martes, 7 de abril de 2020

23 días sin identidad

Después de 23 días de encierro forzoso todo se desvanece, yo también. Tengo una palabra en mi interior que rezumba hace horas: «identidad». Existen múltiples definiciones, elijo quedarme con la que dice la filosofía: « la identidad es la relación que toda entidad mantiene solo consigo misma».

Todo mi camino pasado me ha traído hasta este momento, confinada con un adolescente, un anciano octogenario, una madre que no he soportado nunca y un gato. Todo se desvanece, el mundo en el que vivía antes ya no existe y me esfuerzo por mantener mis objetivos, mis rutinas. Pero empiezo a olvidarme del por qué escribí esos objetivos, por qué tenía esas rutinas, creo que cuestiono mi propia identidad. Estamos en un momento crítico en este encierro, aquel en el que no se ve la luz al final del túnel, ni la del principio. Ahora solo hay oscuridad y yo. Un yo que cada nuevo día me resulta más extraño. ¿Cómo hemos desarrollado nuestra identidad con tanto ruido? No somos nadie sino nos compartimos, sino nos reconocen los otros.

Pero este viaje a una nueva era no solo nos afecta a nosotros, a nuestro yo individual. A la vez se desvanecen conceptos de identidad colectiva como patria,  nacionalidad, fronteras. No quedan lugares sin coronavirus, no existen razas privilegiadas ante la hegemonía del Covid-19. El lado oscuro gana fuerza  al mismo ritmo que crece el miedo, la arma de control más eficaz de todos los tiempos: « Por miedo te hago patriota, por  miedo te militarizo, por miedo te controlo a dónde vas, por miedo te silencio…» El miedo es la oscuridad, la nada, hay que alejarse de él para poder mantener nuestra identidad desnuda e ingenua como cuando nacimos, desnudos de todo y sin documento alguno de identidad. Nacemos sin nada, vacíos de todo lo malo y ávidos de llenarnos de un universo maravilloso sin miedo.

En estos días de conspiraciones y de razones sin causa poco importa dónde nació el bicho, un mal bicho que cuestiona quién vive y quien muere en función del poder que tienes: los monarcas y políticos no mueren, todos los demás sí. Se han roto las diferencias entre la identidad del rico y la del pobre, al virus no se le compra con dinero pero sí con recursos y poder. ¿Quién tiene poder para hacer test, para tener atención sanitaria correcta, y respiradores? Hombres y mujeres que ejercen sus puestos elegidos por nosotros, ahora ellos deciden quien entra en la muerte con silencio y sin etiquetas. Los más afortunados serán recordados por ser la víctima número x  de la pandemia pero y todos los otros que se asfixiaron hasta llegar a la muerte y se les niega la identidad de ser reconocidos como víctimas. Tal vez ahora más ciudadanos entiendan lo que significa ser víctima, que alguien decida agredirte y el sistema lo justifique y lo normalice. O tal vez no, esta sociedad llega adormecida a esta pandemia, (sedación moral de una colectividad sin identidad), porque hace ya tiempo que había normalizado a asesinos. Asesinos que ahora son parte de la oligarquía selectiva que ofrece a sus seres queridos el poder de respirar, mientras nosotros, las víctimas, no podemos ofrecer ni memoria a nuestros muertos.

En mi derrumbe imaginario no atisbo a recordar cómo era antes de este confinamiento, pero tengo una herramienta de construcción personal eficaz: tener muy claro lo que NO voy a ser después de este virus. 

sábado, 28 de marzo de 2020

La primera vez, otra vez


Día 15º del confinamiento, han pasado ya las dos primeras semanas. Nos parecía imposible llegar hasta aquí. Hoy es un día raro y especialmente duro. Un día que debería de ser meridiano de un antes y un lo que queda. Pero lo que queda es futuro y eso no existe, todavía. Cuesta levantarse un sábado más sin que sea un sábado cualquiera. El concepto fin de semana se ha desvanecido como la mayoría de  nuestros  cimientos personales. Hoy he percibido el miedo y la tristeza en algunos de mis seres queridos y eso me inquieta.

Sigo con mi vitalidad de optimista inexplicable y quiero hacer algo para mejorar lo que sienten otras personas. No sé construir casi nada, tampoco reparar, o cocinar, solo se me da bien escribir y hacer el payaso. Por ello propongo un ejercicio de visualización: alejaros de la fatalidad de los números que nos calan la piel. Dejarlo todo por unos instantes, mirar por la ventana y pensar en qué es lo primero que vais a hacer cuando todo esto pase.

