sábado, 2 de noviembre de 2024

El cáncer se vive

Olvidé que puedo morir

Este relato es la segunda parte de La muerte, el chute de vida más poderoso, el principio de diez meses que me quedé con un grito hacia dentro y una sonrisa por fuera. Olvidé que podía morir, un olvido que es instinto de supervivencia en todo ser humano porque la muerte es algo que ocurre a otros mientras estamos vivos.  El cáncer que me ronda me ha generado muchas sensaciones que me gustaría compartir con la esperanza de haceros pensar en vosotros y desdramatizar la fuerza destructiva que acompaña a esta poderosa palabra: cáncer.


El cáncer es mucho más que una palabra o una enfermedad, es un estigma, una etiqueta que aparece en nuestro expediente médico y marca más a las personas que viven contigo que a uno mismo. El cáncer es silencio y grito a la vez, un grito en una frecuencia que solo se escucha por dentro cuando nadie te mira. Se le vence hablando y mirando a la cara, poniéndole nombre y aceptando la ayuda de personas desconocidas. Alguien me dijo “esto es una oportunidad, acéptalo”. ¿Una oportunidad de qué? Maldije las primeras semanas, o tal vez los primeros meses, “no me viene bien morirme ahora”. 

Cómo siempre en mi vida todo me pasa en momentos mágicos y únicos: Mis dos mejores amigos vivos se morían de cáncer mientras a mí me diagnosticaban el mío. La última canción que le envié a uno de ellos decía que los dos juntos peleábamos contra los huracanes, pero me quedé sola frente a la peor tormenta con la que he lidiado.

¡Spoiler! Esta historia de momento tiene final feliz, tendréis que seguir leyendo para saber que del cáncer se vive, y no digo se sobrevive, es mucho más.

Cáncer y las contradicciones

Una de las características del cáncer son las contradicciones que aparecen en muchos aspectos de este nuevo escenario vital en el que se entra y del que jamás se sale. La contradicción de estar sana y tener cáncer. A penas tres semanas antes de mi primera biopsia me había hecho mi analítica anual rutinaria y todo estaba perfecto. Esta contradicción te produce bastante ira e impotencia, lo que te lleva a formular preguntas que no aportan ninguna respuesta útil como, por ejemplo: ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Duraron muy poco esas preguntas en mi cabeza porque la respuesta posible me llevaba a una situación hipotética: si no fuera yo podría ser cualquier ser querido en mi familia y ante esa posibilidad, prefiero ser yo la portadora y la que mire a la muerte cara a cara antes que otra persona de mi entorno.

Nunca he dejado de estar sana en estos meses, de cada intervención salía directa para el gimnasio y para la próxima cima. No he sentido ningún tipo de dolor o sensación que me hiciera pensar que la muerte me estaba invadiendo. El único síntoma que me acompañaba era la sensación de cansancio. Cansancio profundo y casi inmovilizante. Afortunadamente, tengo un resorte mental inexplicable que cada vez que me siento cansanda, más me exijo físicamente. En estos últimos meses, observé que no progresaba como solía hacerlo. Maldecía subiendo cimas complejas, fingía que era cosa de la edad, pero sabía que me faltaba el aire de forma extraña. Algo se estaba llevando mi oxígeno. Los médicos y paramédicos me recomendaban, “descansa”. Y yo pensaba, “ya lo haré cuando me muera, este bicho tendrá que esforzarse más que yo para devorarme”. Le llamo, “bicho”, algunos sabéis que soy de poner motes a todo. A mi bicho, mi mal bicho, estoy incluso agradecida y le he dedicado una canción de amor, Por fin de Pablo Alborán. Porque mi bicho me ha enseñado a vivir, me ha hecho mejor persona y no por simpleces como sentirse víctima o empatizar con otras personas enfermas. Algo que no puedo hacer porque nunca me he sentido enferma y no pienso hacerlo. La enfermedad es el verdadero monstruo. El miedo a la enfermedad supera con creces al de morir. La enfermedad la construímos nosotros, pero el cáncer nos elije. El cáncer me ha hecho entender que no soy eterna y que solo transcendemos con los demás. Me ha obligado a aceptar ayuda, a dejarme cuidar, a dejar de ser conductora y ser copiloto. He entendido que quien te quiere desea cuidarte. Este bicho me ha mostrado la fuerza de la bondad de personas desconocidas.

El tamaño no importa, otra contradicción, existen tumores de varios centímetros que se extirpan sin mayor problema, sin embargo, mi bicho medía 2,5 milímetros de radio lo que representa alrededor de 15.6 millones de células intentando perforar mis tejidos, reproducirse y distribuirse por mi corriente sanguíneo. 2,5 milímetros de alta displasia y de la peor calaña posible en lo que a células malignas se refiere. Células insistentemente adheridas a mí que no tenían ninguna intención de abandonar mis tejidos. Los resultados de cada biopsia eran peor que la anterior.

La muerte no es lo peor, parece contradictorio, pero morirse es bastante estresante. Aparecen muchas tareas que hay que hacer, en mi caso, quiero morir sin molestar. Y la muerte nunca llega en un momento conveniente ni para nosotros ni para los nuestros. En la tercera o cuarta biopsia solicité hablar con un médico, parece ridículo, pero todavía no había hablado con ningún profesional médico de forma tranquila. Los médicos actuaban de la mejor manera posible y no había tiempo de hablar.  De aquella conversación salí todavía peor porque sus expectativas fueron nulas: «bueno, será rápido, menos de seis meses y sin posibilidad de quimio. Te recomiendo que informes a tus hijos y que empiecen con los controles porque esto es hereditario». Recordáis el dicho, «todo podría ser peor», pues tal cual.

Morirse es algo que no he llevado mal porque ya he estado en situaciones terminales en alguna otra ocasión. Lo peor es tener que informar a mis hijos. Y lo más complicado no era decirles que yo estaba en una situación médica complicada, sino que ellos también. En ese momento, morirme era lo menos grave. Pensar que mis hijos pueden llevar mi herencia médica me creó gran impotencia y una preocupación infinita. Opté por no hablar, los que me conocéis sabéis que cuando estoy mal no hablo, sonrío y paso de largo, o desaparezco. En esta ocasión no podía desaparecer.

El cáncer y el miedo

«Cáncer» es una palabra muy poderosa. Cuando la situación hizo saltar por los aires mi silencio y tuve que decírselo a mis hijos, a dos familiares y a una amiga, hermana y maestra que hemos compartido muchas cosas. Callé para el resto de humanidad. Era mi cumpleaños, que maravillosa contradicción celebrar la vida y un año más pensando que podría ser el último. La vida juega con nosotros con una extrema ironía. Me manipuló a su antojo e hizo que todas las situaciones de mi vida de proximidad fueran medidas en porciones temporales de seis meses: seis meses para tener mi coche nuevo, seis meses para acabar mi carrera, seis meses para irme de vacaciones. Me reía por dentro cuando estaba con amigos y hacían planes a un año: el año que viene iremos al Mont Blanc, el año que viene volveré a Perú…Qué distancia tan anodina crea el cáncer. Distancias inalcanzables en mi cabeza que a falta de competencias matemáticas no sabía cuándo empezar a contar esos seis meses. La curiosidad infinita que me habita se disparó y generó grandes ideas sobre la realidad espacio-tiempo que por alguna extraña razón me han dado paz. El tiempo tiene algo de orgánico, de químico, por eso no aciertan las fórmulas de cómo viajar en él. Hay que formularse preguntas más allá de la física cuántica y de las matemáticas y contar con factores bioquímicos. El Universo es químico.

