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martes, 2 de agosto de 2016

Agosto, un mes atípico

Sin duda agosto es un mes atípico, de hecho es el segundo mes consecutivo que tiene 31 días, y nadie habla de ello, como son vacaciones para la gran mayoría de personas, nadie se queja, sin embargo todo el mundo despotrica de febrero porque tiene menos días. ¡Qué injusto! 
Personalmente prefiero febrero, es mi mes de nacimiento, corto y frío,  pero divertido. Siempre espero que haga mucho frío y nieve, aunque ya hace años que eso no sucede.


No me gusta el verano porque todo es diferente: la gente está más nerviosa y menos centrada, es como si esperasen resolver muchas cosas en pocos días. Los anuncios se inundan de mensajes como “los mejores libros para el verano”, “listas de lectura para las vacaciones”… ¡Qué tontería! La mayoría que leen solo en verano no acabarán el libro “elegido”. Los lectores de 365 días ya saben qué van a leer, porque siempre leen, no necesitan instrucciones de lecturas recomendadas para “dummies”(*). Las editoriales no hacemos campañas para que nos lean en verano sino que nos esforzamos por las novedades y presentaciones de septiembre, porque navidad empieza en agosto: se vende lotería, se liquidan stocks, todo se orienta para la recta final del año desde este mes tan atípico.
Tampoco me gusta que se asocie el verano como exclusividad del mes de agosto, los medios de prensa nos presentan el día uno de agosto como el verdadero inicio del verano, cuando es totalmente falso. Más bien es el final. Ya hay menos horas de luz. Los días se acortan, pero nadie presta atención. Los mensajes publicitarios nos dan pastillas para hacernos creer que las vacaciones son una píldora de felicidad garantizada, cuando es mentira, porque es la época en la que más trámites de separaciones y divorcios se inician.
En fin, después de este artículo tan positivo, me iré de vacaciones a la montaña, desconectaré un poco y a ver si encuentro mi porción de felicidad prometida, compraré lotería de navidad y leeré unos libros que tengo que leer un poco por compromiso, espero que me sorprendan.

¡Prometo informaros a la vuelta! 

Posdata: por si no lo habéis notado, pienso seguir trabajando, también de vacaciones ;)
Sed felices y leer si os apetece y si no, VIVIR y SENTIR

¿Qué estáis leyendo en estas vacaciones? o ¿Qué estás escribiendo? 
¡Compártelo conmigo!


(*)Dummy, palabra inglesa que significa muñeco de plástico y se usa como sinónimo de tonto 

martes, 26 de julio de 2016

La maldad, recurso literario

Lo bueno y lo malo, así como existe en la vida real, también vive en los libros. Tal vez sea el encanto de no saber dónde empieza la maldad o la bondad. Ni qué implica realmente el ser una mala persona.  
Cuando pensamos en personajes literarios malvados, lo primero que nos viene a la mente son imágenes de Lord Voldemort, de Harry Potter, o Darth Vader, de las Guerra de las Galaxias, o el casi todopoderoso Sauron del Señor de los anillos.


Quiero provocaros a desarrollar personajes realmente malvados, como Víctor en La Naturaleza del Fuego, de Daniel Escriche o el joven asesino de Todo lo que sé… de Carles Edo. Personajes que se les puede tocar, acariciar, pueden ser nuestros vecinos o nuestras parejas. Viven aquí, entre nosotros, o quién sabe si con nosotros. Porque la maldad es muy astuta y se disfraza con sutilidad entre las buenas maneras. Un personaje malvado siempre se asegura que nadie de su entorno, sus amigos, sus compañeros de trabajo, sospechen de su maldad. A veces ni él mismo es consciente de su locura. Pero en los pequeños detalles del día a día aparecen sus demonios y le poseen, torturando al que tiene más cerca.  

La maldad está en nosotros, en nuestra naturaleza, como está presente en  todo el  Universo. Los personajes villanos enganchan al lector y lo seducen más que los buenos y como ejemplo el desgraciado Grenuille del Perfume (  Patrick Süskind) , o el  ciego maltratador del Lazarillo de Tormes, o el siniestro Javier Fumero de La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón.

¿Qué sería de estas novelas sin el atractivo de la maldad de su personaje? 
Nos divierte lo que nos hace reír, pero también, o incluso diría que todavía más aquello que nos asusta y nos hace sufrir.

Qué viaje más adictivo resulta empezar una historia en la que vas descubriendo poco a poco la locura y el desequilibrio del personaje como en la vida real cuando vives con alguien y un buen día no lo reconoces y solo te aterra tenerlo delante.  Así como en la vida nos apetece desaparecer y aparecer en cualquier otro lugar, en los libros nos adentramos más en la historia, casi deseamos ser ese villano y dejarnos llevar por el sinsentido inherente a todo ser humano.  Porque nada más humano que la maldad, también cuando es literaria.


Si buscáis ejemplos de perfiles psicológicos perturbados os recomiendo Megan, protagonista de La Chica del Tren de Paula Hawkins,  o bien Thomas Spencer el sociópata protagonista de La Historia de un canalla de Julia Navarro.

miércoles, 27 de enero de 2016

Demonios del escritor

Los demonios son como las brujas, “haberlos haylos”, y cada uno lleva los suyos como puede. Hay muchos tipos de diablos que atormentan al escritor evitando que éste desarrolle una vida independiente a sus obras.

Demonios del escritor
Existe el diablo de la página en blanco y cómo empezar o seguir con una idea. El diablo del estilo que nos bloquea intentando buscar las palabras perfectas en el tono más adecuado, consiguiendo, en ocasiones, que perdamos el sentido de aquello por lo que escribimos.

Pero el diablo más tirano y torturador es el del personaje dominante, cuando un personaje vive en nosotros. Os imagináis cómo debía ser el día a día de J.K. Rowling mientras vivía como Harry Potter, cómo iría en el metro de Londres mientras imaginaba que le perseguían unos seres llamados mortífagos o dementores. Cómo se puede sobrevivir llevando un asesino frío y calculador en nuestras entrañas creativas o bien actuar como una madre amorosa mientras imaginamos noches de pasión con amantes legendarios e insaciables.

¡Cómo deshacerse de esos diablos!, ¿cómo se acaba con un personaje?, tal vez escribiendo una novela, pero ¿y si nos pide una segunda parte? ¿O una tercera? Solo hay una solución: matar al demonio. Se puede hacer de forma sutil dándole una vida feliz para siempre o bien enviarlo a su propio infierno con una muerte literal del personaje.

¿Cómo acaba realmente un escritor con ese tipo de creación torturadora? Cómo poder evitar mirar la vida con los ojos de ese protagonista que tanta satisfacción nos ha dado. Tal vez deberían existir cementerios para personajes literarios. Donde el escritor pueda enterrar a su creación y dedicarle unas palabras, poner una foto e ir a visitarlo, para no olvidar nunca  qué y cómo sintió mientras lo creaba.


 Cada escritor debe enfrentarse a sus demonios y aprender a dominarlos. Si no te liberas de ellos quedarás condenado a servirles y a continuar alimentando su mundo, un mundo, por cierto, que solo es posible entre letras, líneas y lectores.