Cuántas veces hemos pedido al cielo poder tener una segunda oportunidad. Pues ahora la tenemos. Y además con la licencia de  elegir qué nueva primera vez queréis tener. ¡Es mágico! El primer abrazo sin mascarilla, el primer apretón de manos sin guantes, la primera acaricia sin ropa, el chocarte con alguien en el metro. El compartir una bandeja en un restaurante de comida rápida. La primera vez, otra vez, que pueda llevar a gente en mi coche para subir a una montaña juntos. Hay cientos de primeras veces que se están construyendo mientras estamos en casa. En este tiempo lento por el que  nos pasa la vida por dentro sin que la hayamos concedido ese permiso.

 Hay cientos de primeras veces que se están construyendo mientras estamos en casa
Qué arrogante esta vida nuestra que nos pide que le prestemos algo más de atención. Que nos recuerda sueños que dejamos de soñar y personas con las que dejamos de hablar. ¡Apaga el televisor, desconecta de las redes sociales y escúchate! ¿Qué vas a hacer con todas las nuevas primeras veces que te están esperando? Vas a dejar que las decidan otros, tus circunstancias: tu jefe, tu gobierno, tu pareja, tus miedos…
Tener miedo está permitido, estos días más que nunca, porque sentimos que la muerte  nos acompaña. Ahora ya no mueren los hijos de otros, los padres de otros. La muerte está aquí y ahora. ¡Bienvenido a la realidad! ¡Esto ha sido así durante toda tu  vida! ¿Olvidaste que la muerte completa la vida? Si dejas que las noticias marquen estos momentos de estar en casa, si les permite silenciar tus horas de estar contigo, también marcarás que sean otros los que decidan si te mereces o no una primera vez en algo, otra vez.

Por mi parte, ya siento las mariposas en mi estómago de mis primeras nuevas veces, otra vez. Estoy impaciente, soy una adolescente de mi propia vida. Tanto por hacer, tanto por sentir, tanto por aprender…Creo que necesitaré otros quince días más de confinamiento para prepararme. ¡Deseo concedido!  

lunes, 23 de marzo de 2020

¡Suéñate, ahora o nunca!

Después de diez días de confinamiento, la mente nos juega malas pasadas, yo he tenido episodios de sueños tan reales que mi propia voz me ha despertado en mitad de la noche. ¡Qué fuerza cobran los sueños estos días! Los que soñamos dormidos y sobre todo los que visualizamos despiertos.

Son tiempos de recogimiento interior y reestructuración mental. Nuestra sociedad vive enalteciendo a los sueños, la  creencia previa para la creación posterior. Parece una llave mágica pero puede generar adicción. Me refiero a quedarte colgado de tus sueños cuando nadie te explica lo que ocurre si no se cumplen. Todo te invita a soñar pero nada te protege de tus sueños no cumplidos.


La otra tarde estuve fantaseando con mi hijo menor, juntos imaginábamos qué construiríamos en nuestra casa actual y qué derrumbaríamos. No quedaron muchas cosas en pie, es la verdad. Por la noche, medio emocionada por la intensidad de aquellos sueños, me inquieté al pesar qué pasaría con aquellos sueños si no consigo hacerlos realidad. E inmediatamente me forcé a recordar sueños pasados, de mi infancia, que me ayudaron a evadirme durante muchos años y un día desaparecieron. ¿A dónde han ido? ¿Existe un lugar para los sueños olvidados? O sencillamente desaparecen. ¿Recordáis vuestros sueños recurrentes cuando eráis adolescentes?

Todo te invita a soñar pero nada te protege de tus sueños no cumplidos
Yo, sí, los recuerdo. Mis sueños pasados tenían los mismos principios que  los sueños que tengo ahora: libertad, viajes y abundancia. Tal vez son las reglas básicas de mi existencia. Aquello que no encaja o que contradice uno de esos sueños no tiene cabida en mi vida. Ni la tuvo entonces ni la tiene ahora. Pero, qué ha ocurrido con los sueños que un día olvidé volver a soñar. ¿Quién se los ha quedado? ¿Se habrán hecho realidad mediante otra persona? No creo que haya manera de saberlo, o tal vez sí. Pero ese viaje sería un regreso al pasado y el pasado es muerte, por ello me agarro a todo lo bueno que ha de venir.