El miedo alcanzó a todos los que sabían de mi situación. Y constaté dos tipos de personas en función de su reacción: los que el miedo les hacía callar y alejarse. Y aquellos que se crecían y buscaban soluciones y alternativas sin preguntarme, «¿cómo estás?».

La pregunta que más odio, «¿cómo estás?». No quiero que ninguna relación tenga esa locución como fundamento. Y las personas que el miedo las vence siempre usan esa pregunta para contactar contigo. Ya no te invitan a cenar o a salir, todo gira en torno a «¿cómo estás». No les guardo rencor porque percibí su miedo, su temor a que me ocurriera algo, su inmenso amor hacia mí congelado ante la posibilidad de que se repitiera lo que les había ocurrido a tantos familiares nuestros. Por mi parte, jamás contesto a esa pregunta, (“¿cómo estás?”), construyo una situación alternativa que nos aleja de la visión de la enfermedad terminal. Hacía ironías jocosas y posiblemente sin nada de gracia.

Entre las personas que se crecen y buscan alternativas están mis hijos, por supuesto, su reacción ha sido ejemplar. Su ánimo, su normalidad, no han evitado que sienta que se mueren por dentro ante la incertidumbre de mi diagnóstico. La vida nos ha hecho pasar situaciones terriblemente duras juntos y ahora esto, toda la situación es como una gran putada. Estamos solos los tres, solos ante la vida y ante la muerte. Reconozco que me atormentaba la idea de no llegar a verlos totalmente independizados, junto a personas dignas de amar e incluso con hijos. ¡Cómo me gustaría ser abuela! Serán unos padres y compañeros increíbles.

El miedo me ha inquietado y perturbado, pero jamás me ha dominado en estos últimos meses. No es valentía sino falta de sentido común. Porque sentir miedo es lo normal en situaciones de peligro. Lo que más me ha afectado ha sido en mi trabajo, me costaba concentrarme y yo necesito justamente eso, concentración. Creo, reviso y busco contenido informativo, a veces también académico. El ruido mental que produce la idea de la proximidad irreversible de mi propia muerte es incómodo. Un cosquilleo que me obliga a moverme, a ponerme en pie, a beber agua. A distraerme para no sentir mi temblor mental irrefrenable.

 

El cáncer y la vida. Una situación de muerte inminente es como una cuenta atrás para preparar toda mi vida sin mí. No he leído libros de autoayuda para afrontar la muerte porque la mayoría te invitan a hacer cosas que no has hecho. Tampoco tiene mucho sentido leer contenido de autoayuda si me voy a morir, sobre todo porque tengo títulos esperando a ser leídos. Para mí, aceptar la autoayuda es reconocer que tu vida no te ha llenado. Y en mi caso, mi vida me encanta. He hecho mucho más de lo que la gente sueña en un solo día, he vivido muchas vidas en apenas 54 años de existencia. No quiero cambiar ni un ápice de mi existencia solo pretendo que mi vida pueda seguir sin mí. Y eso afectó a mi familia, a mi trabajo y a nada más, en ese momento.

En los últimos meses, me he esforzado en promover la reunión de amigos y el contacto transversal de muchas personas cercanas, familiares y personas que para mí son más que familia. Necesito saber que estarán los unos para los otros, ahí, siempre. Cualquier excusa es buena para juntarnos y hablar. Eso me ha permitido ver mi vida con la distancia suficiente para saber que «todo estará bien» cuando yo no esté.

Los buenos deseos de los otros curan

La gravedad de un diagnóstico médico se puede medir con precisión según los días que tardan en contactar contigo después de una intervención. En septiembre a penas pasaron diez días desde mi última biopsia, cuando me llamó una doctora con la que no había hablado antes. Le pareció que el “bicho” llevaba demasiado tiempo dentro de mí y que había que hacer algo más agresivo. Me habló de un dispositivo nuevo y que debía dar mi autorización para usarlo y para que estuvieran más personas en mi intervención. Había bastante riesgo porque iban a hacer incisiones más profundas. Acepté sin pensarlo. Y me dijo un día, el 24 de septiembre, y yo respondí: tengo programada una travesía de montaña. Cuando una doctora te escucha y te dice, “ves, ves a la salida. La retrasamos, yo me encargo.” La situación y el tono de la doctora sonaron más a “últimas voluntades” que a ganas de tener un paciente menos en cirugía aquel día. Y se trasladó al día 1 de octubre.

La gravedad de la situación me obligó a tener que hablar con mis compañeros de trabajo y mi amiga, la que también tenía cáncer, y pedirle por segunda vez en mi vida: “reza por mí que yo no sé rezar”. La volvía a necesitar como siete años atrás, aquella vez fue “estoy en el infierno y no se salir, reza por mí”. Y salí llevándome al monstruo por delante. Esta vez ha vuelto a funcionar. 21 días más tarde me volvió a llamar la misma doctora emocionada y sorprendida porque no había células del bicho. Todo hace pensar que estaré bien aunque dentro de seis meses volverán las intervenciones.

A mis compañeros de trabajo les pedí disculpas porque no había estado a la altura de su calidad y profesionalidad: he sido un lastre durante muchas semanas y el embudo en mi propia empresa. Si bien, apliqué la misma estrategia que en mi vida privada: trabajar para que todo funcione sin mí. He creado protocolos de todos los procesos internos, he formado a varias personas en tareas que solo hacía yo. He adecuado aplicaciones para la organización de proyectos según las características de cada persona del equipo…En fin, he hecho lo que debería haber hecho antes de mi diagnóstico: liderar facilitando el trabajo y la progresión de todo el equipo.

Mi caso es un ejemplo de éxito médico contra todo pronóstico y existen factores que creo han influído aunque nunca sabré en qué medida:

La alimentación. El mismo día que fallecía mi amigo y a mi me confirmaban que tenía un cáncer de alta displasia y de origen genético salía para una travesía de alta montaña en la que me encontré con un investigador en biomedicina (y más ámbitos), a mi me faltaba el óxigeno, mi mente estaba totalmente desbordada por la impotencia, mientras subíamos le conté mi diagnóstico pidiéndole que no se lo dijera a nadie. Y lo ha hecho, guardar mi secreto y darme el mejor consejo de mi vida: “deja el azúcar y el gluten, alimentan las células cancerígenas, hay que evitar la metástasis”. Y adiós a casi toda la fruta, pan, helados, chocolate, pasta, arroz…Cambié mi dieta desde ese momento hasta hoy. No ha sido fácil. He sufrido ansiedad por mi adicción a la dopamina que produce la ingesta de azúcar, algo socialmente aceptado y fomentado. Ahora ya me he acostumbrado. Si bien, siempre he llevado una alimentación sana, en estos momentos es otro nivel, se trata de un dogma en mi vida y quien no lo entienda o no lo respete está fuera de mi mundo.

La fuerza de los buenos deseos. Hace pocas semanas recibí uno de los regalos más bonitos y generosos que me han hecho: una meditación creada para mí desde Bali (Indonesia) por una persona con la que jamás he hablado y que ,posiblemente, nunca lo haga. Una meditación guiada de 30 minutos que trabaja un aspecto que es mi mayor debilidad. Una emoción que me resisto a abandonar: la culpa.

