ¡Pensar en ello!