Muchas personas reniegan de los sueños: los propios, de los ajenos e incluso de los colectivos. Yo he aprendido a tenerles mucho aprecio y sobre todo respeto. El Universo* se empeña en hacer realidad lo que sueño, o sea que en ocasiones debo atar en corto mis deseos. Es una fuerza tan real que a veces he sentido que soy una simple marioneta en ellos, tal vez tenían que hacerse realidad con o sin mí, por eso los soñé, en algún diario mágico y secreto ya fueron escritos.

Tu «yo» anterior es una alma más que deambula por la zona de sueños incumplidos
En tiempos de la comunicación del miedo, aniquiladora de lo que ha de venir, los medios se esfuerzan por difundir mensajes que dicen que «volveremos a ser lo que éramos». Me pregunto quién está interesado en seguir siendo «quien era hasta ahora» cuando se le ofrece ser aquello que siempre ha soñado. ¡Levántate, mírate a tus ojos, busca bien adentro y recupera tus sueños! Olvídate de quien eras, tu «yo» anterior es una alma más que deambula por la zona de sueños incumplidos. ¡Suéñate, ahora o nunca!

(* )Siempre escribo Universo en mayúscula a pesar de la normativa de la RAE, para mí es el continente de una energía superior que lo rige todo. 

jueves, 12 de marzo de 2020

La fuerza del miedo


Escribo este post en un tren que se dirige a Barcelona desde Madrid, sí, he sido una loca aventurera y he ido a Madrid para una reunión de trabajo en medio de la crisis global sanitaria más grande que recordamos en nuestra generación. 

Ha sido curioso ver el tren de alta velocidad, habitualmente abarrotado, prácticamente vacío de pasajeros. La estación de Atocha, tanto la de cercanías como la del metro, estaban sin gente, éramos menos de 20 personas que nos movíamos con normalidad por andenes y escaleras mecánicas que se alegraban al activarse durante escasos segundos. Café, centros comerciales, pequeños comercios…Todos cerrados. Los taxistas hacían cola esperando algún cliente y parecían una procesión blanca que se extendía a lo largo del Paseo de la Castellana. Encontré una cafetería ecológica abierta y con bastante gente, no pude evitar entrar y desayunar. El ambiente era normal y relajado, nadie llevaba mascarilla ni vestía guantes, la gente pagaba con dinero efectivo y se trataban temas de trabajo habituales. Mi entrevista fluyó con normalidad sin ninguna medida de higiene especial, nos dimos las manos de forma correcta y caminamos juntos por pasillos estrechos sin ningún protocolo sanitario. Al mediodía, Madrid ya estaba más activo, había gente por la calle y más restaurantes y cafeterías abiertos. La estación de Atocha, a pesar de ser el 11 M, no recordaba nada del pasado porque las voces que flotaban en el ambiente llevaban historias del nuevo enemigo del mundo, el Covid-19.

Este virus tiene una fuerza oculta casi milagrosa porque en pocas horas hemos podido resolver problemas sociales históricamente no resueltos

Percibí a las personas más alegres que en días habituales, hablaban los unos con los otros de forma espontánea. Y sentí que tener un enemigo intangible común hace que todos seamos iguales ante la enfermedad. Mi generación se  inició en el sexo con el miedo al  SIDA, cuando mataba, luego dejamos de comer carne roja porque llegó el virus de las vacas locas, de la que soy presuntamente portadora y por ello no puedo donar sangre. Más tarde vimos brotar el Ébola que "solo" mató, y todavía mata, a  africanos no productores de nada relevante para la sociedad occidental y por ello los medios de comunicación no dan cifras de la devastación que ha causado ese “virus” nacido de la nada, como lo hizo el  SIDA, como ahora el Covid-19. No entraré en teorías de la conspiración aunque creo en ellas.