Mi organismo, un tablero de ajedrez y el cáncer el bando enemigo

Hace cuarenta años que práctico meditación, para mí no es nada místico sino un ejercicio físico mental. Nada me perturba si yo no lo permito. Por eso afronto mejor la muerte, meditar te acerca a ella con control y una perspectiva de calma. El cáncer te mata sin permiso. Antes de este curioso regalo me esforzaba en llegar al bicho, intentar visualizarlo con la ingenua ilusión de poder eliminarlo, así de fácil. La meditación me guió para entender que no tenía que atacarlo a él, sino hablar con todo mi organismo y ordenarle que actúe, que se active. Se convirtió en un juego mental, mi organismo en un tablero de ajedrez y el cáncer en el bando enemigo. Gracias a leer sobre medicina y visualizar animaciones pude dar forma a las células inmunitarias como soldados a los que cuidar, animar y dirigir con mi intención: “Vamos a trabajar, vamos a por el bicho, que no quede ni rastro”. Intención y determinación durante 30 minutos por la mañana, 30 minutos por la noche. Sesiones que se extendieron a cada vez que respiraba y me invadía un pensamiento negativo.

Estar sano ayuda, también cuando tenemos cáncer

Para ir acabando, si es que hay alguna persona que lea este texto hasta aquí, me gustaría deciros que vale la pena cuidar la alimentación y hacer deporte. Hace unos días, la doctora me volvió a llamar y tuve la oportunidad de preguntarle: ¿por qué me ha elegido a mí para realizar la prueba de este material quirúrgico innovador? Y su respuesta fue: “eres el expediente médico con mejor clínica y eso ofrece más garantías”. Estar sano ayuda, también cuando tenemos cáncer. Y recordad, el cáncer es vida.

¡No dejéis de lado a nadie diagnosticado de cáncer! Animarle a ser positivo y confiar en la medicina, roza la magia alquímica. Recordarle que de esto se vive. Y sobre todo no le preguntéis jamás: “¿Cómo estás?”. Invitarle a un café o a un cine.

El cáncer es un gran maestro, su estrategia de enseñanza te transforma y consigue que cambies hábitos y rutinas sin quejarte: he dejado el azúcar, he aprendido a aceptar ayuda, he sabido cuánto me quieren aquellos que quiero, trabajo de forma más eficaz, entreno mi cuerpo con más fuerza y el sentimiento de culpa se desvanece, aunque todavía no ha desaparecido, sigo aprendiendo…

Enlace a la canción, Por fin, de Pablo Alborán

PS: La medicina preventiva es la medicina que más vidas salva. Si os llega a casa avisos para hacer pruebas en la farmacia o en vuestro centro más cernano. ¡Hacedlas! Y cuidaros, la muerte nos espera a todos pero llegar a ella sanos depende solo de vosotr@s 

martes, 23 de abril de 2024

Mi geranio y yo


Cada día más dragón y menos princesa

¡Feliz Sant Jordi! Hoy he descubierto que me cuesta decir Dia Internacional del Libro. Para mí, Sant Jordi es la celebración más bonita de este pequeño país que no siento mío. Soy una eterna refugiada de la Tierra y una «sinpapeles» para los humanos aborígenes. Mi nacimiento es un accidente en mi vida, como mi vida misma. Hoy no he hecho nada especial, al final he cancelado bajar a Barcelona por alergia a tanta humanidad, he concedido mi tiempo a una personita con la que no habrá demasiadas ocasiones de estar o, mejor dicho, de seguir estando. 

Imagen real del geranio que crece junto al romero.

El trabajo tampoco ayuda a desconectar y más cuando implica conexión y cobertura. Tener que cubrir cómo la gente se llena de letras y páginas con probabilidad casi certera de que no las leerán me resulta más difícil cada día, y lo he delegado.  Hace unos días un heroico profesor de catalán para adultos me confesó que lleva tres semanas para que sus alumnos, funcionarios en su mayoría, elijan un libro en catalán para leer y hacer una ficha resumen. ¡Se han estresado! - así se lo han confesado. Funcionarios de instituciones públicas catalanas estresados por leer en catalán. Un buen aforismo para este día. Una prueba de que la ficción se ha normalizado en nuestra realidad. A mí me ocurre justo lo opuesto, tengo varias listas de libros por leer y voy tachando a un ritmo más lento del que voy añadiendo. Una lista que ahora asumo que no completaré. Mi tiempo es finito y mi inquietud académica infinita.

Empiezo a sentirme dragón y no solo por el fuego que habita en mí, que no se apaga, sino por el peso de mis escamas que se van oxidando de tanto volar. Este año me he alejado de jóvenes caballeros no sea que me alcancen el corazón. Pensándolo mejor no me he alejado, sencillamente les sobrevuelo a mi antojo, mi naturaleza dragón me obliga a alimentarme de caballeros que creen que podrán convertirme en princesa. Y es que no se enteran que cuando naces así solo tienes lacayos. Arlequines que en cuanto dejan de hacerme reír los condeno a las mazmorras del olvido.  Mi colección de rosas propias con pichos sinuosos que más que herir entretienen. En mi mundo, las rosas las regalo yo. Y a mi me regala la Naturaleza, esa que está ahí fuera y dentro de nosotros. Esa que solemos ignorar. Naturaleza todopoderosa y omnipresente en mi vida a la que proceso una fe devota. Hoy esa Diosa auténtica e infinita me ha regalado una flor, salvaje y resistente. Un pequeño tallo verde que llegó arrastrado por el Garbí a mi terraza, una semilla despistada que arraigó en una pequeña maceta junto a un brote de romero. Hace varios años que dejé de quitar lo que se conoce como, hierbas malas, dicen que son aquellas que chupan el alimento de las otras plantas. Pero en mi caso, tal vez por mi gran miopía, no alcanzo a distinguir las plantas malas de las buenas, todas tienen utilidad. En mis tierras las plantas malas son tréboles, la mayoría con tres hojas, pero con intención de tener una cuarta. O plantas sin nombre que florecen en amarillo y alegran todas las macetas. No veo la inutilidad ni la maldad en ningún ser vivo, será un defecto de dragón.  Mi regalo de hoy, del día de los enamorados de Catalunya, es un geranio. Un hermoso y exuberante geranio que me ha brindado una flor lila. No imagino un regalo mejor. Cada día salgo a saludarlo en cuanto me levanto. Una semilla que ha decidido arraigar a mi lado, a gustito, tallo junto tallo, entre el romero y la pared de tocho rojo mediterráneo, amparado de la Tramontana del norte que cuando azota lo hace sin piedad. Mi geranio y yo, parece el título de un libro lo que resulta adecuado para otro 23 de abril sin rosas y sin espinas.    

sábado, 9 de marzo de 2024

Mujer y punto


Ni feminista, ni machista

Escribo hoy porque ayer, 8M, me pilló trabajando.



No celebro el feminismo actual politizado y tan excluyente como el machismo. Incapaz de unirse en una única manifestación. Cada vez hay más mujeres con poder y se limitan a hacer lo mismo que los hombres que ocuparon los cargos antes que ellas: abusar, dominar  y controlar.