Estamos ante una oportunidad única, vamos a tener tiempo para pensar

Este virus tiene una fuerza oculta casi milagrosa porque en pocas horas hemos podido resolver problemas sociales históricamente no resueltos: conciliación laboral, reducción de jornada de trabajo, y desarrollar sentido de higiene personal básico – desconocido en nuestro país hasta la fecha-. Eficacia sanitaria en atención rápida para criba de pacientes. ¡Ha aparecido dinero para ayudar a las familias con hijos de forma real!- familias de trabajadores asalariados, a los autónomos no se les menciona, como es habitual-  Se han reducido los impuestos. Es la primera vez en doscientos años que el ser humano decide que hay cosas más importantes que el fútbol. ¡No es fascinante! Estamos reduciendo las emisiones de CO2 ¡Todo ello en apenas unos días! Y qué pasará cuando ya todos estemos infectados del coronavirus. Se volverá a dejar los niños en los colegios durante ocho horas al día, volveremos a las  jornadas laborales inacabables, a tener que ir al médico para una primera visita genérica…

Personalmente creo que es una lástima que el ser humano decida cambiar hábitos por el miedo a la muerte y no por el respecto a la vida digna y de calidad que todos nos merecemos. Creo que como sociedad debemos reflexionar profundamente y distinguir entre lo importante y lo fundamental como seres humanos. Yo hace años que lo tengo claro: Mi vida no está en venta. Estamos ante una oportunidad única, vamos a tener tiempo para pensar. La duda que tengo es si seremos capaces de usar bien el tiempo de calma forzada, en nuestros domicilios, durante las próximas semanas.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Menos «ismos» y más igualdad

Todos los medios se vuelven locos ante la suculenta audiencia lista para responder a todo lo disfrazado de feminismo por la celebración del día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora.  Para empezar ninguna mujer es más mujer por ser mujer trabajadora. Y lo digo como madre soltera, autónoma, hija y nieta de mujeres trabajadoras. No soy mejor que otra mujer que no trabaja.

Nadie hubiera imaginado una perversión mediática capaz de infotoxicar y corromper una palabra, «feminismo». Sé que arderé en la hoguera de las feministas y es evidente que me da igual. Bonita palabra, “igual”. Es que como este blog va de palabras y personalmente no entiendo la razón  por la que hay que dar nuevas acepciones a palabras cuando hay una palabra existente que se entiende, se puede traducir y ser usada por todos los seres humanos: «IGUALDAD». La igualdad no tiene género, como la libertad.
Creo que es una manera de etiquetar y de alejarse realmente de lo importante, la igualdad natural de todo ser vivo, que implica el reconocimiento de sus diferencias y el soporte a sus habilidades, sean las que sean. La fuerza de lo biológicamente evidente es que todos somos seres iguales desde la diferencia universal. La igualdad pura quema por su sencillez, su significado, y su fuerza biológica,  por eso se nos engaña con palabras que son antítesis de esa igualdad básica, sencilla.
 Actualmente feminismo así como machismo son dos caras diferentes de la misma moneda clasista y patriarcal. Ambas palabras incluyen discriminación a lo diferente a su significado. Y es que casi todas las palabras declinadas con «…ismo» son perjudiciales para una gran parte de la sociedad: fanatismo, comunismo, socialismo, capitalismo, judaísmo, cristianismo, islamismo, individualismo…Los ismos tienden a ser mono ideológicos y excluyentes.
Me declaro humanista naturista y significa que creo en el derecho de todo ser vivo a vivir como mejor le apetezca sin violentar la libertad de los otros. Implica una aceptación compleja y diversa, dolorosa en algunas ocasiones. Porque la igualdad no es justa. Justicia sería otro post. La naturaleza es en sí misma igualitaria y diversa pero jamás justa desde el punto de vista del ser humano. Solo asumiremos el supra concepto de igualdad que intento explicar desde la aceptación de que somos animales y tenemos un derecho a la vida dado por fuerzas biológicas universales, jamás por otro ser humano o deidad inventada. Estamos vivos, no necesitamos el permiso de otro ser humano para vivir de una u otra manera. Ningún  «ismo» me hace más libre, ni más igualitaria, ni mejor que otro ser humano. Nací mujer y en mi caso ejerzo ese don de una forma amplia y diversa, a mi manera. No tengo porque decidir cómo debe ser otra mujer, por más diferente a mí que sea. Me debo al respeto de todo lo diferente a mí misma.
"Estamos vivos, no necesitamos el permiso de otro ser humano para vivir de una u otra manera"
Nunca aceptaré el criterio de otra mujer que afirme que es mejor ser feminista cuando he sufrido la ley de las mujeres en mi presente, el coleguismo descarnado y cruel de compañeras de trabajo que me han hecho todo tipo de perrerías vestidas de lila. No creo que haya que respetar a ninguna persona por ser mujer u hombre, creo que hay que hacerlo porque somos seres vivos que vivimos o sobrevivimos como podemos. Tenemos que dejar que cada ser vivo alcance su propia excelencia por más ajena a nosotros que sea.
"Somos mejores mujeres por ser más humanas y no por ser más feministas"
La única acción de cambio real, la única fuerza renovadora en un mundo de la información falsa y totalitaria, un mundo de verdades puras,  son las palabras que acaban en « DAD »: fraternidad, amistad, amabilidad, homosexualidad, heterosexualidad, maternidad, esterilidad, soledad, sociedad, felicidad, libertad…IGUALDAD.
Hoy miro a la cara a mi ciudad, a mi ayuntamiento, a mi estado autonómico, y al nacional y les pregunto aparte de ser feministas qué van a hacer para que ningún SER HUMANO cobre más que otro con igualdad de capacidades ( funcionarias públicas y políticas, 40% subida de sueldo, 30 días de vacaciones pagadas al año, 5 días de asuntos propios…), que me miren a la cara y me respondan por qué algunos seres humanos tienen inmunidad jurídica total, sin ser dioses, solo elegidos cada cuatro años ( presidentas y políticas de todo el / los estados). Por qué yo, mujer autónoma, no tengo los mismos derechos laborales que algunas ministras a contratar a mis hijos en régimen de la seguridad social solo por ser autónoma o empresaria, ( ministros y ministras miembros de una misma familia en igualdad de condiciones salariales amb@s). Por qué no tengo derecho a pensión vitalicia después de llevar 25 años de cotización social en todas las formas posibles. Por qué una alcaldesa,  sin estudios acabados, lleva escolta paramilitar y cobra 100.000 euros al año mientras mujeres que limpian habitaciones en hoteles de Barcelona, o teleoperadoras, cobran 920 euros al mes por ETT y sin derecho a vacaciones, ni días de asuntos propios. Que me digan por qué al ser madre soltera con dos hijos a mi cargo, sin subvención ni ningún tipo de pensión,  no tengo derecho al reconocimiento de familia numerosa cuando sí lo tiene una mujer viuda solo por haberse casado…
Yo quiero igualdad, pero la de verdad, no es una igualdad lila, es una IGUALDAD multicolor y que no protege sino que otorga a los seres humanos los derechos con los que han nacido: ser y vivir con dignidad, y no por ser miembros de sus partidos políticos, feudos fundamentalistas a imagen y semejanza de los señores de la Edad Media. Estamos igual que entonces, nos violan y nos discriminan tanto a hombres como a mujeres.
 ¡No quiero este feminismo de pacotilla, gracias! Seguiré siendo mujer y punto, animal mamífero y salvaje, líder  protectora de mi manada.

martes, 11 de febrero de 2020

50 razones más


Siempre había oído que cumplir 50 años marcaba un antes y un después en la vida de todas las personas. Por fin lo puedo comprobar. De hecho, desde que cumplí los 49 estoy emocionada por  sentir que he llegado a este momento.


La única certeza es que el pasado es muerte y no se puede cambiar

Cumplir cincuenta años es  como hacer puenting o escalar un árbol. En ambas situaciones la fuerza de la experiencia es  lo que dejas atrás con la certeza que  jamás volverá. Cuando llegas a la cima de un árbol buscas acomodarte y disfrutar el paisaje. Cuando haces puenting, te quedas balanceando y una vez superas el shock del salto inicial todo es paz y calma, a pesar del balanceo.  Así me siento ahora, a mis cincuenta años, disfrutando el paisaje en paz.

No quiero volverme la típica persona mayor que da consejos como si tuviera la llave secreta de la puerta a la felicidad. Ni me siento mayor, ni ejemplo de nada. Solo puedo compartir, desde la más absoluta gratitud y humildad el hecho de haberme sobrevivido.