  • Seré feminista cuando no haya hijos de otras mujeres muriendo en guerras.
  • Seré feminista cuando no haya mujeres vendiendo a otras mujeres.
  • Seré feminista cuando las mujeres de occidente dejen de usar el matrimonio y la maternidad como fuente de ingreso vitalicio, yo le llamo «prostitución sistémica legislada» o modelo de mujer “Priesley”.
  • Seré feminista cuando una mujer no contrate a otra para limpiar su propia mierda.
  • Seré feminista cuando una mujer deje de pedir igualdad salarial mientras ella le paga en negro y una miseria a su «chacha» o a su «peluquera».
  • Seré feminista cuando la mujer deje a otra mujer cubrir su cabeza con lo que le apetezca.
  • Seré feminista cuando la mujer occidental diga que tiene que ser fuerte y ello no se entienda como ser tan cabrona como el peor de los hombres cabrones.
  • Seré feminista cuando se reconozca el lado femenino del hombre, que muchos hombres son mejores madres que una gran mayoría de mujeres.
  • Seré feminista cuando la maternidad no sea mal vista como símbolo de debilidad o de dominación del patriarcado y no como el derecho natural que nos apetece ejercer a algunas.
  • Seré feminista cuando seamos más seres humanos y menos hombres, mujeres y lo que te apetezca.
  • Seré feminista cuando como empresaria vaya al banco y una mujer no me niegue un préstamo porque soy madre soltera y no puede firmar ningún hombre como aval.
  • Seré feminista cuando las mujeres no miren mal a otras mujeres por elegir dar el pecho y alimentar a sus hijos como les de la gana, sin sentirse mal por ello.
  • Seré feminista cuando haya un ejército de mujeres armadas y capacitadas para defender a otras mujeres, y no solo un ejército de mujeres dispuestas a llevar camisetas con lemas feministas por las calles protegidas por hombres.
  • Seré feminista cuando el género o el sexo no tenga que ser reportado a las instituciones de control feminista como principio de igualdad.
  • Seré feminista cuando dejen de existir tribunales feministas que castran la cultura con paridades injustas y sin tener en cuenta competencias y habilidades de las personas.
  • Seré feminista cuando dejen de existir comisiones feministas que con vocación inquisitoria  pretenden transformar el pasado y olvidan la construcción de un presente más justo y equitativo para todos los seres humanos y no humanos.
  • Seré feminista cuando la justicia social en nombre de la paridad deje de condenar a los “hombres” solo por su nacimiento como hombres.


Nací mujer, persona humana, mujer y punto. Así vivo y así moriré. Sin “ismos”.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Mis deseos para el 2024


Vacío, tocar suelo, gemidos (respirar), y risas

Como algunos ya sabéis no celebro el año nuevo occidental, si surge la oportunidad de una buena fiesta pues sí, pero en general he vivido casi todas las vacaciones de navidad de mi vida como época de exámenes y de estudio. Y este año no es una excepción. Dejo el año nuevo para febrero, mi nacimiento, el año nuevo chino y el tibetano. Soy pagana y naturista y ello implica una celebración constante de la vida. No me rijo por las leyes humanas. Pero me sumo a lo que hace la mayoría, y en esta ocasión toca pedir deseos para el nuevo año occidental tan disruptivo y miserable como todos los años: medio mundo se emborrachará mientras el otro medio morirá aplastado por alguna bomba fabricada en el territorio de los «(h)ebrios». 

Imagen del vídeo de la canción, Earth Song, de Michael Jackson, aviso contiene imágenes muy duras, 



 Y es que la sociedad occidental siempre pretende llenarse de todo, de lo material e inmaterial: de ideas a dinero, de objetos e ideologías. Una sociedad de ocio y entretenimiento donde la gente llega a los 45 años virgen de vida, acumulando horas de futbol, televisión y altos niveles de videojuegos. En medio de este caos normalizado, yo busco el vacío. El concepto de vacío ha sido mi gran duda, la pregunta que más me ha motivado este año, 2023: ¡Somos vacío! Las expresiones populares llevan siglos afirmándolo, «no somos nada». Y es que la «nada» es tanto que ni alcanzamos a imaginarlo. La humanidad se empeña en estudiar la luz, pero a mí me consume la duda de la oscuridad, de la nada. ¡Cómo entenderla! Mi cabeza no ha descansado entre el asombro y el regocijo que aporta intuir algo que no estoy preparada para entender. Me falta mucha ciencia, mucha metafísica y a pesar de que he pasado horas de audio y de lectura en estos temas no consigo explicarlo, pero sí sentirlo. Ese vacío casi mágico que nos une, literalmente, y nos hace parte del Universo. Resumiendo lo entendido: somos 99,99% vacío, que es la parte de materia opaca en un átomo, según esto, ese 00,01% es lo que somos y lo que arma tremendo revuelo de humanidad. Y pretendemos entendernos. ¿Cómo conocer nuestro vacío si no paramos de llenarnos de todo? Por esta razón, os deseo mucho vacío, ese vacío mágico que llenáis de ruido continuamente. Ese 99% de vosotros mismos que tenéis olvidado. ¡Feliz vacío 2024! 

Pies en el suelo. Otra inquietud que me ha sobrevenido en este 2023 es el hecho de tocar el suelo. No pensar en doble sentido, sino en el acto físico y literal. Un familiar me dijo que lo que más le cuesta al hacerse mayor es alcanzar el suelo y recuperar la verticalidad, que es mucho más difícil que estirarse. Y empecé a darle vueltas a esa idea. La mayoría de ejercicios ahora trabajan el estiramiento, el levantarte más deprisa, correr más kilómetros, repetir movimientos contra una pared, pero es que nadie piensa en alcanzar el suelo, y precisamente ocurre porque parece alcanzable al estar siempre bajo nuestros pies. Cuando haces montaña juegas a perder el suelo de tus pies. Y aprecias lo importante que resulta que el suelo siga ahí, justo en ese punto: bajo nuestros pies. Yo he cambiado mi rutina diaria de ejercicios, esa que algunos sabéis que hago cada día cuando me levanto, y trabajo ejercicios algo complejos que se basan en alcanzar el suelo, estirarte y volver a la verticalidad. Cada día me recuerdo que el suelo sigue ahí, bajo mis pies. Y que puedo alcanzarlo. Si os apetece podéis probar. Los pies en el suelo es lo que hace posible caminar y avanzar. ¡Os deseo un 2024 con los pies en el suelo los 365 días del año!

Gemidos, seguro que al leer la palabra ya estáis pensando en un tipo de gemidos. Yo también, los práctico a diario, y sí podéis pensar todo lo mal y pervertido que os apetezca. Pero gemir para mí también está dentro de la respiración. Es un tipo de respiración consciente. Y yo respiro de forma consciente siempre que lo recuerdo. Porque respirar es algo que hacemos de forma refleja desde que nacemos, es el camino de llegar a nuestro vacío, y llenarnos de lo que nos ofrece la naturaleza y el Universo a la vez. Aire, simple aire, sin él, moriríamos. Los gemidos pueden ser de placer y de esfuerzo. En este 2023, me he quedado literalmente colgada de un precipicio rocoso y cortante y el peso de la mochila me empujaba al vacío. El brazo de mi compañero no me alcanzaba y mi cuerpo respiró, los hombros controlaron el peso de la mochila y mi pie volador se agarró a la piedra como una araña a su presa. Pero el auténtico motor que me elevó fue mi respiración, todavía no puedo explicar cómo lo hice, pero ocurrió así. Con la respiración impulsé mis diferentes partes que se balanceaban en el vacío y sobre todo mi cerebro mantuvo la calma. Todo ocurrió en segundos. Segundos de la respiración más precisa y profunda que he realizado nunca. Nadie se percató, fue un leve gemido que me hizo retroceder el espacio perdido y anclarme a la roca. O sea, que gemir cuando no podáis más, cuando estéis hasta las narices de todo lo que os agobia, gemir por placer o por hartazgo. ¡Felices gemidos 2024!

Sonrisa, la sonrisa también es un acto reflejo que se aprecia en los bebés a las pocas semanas de haber nacido. De hecho, cuando un bebé no sonríe es un síntoma de problemas en su desarrollo. Cuántas personas no sonríen nunca, sus bocas se vuelven planas, sus labios se marchitan y su cara se llena de arrugas. Qué gran mentira nos han contado al afirmar que sonreír envejece. Mentiras sociales que se han extendido para interés de los que siempre lo controlan todo. Los señores de la desesperanza, y señoras. Sonreír es una forma de convertirse en antisistema, sonreír nos hace guerreros de lo intangible, la sonrisa es el heraldo de la felicidad y la locura. Yo no quiero estar cuerda, bien al contrario. Prefiero ser una cabra loca desafiante de la gravedad y los caminos establecidos. O sea, que levantaros y sonreír a vuestras personas o animales favoritos, o a vosotros mismos. Sonreír porque estáis llenos de gemidos que todavía no habéis respirado. ¡Por muchas sonrisas en el 2024!

El resumen de esta tremenda parrafada es que sigo siendo platónica y moonwalker, (seguidora de la filosofía de Platón y de Michael Jackson), y que las cosas más simples son las más complejas y necesarias. Todo el equipamiento de serie que traemos al nacer es el que menos usamos: respirar, sonreír y caminar.

 ¡Feliz 2024!

jueves, 7 de diciembre de 2023

La muerte, el chute de vida más poderoso

Parece un título de una película de domingo por la tarde, pero es el resumen perfecto de mis últimas dos semanas. A penas recuerdo que era martes, no me encontraba muy bien y decidí salir a correr para estimular mi organismo. Después de la carrera mi malestar empeoró. A las pocas horas estaba en una consulta médica diagnosticada de posible gripe A con bronquitis, y se cruzó un informe médico que yo no había prestado atención: Recomendaba hacerme una prueba médica urgente con sedación para hacer unas biopsias. La sombra genética del cáncer volvía alcanzarme y una carrera médica por haber quién hacía una prueba antes que otra consiguió romper mis rutinas de vida. “Hay muchos indicios” decían los médicos, y yo estoy harta de esos indicios que nunca se cumplen. Pero esta vez, no había sonrisa, ni duda detrás de los médicos, mi mundo se detuvo no tanto por la presencia inmovilizante de la idea de una posible enfermedad grave y terminal, sino porque toda mi familia se fue contagiando, todo mi equipo de trabajo y mi mundo entero tuvo que detenerse. 

Imagen creada por realidad vitual, Dall.e

Ha sido como un simulacro de pandemia global, pero a escala personal. Todo dejó de tener sentido. Mis excursiones, mis carreras, cancelé toda mi agenda, no respondí mensajes y mi cabeza solo tenía ruido. Invitaciones a salir, a cenar, a celebrar año nuevo, todo silenciado…Ruido de la tos incesante, de la fiebre exagerada, ruido de la idea de que esta vez la parca me había alcanzado. Desde hace años se que llevo la estirpe del cáncer en mi ADN y que tarde o temprano se hará presente. Yo inicié el estudio familiar y sigo siendo cobaya de pruebas en varios campos en los que solo se me pide una analítica y mucho de mis hábitos diarios de alimentación, deporte y demás. Firmé un testamento vital para que nadie me medique cuando llegue el caso, y esta vez ha sido la primera ocasión en la que recordé mis propias palabras escritas ante notario y que debería de cumplir, por coherencia ideológica hacia mí misma, aunque la muerte fuera el resultado. Y creí estar segura, ahora ya no lo sé. Todo se ha borrado. La presión encerrada en mi cabeza se ha liberado ante unos resultados positivos, y según me han contado lo primero que hice al despertar de la anestesia, ante el asombro de los doctores y el ridículo de mis hijos, fue ponerme de pie y hacer estiramientos, es que es mi rutina diaria. Lo que sí recuerdo fue lo último que pensé mientras me administraban la anestesia: “Con esto asesinaron a Micheal Jackson”.  Y me dormí.

Y como una película de domingo, mi vida de los últimos meses pasó con detalle por mi cabeza: todas las personas que había dejado y todas las que han llegado a mi vida, como un huracán de eso, precisamente, de vida. Han roto todas mis defensas de chica dura e independiente y me han vuelto a dar el valor auténtico de un abrazo. El abrazo más bonito que hay el que dice “gracias por estar aquí, ahora”. Abrazos gratuitos de niños y niñas capaces de romper sus rutinas para saludarme. Un pequeño ejército en el que nadie confía, en el que no se les concede ni el derecho a suspender. Somos iguales, marginados de un sistema: yo no venceré a la muerte, y ellos, tal vez, consigan vencer al sistema a pesar de su diagnóstico.

Y aquí estoy superdopada de vida, parece un cuento de navidad, pero es totalmente cierto, no hay nada tan estimulante como sentir que te vas a morir para apreciar lo que nos rodea. He vuelto a creer en las palabras, porque una sola palabra me ha rescatado de las tinieblas del averno, “Angie”, mi palabra prohibida desde hace más de 35 años. Murió en un accidente de coche en silencio. Quedó encima de una calle que ni conozco. Angie ha vuelto, he dejado que me llamen así, aunque solo a una persona. El poder de una invocación en apenas cinco fonemas. Una llave a mi mundo silenciado por tanto tiempo, un hechizo que tal vez se acabe con las campanadas del nuevo año. Pero eso será otra historia. Lo importante no es cómo acabará mi historia, es algo obvio, sino como escribiré cada palabra que viva en los días que me quedan.

 Porque escribir ha sido, como siempre, mi refugio en estos días. Cuando enfermé elegí el libro que me acompañaría justo después de sacar a la luz mi diario, mi espejo vital de verdades y mentiras. Porque también nos mentimos a nosotros mismos. Nos mentimos cuando pensamos que todo irá bien, pero los finales no son ni buenos ni malos, solo son finales. Y lo verdaderamente importante es todo lo que hemos respirado en esos instantes de vida que nos ha tocado. Y depende de nosotros darle sentido o esperar que se lo den otros. Yo no pretendo que nadie me recuerde, solo que se queden con lo que han sentido cuando han estado conmigo. Lo considero ser de utilidad para otros, si las personas a las que tocamos las transformamos conseguimos una inmortalidad involuntaria y terrenal, poco divina, pero muy pragmática. Ese es mi ikigai (propósito de vida).  Ahora mismo siento mi vida como un aliento de un caramelo Halls de sabor suave y fresco, un aliento que reconforta y evita la tos. Hoy he vuelto a responder a mis WhatsApp, editar, corregir, entregar guiones, estudiar y avanzar en mi tesis, achuchar a los míos, ir a comprar y hablar con mi persona favorita, olvidando por completo que la gente normal tiene fiesta. Hoy, ha sido un día de mi vida. Uno más que suma y negocia entre Chronos y la espada de Damocles, por eso nunca llevo reloj.  Porque mi tiempo suma y ya restaremos en otro momento.  

jueves, 17 de agosto de 2023

25 años de maternidad

Que nadie empiece a leer estas líneas buscando un homenaje egocéntrico a mi papel de madre como celebración del veinticinco aniversario de mi primer hijo, tengo dos, se hace raro numerarlos. Quiero compartir una reflexión respetuosa y personal de lo que significa la maternidad. Porque todavía hoy, veinticinco años después de ese primer instante de tener a mi hijo en brazos puedo afirmar que tengo más claro las incertezas que las certezas sobre la maternidad.



La maternidad, para mí, como todo lo femenino, resulta complicado conceptualmente hablando. Pero es complicado «per se». Ser madre es algo físico, psicológico, cultural y económico a la vez. Y cada ámbito condiciona y transforma al resto y al concepto de ser madre en su totalidad.

Las dos cosas que más han determinado mi vida han sido los perros y la maternidad. Mis hijos ya conocen la historia, o sea que nadie sufra porque se puedan sentir ofendidos. Bien al contrario, los perros han determinado nuestra vida en muchos aspectos, todos buenos. Después de los perros, la maternidad ha sido la experiencia más mágica, desconcertante y determinante de mi existencia. No obstante, no fue así en el primer momento, porque al prinicipio de ser madre todos mis esfuerzos se dirigían a intentar que no cambiara nada en mi vida, siguiendo la consigna de mi pareja y progenitor de mis hijos en el momento del nacimiento de los mismos. Sin duda, la maternidad superó la experiencia de vivir en pareja y me convertí en madre soltera sin elección.