Reconocer que te has sobrevivido es dar relevancia a tus propios errores y a las personas que me han ayudado a superarlos. Afortunadamente lo peor que me ha sucedido siempre ha sido lo mejor que podría haberme pasado. Tal vez hay que releerlo varias veces, pero ha sido así.
Sobrevivir necesita dos factores muy importantes: vivir primero y casi morir después. Tengo una teoría personal, nada científica, que dice que todas las personas morimos en vida tres veces. Añadiría un tercer factor que lo cambia todo: la consciencia. Ser consciente que has sobrevivido es un deber personal. Si no tomas consciencia a pesar de la dureza de hacerlo, puedes seguir sobreviviéndote una vida entera.

Vivir tu vida contigo, por y para ti. No es egoísmo. Es lo natural

Sobrevivir significa vivir una vida sin ti. Vives tu vida con arrogancia y falsa seguridad creyendo que todo lo que haces lo realizas porque quieres. Pero no es así. Actuamos como autómatas con instrucciones aprendidas y heredadas. La electricidad o corriente continua que nos alimenta es la culpa. Es muy poderosa porque anestesia al ego. La culpa consigue que no hagas lo que debes hacer porque crees que no es lo correcto para los demás: familia, amigos, país. La culpa consigue que te traiciones a ti mismo cada día. La actualidad es triste, los políticos solicitan «lealtad», me aterroriza eso, es como pedirme mi alma. ¿Qué tipo de monstruo se atreve a pedirme lealtad? La única lealtad posible es a uno mismo. Pero la culpa nos hace leales a lo ajeno. Y lo ajeno es todo: país, pareja, hijos, padres…Si un estado te exige lealtad, lo único que está ofreciendo a cambio es sobrevivir pero jamás vivir en plenitud.

Desaprender todo lo aprendido

A pesar de cumplir los cincuenta años realmente tengo solo cuatro. Cuatro años desde mi última y definitiva muerte. Las otras dos anteriores les faltó lo más importante, la consciencia.

En estos cuatro años de vida nueva he desaprendido todo lo adquirido por educación y genética social. ¡Es mucho! Quilos y quilos de información que revisar y quemar. Sí, la he quemado metafóricamente porque no hace falta guardarla, ni recordarla. Soy anti memoria histórica, y de eso sí que hay evidencias. Recordar la historia de la humanidad solo consigue perpetuar los odios. Hasta el día de hoy no he visto ninguna civilización que gracias a su memoria histórica superase odios pasados. ¡Ninguna! El  único ejemplo de civilización completamente pacífica, para mí, es la tibetana. El pueblo tibetano, después de ser  masacrado en su país, ha sido capaz de buscar la paz y mantener su estado solo a través de su cultura, sin pelear, sin tener un país físico, sin tener estado (al fin y al cabo qué es un estado, eso será otro post).  Me siento completamente identificada con la cultura tibetana porque yo he dejado de tener todo lo que tenía para disfrutarlo en lugar de poseerlo. Suena bien pero ha sido, y todavía es, terriblemente duro. Porque nos enseñan a tener y no a ser. Y yo he tenido y todavía tengo mucho. Nadie puede imaginar el precio que he pagado por conseguirlo. ¡Pagado está! Si alguien me pregunta, «¿Volverías a tenerlo?» La respuesta es sí, y tendría mucho más pero de diferente manera. Todo lo que tengo es porque lo quise tener. De hecho uno de mis planes presentes es triplicar mi patrimonio,« ¿Por necesidad? No, por diversión esta vez». Pero hoy no toca hablar de la abundancia.

Perdonarse  uno mismo

Sobrevivirse a los cincuenta años implica otra aceptación personal: Perdonarse  uno mismo. En mi caso lo he conseguido hace muy pocos días. Perdonarme por haber sido como fui en cada una de mis etapas anteriores. Perdonarse a uno mismo no implica perdonar a los otros, a esas personas que te han herido. Bien al contrario. No perdono todo lo sufrido (aunque he dejado de recordarlo, lo llaman sobrevivencia psicológica), hacerlo sería aceptar el maltrato ajeno y eso es crear un camino para volver a ser dañada. Lo importante es aceptar  que todo lo que  te ha pasado en tu vida ha sido por tu propio consentimiento, por tu propia aceptación y normalización de lo que te daña. ¡Parece fácil! No lo es, además puedo confirmar que resulta terriblemente doloroso saber que todo lo que has vivido es culpa de tus propios pasos. Nos han enseñado a perdonarlo todo, todo lo ajeno, pero jamás se educa para perdonarte a ti mismo.

Aceptarme, quererme, cuidarme y mejorarme. El orden de los factores sí altera el resultado final.