No me he percatado de lo duro de lo vivido hasta unos meses atrás, porque en el día a día no hay tiempo de reflexionar ni mirar atrás, solo de correr hacia adelante como si un ejército de zombis hambrientos me persiguiera. Pero no quiero explicar batallas de madre soltera, porque no creo que existan diferentes tipos de madres, madres buenas o malas. La realidad constata que solo existe un único tipo de madre: las malas madres. Hay blogs que tratan el tema de la «malamaternidad», pero habitualmente se centra en las acciones cotidianas que generan culpa a la madre. Yo creo que la maternidad es una apuesta ganadora a saber que siempre harás algo mal, aunque hagas cosas buenas y seas una persona ejemplar. Porque la maternidad es un proyecto «coconstruido» entre los dos agentes intervinientes: la madre y el hijo. Eso es un axioma evidente, no necesita demostración, o sea, hagamos lo que hagamos siempre lo haremos mal en alguna ocasión o en muchas. Y para colmo los hijos solo recuerdan las veces en las que lo hicimos mal.

La maternidad es algo unidireccional, siempre va de la madre hacia al hijo. Tal vez, se pueda mal interpretar esto, no quiero excluir a los hombres de la maternidad, los hombres (padres o madres) pueden identificarse, igualmente, en esa unidireccionalidad en su paternidad o maternidad, según lo que tengan. Tanto la maternidad como la paternidad no pueden tener bidireccionalidad, es una acción de sentido único que sale de las madres y de los padres llega a los hijos y jamás regresa. No recorre el camino de vuelta. Hay una expresión que decía mi abuela y creo que puede ayudar a entender el concepto: «la casa de los padres es la casa del hijo, pero la casa del hijo no es la casa de los padres».

Tampoco se puede compartir, la maternidad no se comparte, se vive. Se puede compartir la crianza con el otro progenitor, con los abuelos, con otros miembros de la familia o con extraños que dejemos entrar en nuestra vida familiar. Pero la maternidad no se comparte se vive, se siente, se respira y se transforma en algo intangible que permanece en nuestros hijos. Es una relación exclusiva, personal e intransferible a terceros, no se puede delegar la maternidad, solo la guardia y custodia.

La maternidad es tan mágica que supera la presencialidad, es decir se actúa sobre el hijo sin estar presente: desde preparar la cena a enviar un pensamiento positivo cuando sabes que lo necesita. Por ello, la maternidad es atemporal e infinita podemos morir como madres, pero la maternidad sobrevivirá en nuestros hijos. Al igual que si perdemos un hijo, no dejamos de ser madres por ello. Es una relación inquebrantable.

La maternidad es un instinto, un impulso natural, interior e irracional que provoca una acción o sentimiento sin que se tenga conciencia de la razón a la que obedece, (Oxford dictionary online), por ello no hace falta elegir el querer como madre ni como hijo. Se elige un amante, un amigo o una mascota, pero no elegimos nuestros hijos ni ellos a nosotras. Es algo dado por el universo y la genética, una selección única que no se comparte entre hermanos. La maternidad es diferente para cada hijo, porque es una fórmula única y crea vínculos diferentes para cada ocasión. Por lo que es imposible querer más un hijo que a otro, cada maternidad será distinta para cada uno de nuestros vástagos. Tengamos uno, dos o media docena de ellos. 

En mi caso, nada me duele más que una discusión con mis hijos, es algo que lo supera todo. Nada me inhabilita para la vida tanto como tener una discusión con ellos. La verdad es que discutimos poco porque nuestra vida no ha sido un camino de rosas y la adversidad saca lo mejor y lo peor de ti, normalmente primero sale lo peor y luego aparece lo mejor.  Y en nuestro camino juntos ha habido momentos en los que todos hemos sacado lo peor. Entenderlo, asumirlo y no juzgarlo nos ha hecho más fuertes.

La maternidad puede ser algo distinto para cada madre. Para mí es algo que no se puede entender desde el intelecto solo desde el corazón. Ha sido un auténtico regalo del universo que anti todo pronóstico me haya concedido el privilegio inmenso de ser madre y, además, madre de mis hijos, no es cualquier cosa, hace falta estar a la «altura» y dar «la talla», juego con las palabras porque los dos son más altos que yo y hoy, veinticinco años después, me sigo preguntando lo mismo que se preguntaba el pediatra que nos atendió a mi hijo mayor y a mí a los pocos días del parto: «cómo un cuerpo tan pequeño puede criar un niño tan grande».

Así me siento, diminuta y bendecida ante la magnitud de mi maternidad y de lo que sigo percibiendo en esta relación maravillosa que me sorprende cada día con todo lo que surge de dentro de mis hijos y de poder disfrutar de las personas en las que se han convertido. Espero seguir disfrutándolo otros veinticinco años más, como mínimo.

¡Feliz cumpleaños Mark!

jueves, 2 de febrero de 2023

Problemas de vida y problemas de muerte

Ando entre congresos de educación emocional y problemas de salud mental en los jóvenes. El mundo parece empezar a entender que somos mucho más de lo que nos han hecho creer en los últimos dos mil años. Las personas se están despertando de un letargo histórico y eso pasa factura.

Como buena escéptica, estoy buscando la trampa. Porque con el medio siglo y pico que visto tengo recuerdos de otros momentos sociales en los que parecía que «esto» iba a cambiar, que ya nada sería como antes. Desde el Rock & Roll al New Age ochentero en el que Kitaro, Enya e instrumentalistas varios nos hacían imaginar un universo navegable y amigo que no estaba allá, lejos, sino que vivía en nosotros. Luego empezó el yoga, la meditación, las artes marciales…Tal vez, el orden que indico no es el correcto. Pero en este totum revolutum de intenciones holísticas siguieron guerras y más muertes, y más hambre y más pobreza. Y esto no tiene pinta de mejorar. Y es que los jóvenes son de todo menos imbéciles. La sociedad tiende a pensar que por ser viejo eres más listo, nada de eso, el joven idiota será un idiota anciano con toda seguridad, si no pone remedio a su idiotez antes de su vejez.

Los adultos les vendemos la moto con realidades virtuales y metaversos que ellos saben que no existen. Qué sentido tiene tener internet y poder enviar gente a la luna sino no podemos detener el cambio climático o mejorar la injusticia social. Si a los jóvenes no les apetece vivir es porque les hemos dejado un mundo en situación crítica, y encima les cuestionamos diciendo que son «poco fuertes» para plantarle cara a los problemas. Hemos inventado la palabra «resilientes» como si nacieran así, con la resiliencia de serie. Mi generación, la vuestra supongo, porque nadie joven leerá este blog, somos decadentes, adictos a casi todo y poco disciplinados, y generalmente, bastante ocupados en actividades sin ningún sentido (a pesar de que un alto porcentaje está en paro). Ser joven hoy en día me produce angustia y sobre todo mucho respeto. ¡Vamos que estoy a escasos días de mi cincuenta y tres cumpleaños y no me cambio por nadie de veinte! Claro está que soy todo un Ferrari sin pegatinas y no es por mi carrocería de estética totalmente cincuentañera, sino por mi capacidad de reacción de 0 a 100 en menos de 10 segundos. Y eso, también, es generacional. Si es que aprendimos a hacer todo en masa: veíamos la televisión cuando todo el país lo hacía, íbamos de vacaciones todos en agosto, y ahora nos falta tiempo para entrar todos en Tik-Tok y la última red que toque. ¿Por qué? Pues, porque somos rápidos y muy chulitos. Qué rápido es abrirse un perfil en cualquier red social, sin embargo, que difícil es ver todo lo que hemos destrozado por el camino. Un treinta y cuatro por ciento de los jóvenes menores de 24 años ha pensado en quitarse la vida, mientras, nosotros seguimos queriendo aprender cómo hacer un selfi y sonreír a la vez.
"Soy un Ferrari sin pegatinas, no por mi carrocería sino porque paso de 0 a 100 en 10 segundos"