El perdonarte a ti mismo implica asumirte tal y  como eres, como eres ahora. Yo miro atrás y veo mi obsesiva fijación por la mejora y la superación constante. La obsesión por lo perfecto es una distorsión de lo bueno. Reconozco haberla sufrido y ahora también intento mejorarme constantemente pero sin obsesión. Disfruto de mis debilidades: «Soy así, y me parece genial» Lo aprendí gracias a mi cuerpo.
Mi cuerpo se rompió físicamente después de tomar consciencia y no he podido recuperarlo con rapidez. Mis músculos y tendones han requerido mucho tiempo, trabajo constante y diario para recuperar mi fuerza. Un día la volví a sentir. Tengo la misma fuerza que hace treinta años pero no el mismo cuerpo. Eso me hace seguir trabajándolo cada día. Aceptarme, quererme, cuidarme y mejorarme. Ese es el nuevo orden de prioridades en mí día a día, y no al revés.

Gestionar la ira

Conseguir sobrevivirme ha implicado reconocer la ira y aprender a gestionarla. Tengo que hacer público que no lo he conseguido todavía. Supongo que estoy en la fase inicial del proceso. Gracias a horas de terapia y a leer mucho sobre emociones, ahora entiendo que la ira es lo que se conoce como emoción básica, ayuda a la adaptación y a la supervivencia. No se puede anular. Solo entender y aprender a gestionarla. Lo curioso es que he sido capaz de ver la ira en mis hijos y solicitar que les ayuden pero no he podido detectar la ira en mí hasta hace muy poco. La ira me invadió y lo hizo para salvarme la vida, ahora lo he entendido, y gracias a entenderlo he podido perdonarme por haberla sentido. Sigue ahí, cada vez más controlada por la alegría de estar viva. Sí, la vida implica sentir emociones  y no siempre las que te apetecería. Pero la alegría es mi emoción predominante incluso cuando no soy feliz. He llegado a pensar que sufro un trastorno que podría llamarse optimismo desenchufable (optimismo auto recargable). Es decir soy optimista en todas las circunstancias, incluso ante la idea de la muerte. Siento una terrible pena por ella (la muerte)  pero jamás miedo.

Aceptar la muerte para entender la vida

Superar el miedo a la muerte es otra condición indispensable para sobrevivirse. En mi caso hace cuatro años entendí que iba a morir. Lo sentí una tarde cualquiera caminando por la orilla del mar. Pude ver mi vida sin mí, con frialdad, como si fuera una película. Hablé con una amiga, la hice tutora legal de mis hijos y preparé mi testamento patrimonial y médico. Hablé con mis hijos y les entregué todas las claves de mis bancos, mis seguros, mis cuentas,  mis redes sociales y les dije cómo controlar los ingresos que tengo sin mí. Me invadió un gran alivio al reconocer que ya estaba preparada para morir con 46 años. ¡Esto es absolutamente cierto! Nadie imagina lo que puede liberar el aceptar que vas a morir. No fue fácil, antes de sentir la vida sufrí mucha, mucha, mucha ira, porque no todo fue una revelación, había factores ajenos a mí que me provocaron toda esa necesidad de poner orden en mi vida. Fue como intentar nadar sin saber qué es lo que te está ahogando. Pero aceptar que voy a morir es la mayor dosis de vida que alguien  podía haberme regalado. Por eso empecé a vivir hasta el día de hoy con agradecimiento por todo lo que tengo y humildad para recibir todo lo bueno que llegará a mí.

Y aquí sigo con cincuenta años y más de cincuenta razones para seguir viviendo.

¡Gracias infinitas a aquellas personas que incluso cuando mostré ira me cuidaron y permitieron que mi alegría innata prevalezca en mi nueva vida! No quiero hacer fiesta sorpresa porque no ha sido por casualidad que he llegado a mis cincuenta años. No necesito nada material, lo único que pido es tiempo para disfrutar con las personas que han sido importantes en esta nueva vida y ya llevo tres semanas de celebración y me dedicaré el año entero a decir «gracias, gracias y gracias»… Y abrazaré muchas veces.

jueves, 9 de enero de 2020

Abrazos y abrazados


Hace unos días en una novela, de esas que lees en una tarde, el autor hacía referencia a dos tipos de personas: las que abrazan y las que se dejan abrazar.