Los que habéis leído el blog sabéis que siempre hago referencia a palabras, porque este espacio nació por mi trabajo en la edición literaria. Hace tiempo que la sustituí por la edición periodística, y dejé de leer a amantes de la prosa por estudios e informes estadísticos de realidades, principalmente, del entorno educativo y social. Desde una visión literaria me gustaría encontrar la palabra que defina una sociedad que ha conseguido crear una generación de jóvenes que quieren morir antes de seguir viviendo aquello que nosotros hemos construido. En Japón, ya existe la figura del asesor anti suicidio en los institutos, y es como poner una tirita a un enfermo de cáncer. Mejor será prevenir la situación antes de que se produzca. Pero los de mi quinta, como he dicho, siempre estamos ocupados y no tenemos tiempo de hablar con nuestros hijos y menos con los hijos de los demás. Los jóvenes hablan, los que lo hacen, a través de imágenes y emoticonos. Este silencio asesino e incómodo solo podemos romperlo nosotros si levantamos la mirada y buscamos dónde mirar.

Si miramos con calma podremos detectar problemas de vida y problemas de muerte. Los primeros son, básicamente, todos los problemas. Los segundos son aquellos en los que ya sabes el final antes de empezar. Todo es un problema de vida mientras estamos vivos: el paro, un mal día en el trabajo, una infidelidad, un amor no correspondido, un accidente de tráfico, un examen…Los problemas de muerte son los que hay que mirar de frente y sonreír cuando solo te apetece llorar. Llorar hasta morir. Si no naturalizas los problemas de vida como una oportunidad, entonces, puede llegar el día que tengas un problema de muerte, y tal vez, no lo reconozcas. Yo estoy con un problema de muerte, otra vez, y esta vez he vuelto a mirar a la cabrona de la Parca a la cara y cuándo me ha preguntado, «¿te cambiarías por ella?», he respondido que no, tan rápido como un Ferrari, apretando el acelerador hacia la vida, la mía. Vida que disfruto inexplicablemente feliz, sin motivo aparente, casi siempre en soledad y en ocasiones revuelta. Pero estoy a gustito aquí en mi historia, alocada, excéntrica e inalcanzable para la mayoría, y en mi territorio ya no se muere nadie más sin mi permiso. Porque hay personas que necesito para dibujarme cada día, saber que están ahí, cerquita de mí, aunque miles de kilómetros nos separen, no puedo dejarlas marchar, aunque la física cuántica, esa de las narices, diga que todo es una misma energía, yo quiero las partículas de las personas que son mis vitaminas aquí conmigo, y el universo que nos espere, allá, bien lejos.

martes, 5 de abril de 2022

Otro 5 de abril, sin pizza ni manzana

Yo sé que me miras aunque no te veo, he aprendido a reírte cuando nadie me ve. Sobretodo por la mañana, mientras preparo el desayuno y aún no ha salido el sol. A veces hablas tan alto que me giro para mandarte callar y no estás, y me río. Un río de sonrisas que me parte en cien pedazos de mí que no olvidan el ayer. Aquellos cinco de abril de tu cumpleaños, tú cenabas pizza y yo una manzana, era vegetariana.



Sigo en mi cuarto menguante, habitando cuerpos durante noventa minutos. Perdiéndome entre abrazos sordos, más bonitos que aquellos otros que no me dejaban respirar, los que dicen que sanan, pero ahogan. Los que te sacan todo el aire con un ruido peculiar y te hacen daño sin querer sino por querer. Tengo más claro a dónde no quiero volver que a dónde voy, volvería a nosotros, pero es una realidad que solo vive en mí, mi metaverso particular, el espacio-tiempo real me lo impide. No te reencarnes, por favor, a mí me quedan cinco minutos de vida, a tí un suspiro de eternidad. Tú eres la infinitud y yo una simple torpe con lateralidad confundida.

Mientras vivías te imaginé feliz, en la casa de mis sueños haciendo los tuyos realidad. Pero tus sueños eran yo, y yo una insomne crónica, cuando desperté de mi pesadilla tú ya te habías ido sin avisar, de puntillas como cuando me quedaba dormida en tu cuarto y tú sacabas al perro sin hacer ruido para no despertarme. Seguí dormida hasta un amanecer que no llegó nunca, mi mundo se volvió noche para siempre, una noche de estrellas y luna menguante en la que me columpio imaginando tu vida perfecta en alguna estrella lejana, desarrollando nuevos lenguajes de comunicación entre mundos y agujeros negros. ¿¡Me copias!?

Dicen que las personas buscan su mitad, yo me sobro entera y a veces me sumo a algún cuerpo que despierta de su letargo entre mis abrazos sordos, elevándose hasta una ilusión imposible. Un final decodificado por un texto enviado con un «piensa en nosotros», al que mi cerebro se bloquea con un, «otra vez», y el algoritmo de desconexión se inicia con un «tenemos que hablar». Hablar para decir adiós, se que te ríes cada vez que lo hago, sé que te diviertes en tu perfecto silencio sonoro de mí. Soy tu humana favorita en una eternidad sin humanidad. Pero cada cuerpo extraño de mí se empecina en hablar de «nosotros», todos olvidan que yo me conjugo en singular. He desarrollado un complejo sistema anti vidas ajenas, se activa cuando percibe algún atisbo de acomodamiento emocional de un tercero, ¡qué confianza tan aventurera! Pensar en mí como en «nosotros», sin pedir permiso. Mi mecanismo algorítmico anti posibles  mitades se activa de forma infalible con un «borrar contacto», así  pasan a la lista de amores perfectos con licencia a ser olvidados. Y yo quedo libre para buscar otro cuerpo en el que intentar buscarte. Sabes que me gusta, me gustas, me gustan, todo de todos. Y tú disfrutas mirando desde el otro lado, diciéndome, «no lo veo para ti, siguiente», tal cual hacías con mis andanzas entre pizzas y manzanas. 

Y entre tanta fruta prohibida, soy yo el fruto de aquello que nunca sembraré. Pero la vida siempre me dice ven, pero jamás me enseña aquello que no puedo ver, a ti. Parece que tengo mucho, pero solo me tengo a mí, soy poca cosa, pero bastante esencial en mi vida, la de aquí. La que ya no es la tuya, no sé porqué el destino me eligió a mí para seguir aquí, cuando tú eras el genio. Ando detrás de tu genialidad por la Tierra, y solo queda uno de los de aquella época. Lo sigo, y en cada conferencia, pienso que tú le esperas entre bastidores, pero solo hay nada, una nada infinita que respiro, y me llena de recuerdos que me empujan en mi camino, esa nada que vive en mí y es mi mejor amigo. Una nada conocida con la que puedo hablar a cualquier hora. Lo bueno de nuestra perfecta amistad, como antes, es que no hace falta que te explique todo lo que vivo porque tú ya lo sabes, es una relación cómoda, no tienes competidores. Nunca los has tenido. 