Al instante reflexioné en qué grupo me encuentro y no dudé al responderme a mí misma que yo soy de las que me dejo abrazar. Lo curioso en mi vida es que me han pedido  abrazos personas extrañas en situaciones surrealistas. Las dos más curiosas fueron las siguientes: una vez estaba en un establecimiento abierto al público, trabajando con dos compañeras más, entró una mujer indigente que no había visto en mi vida y me pidió educadamente si la podía abrazar. Mis compañeras se quedaron atónitas, pensaron que yo conocía  a esa mujer que desprendía un olor a demonios fritos, arrastraba un carrito de supermercado  lleno de trastos y era bastante mayor. Le faltaban dientes y su piel era blanca y tersa con pequeños ojos azules flotando en un mar de arrugas. Imaginé que debió ser una gran belleza en su juventud. Me sentí tan alagada que me levanté de mi mesa y fui abrazarla tímidamente, como quien recoge un premio. ¡Fue algo mágico! Sentí su bondad. Me dio las gracias y salió sin más… No volví a ver a esa mujer pero todavía recuerdo qué sentí al abrazarla.

Hace un año y medio, era el mes de julio en Barcelona, salía corriendo de una reunión de trabajo a recoger a mi hijo en un campus de verano en el barrio de  Poble Nou, había un hombre mayor en un semáforo y me resultó tan agradable y yo estaba tan eufórica que cogí un billete de diez euros y se lo ofrecí. El hombre me pidió que bajara del coche, lo hice y me abrazó de una de las formas más intensas que he vivido. El semáforo cambió a verde y nadie protestó, me sentí observada y flotando en un haro de energía indescriptible.

No me gusta que me toquen personas que no conozco, me incomoda. No es por ser fría sino por ser demasiado emotiva. No quiero que se rompa mi distancia de confort con todo lo ajeno, me hago vulnerable.

Ahora que tengo parejas de usar y olvidar me doy cuenta que cuando abrazo es un estado avanzado de la relación y me acabo acomodando en los bolsillos traseros de mi abrazado. Lo que suele gustar. Para mí es un anclarme en un puerto hasta la siguiente marea. Algo breve que me permitirá descansar por unos segundos. Pero nunca abrazo. Me dejo abrazar y es tan gratificante que el día que decida hacerlo de corazón será más satisfactorio que los abrazos que me robaron personas extrañas que  viajan conmigo en un aura de gratitud infinita. No imagino que habrán sentido esos abrazados con mi abrazo, lo único de lo que estoy segura es de lo que yo sentí cuando lo hice.

Puedes devorar a una persona sin dejar de pensar en tu  próximo reto laboral pero si alguien te abraza no puedes pensar en nada, solo sentir. El universo se detiene y se abre un agujero negro donde todo desaparece y solo se siente velocidad centrífuga hacia ninguna parte. Un respirar hacia adentro. Con el abrazo se cierra un espacio pero se abre una nueva dimensión, por supuesto desconocida, que se recorre en segundos y que solo dependerá de los abrazados volver a recorrer algún día.

Existen muchos tipos de abrazos. Todo depende de la persona que decide abrazar:

Está el abrazo de colegas, en el que se juntan cabezas y se cogen por la nuca. También la modalidad abrazo con palmadas en la espalda del abrazado, puede tener múltiples usos. El abrazo asfixiante, el que te cogen por detrás mientras cruzan su brazo por la altura del cuello. El abrazo de amigas, cuando te apoyas en la otra persona y se camina a la vez durante un rato...Mi favorito es el abrazo volador, sí, sin lugar a dudas, es rápido e inesperado. Es el abrazo que te dan y te levanta al mismo tiempo. Puede ser para girar o para desplazarte hacia otro lugar más cómodo. Creo que en esos instantes me vuelvo aire y no peso nada, siempre ocurre algo maravilloso después de un abrazo volador. 

Últimamente he empezado a practicar el abrazo colectivo entre mi gato, mi hijo pequeño y yo. Consiste en hacer un sándwich entre mi hijo pequeño y yo, y en medio está Simón, nuestro gato. Nunca se ha quejado, al revés, ronronea y emite pequeños ruiditos de confortabilidad que han acabado por convertirlo en el momento del día más deseado.

Abrazad o abrazaros, lo que más os guste pero no os quedéis en medio.