Como buena gata, la curiosidad me provoca y los retos me atraen, sigo buscando por mero placer, para poder arañar y ronronear un rato, la soledad infinita me ha convertido en una cazadora de almas sin corazón. Soy un robot, ¿te acuerdas? Sigo siendo Arale, preguntona y curiosa. Juego, seduzco, acaricio y con un zarpazo me vuelvo a mi madriguera sin conexión.  Siempre es el mismo final. Una posición cómoda, un margen perfectamente delimitado. Mi margen, donde el fuego no me alcanza. Porque todos son fuego, y yo tengo miedo a arder. Siento que te has escondido de mí. Tu marcha fue tu mejor venganza. Perdí la batalla, me convertí en cero para siempre. Me falta el uno, así no hay fórmula posible. Soy un robot sin corazón ni sistema operativo que busca configurarse. 

Dicen que todo va y viene, pero tú solo te fuiste y los dos olvidamos el billete de vuelta.  Y te fuiste, sin avisar. Te fuiste aunque yo te dejé primero. Me hubiera gustado ir contigo aquel día en aquel coche. Nuestro último viaje, o no, hubiéramos parado para comer una pizza, porque yo ya no soy vegetariana, ¡bueno, a veces, un poco! Dicen que en el Universo, allá donde estás, no hay luz, es todo oscuridad, pero también dicen que el amor es ciego por lo que nos daría igual.

¡Feliz cumpleaños! 54 ya, pero yo llegué primero, aunque me iré la última.

PS: el texto lo he construido,expresamente, con citas de canciones de Beret. He indicado en cursiva las frases de su autoría. ¡Grande Beret! Gracias por romperme el corazón cada vez que te escucho.

Texto original 05/04/2022

domingo, 14 de marzo de 2021

365 lunes

El viernes 13 de marzo de 2020 fue mi día 0. El inicio de un periodo atemporal de 365 lunes que parece empieza a llegar a su ocaso. Vuelve a ser primavera, ahora hay un sabor a atardecer  infinito de color grisáceo. Se percibe un fuerte deseo de que llegue el martes. Un martes aburrido y normal de 24 horas. Quién imaginaba que íbamos a anhelar los días de pocas horas y de muchas actividades que solo nos hacen perder el tiempo. El ir de aquí para allá, aunque sea sin sentido, se ha convertido en un acto de rebeldía. Quién hubiera dicho que perder el tiempo como mejor nos plazca es un derecho fundamental del ser humano.

Foto de Ángeles sentada en un banco


Dicen los Estados  y sus estadísticas, todopoderosas, que vamos a ser mejores personas: más higiénicas, más humildes y más ecológicas. Me cuesta mucho sentirme mejor que hace 365 lunes: mis células han envejecido, mi cuerpo se ha oxidado por la falta de ejercicio físico y mi mente tiene agujetas por exceso de uso.

Todo lo que no hice el día 0 nunca será hecho. Se perdió en alguna dimensión espacio-tiempo que ya no me interesa. Lo curioso es que solo una acción, que no acabé en aquellos momentos de la última semana de siete días, ha vuelto a llamar a mi puerta. Sabía que ocurriría, porque así lo he deseado durante los 365 lunes. He trabajado y trabajo para hacer ese proyecto realidad y toda circunstancia en mi vida que no esté a la altura de ese objetivo, sencillamente me aburre o, se desvanece por el propio fluir de un lunes infinito, normal y corriente.

Siempre habíamos dicho que los lunes eran duros, el día de inicio de todo, vuelta al trabajo: producir, crear y avanzar. Así son los lunes. Y los últimos 365 lunes me han transformado en la columna principal de mi mundo, si yo me quiebro los lunes desaparecen. Sin duda, he jugado en casa, como pez en el agua me siento, porque los lunes siempre han sido mi día favorito y jamás pensé el vivir una vida plena en un lunes de 365 días.

Dicen que hemos vivido una guerra, algo pandémico y global. En mi ejército de vida no hemos tenido bajas, en mi legión de extraños amigos, sí. El bicho se ha cobrado vidas, incontable e innombrable legión de ilusiones quebradas por falta de oxígeno. El martes siguiente nadie las recordará porque solo importará llegar al viernes. Todo por un fin de semana, 48 horas de hacer lo que quieras sabiendo que volverá a ser lunes. Habrá lunes de regreso y lunes de ser un domingo más. Personas que no van a volver a trabajar ni a ser lo que eran, náufragos  de un pasado lejano y certezas de un futuro a la deriva.

365 lunes viviendo como muertos durmientes por miedo a morir. Los números se han vuelto líquidos, se les van los decímales y las unidades de mil por agujeros invisibles. El tic-tac de las agujas del reloj enmudeció y se abrió la dimensión donde habitan los sueños de Dalí. El maestro de los lunes eternos y de los espacios oníricos que dormían tranquilos hasta que el primer lunes de 365 días los despertó. La noche desapareció, todo era día, luz y destellos deslumbrantes aun teniendo los ojos cerrados. Hemos paseado 365 lunes por el cementerio de nuestra propia vida.

Cómo saber mañana, lunes, 15 de marzo de 2021, que será un lunes más o el lunes, 366, de la nueva normalidad. El Estado nos garantiza solo dos semanas de normalidad comparada, mientras nos exige que le entreguemos nuestra lealtad por cuatro años. ¿Cuántos lunes caben en esos cuatro años? Nadie lo sabe. Yo, por si acaso, sigo en modo lunes unas cuantas semanas más y solo intercalaré algún fin de semana entre un miércoles y un jueves, lo que todavía no tiene nombre, propongo llamarlo «miersamingo», dícese del fin de semana que puede ocurrir entre un miércoles a un domingo en la era de los lunes de 365 días. ¡Feliz lunes!

Fuente consultada: ninguna

Fuente de inspiración: Alicia.

 

martes, 16 de febrero de 2021

Persona o ciudadana

Hace unos días, escuchando a un youtuber  hablar sobre sus razones para no votar en las pasadas elecciones, me surgió la necesidad de aclararme con  el concepto de ciudadano. El periodista en cuestión se sentía traicionado y defendía su decisión de no votar como ciudadano libre. En el preciso instante de empezar a teclear mi respuesta a su sentimiento pensé cómo puede ser ningún ciudadano libre alguna vez.

Dentro de cada ciudadano habita, dormida, una persona.


Ciudadano es, en sí misma, una palabra excluyente de libertades, sobre todo de las libertades ajenas. Desde sus orígenes, del latín, es la palabra que define a los habitantes de las ciudades, pero no  a todos, de ahí lo de excluyente, solo a los que tenían derechos. Mujeres, niños, esclavos de todo tipo y extranjeros no entraban en esa condición.

Ciudadana es, en sí misma, una palabra excluyente

Los años fueron pasando se fue preparando un nuevo concepto de ciudadano libre, fraternal e igualitario que la Revolución Francesa enalteció como avance histórico, sin duda lo fue, aunque una vez más se olvidaron de incluir a mujeres, niños y esclavos. Los pocos ciudadanos libres del momento empezaron a votar. Claro está a votarse entre ellos con total libertad y fraternidad. 

Casi doscientos años más tarde, en algún momento de este tortuoso camino de evolución histórica alguien nos ha estafado. Así me siento, porque no veo nada bueno en ser ciudadana. Los políticos o lo que es igual, las monarquías dirigentes*, sean de una lateralidad u otra, son los únicos ciudadanos libres porque no son juzgados, pueden contratar y dar trabajo a sus familias y amigos, el ejército y las fuerzas de seguridad les protegen, tienen recursos sanitarios directos e inmediatos, y dispondrán de retribución económica de por vida. Son libres de casarse entre ellos y compartir cargos públicos…Algo imposible para el resto de ciudadanos, supuestamente igual de libres. 

Los ciudadanos confraternizan y legislan, las personas nacen, crecen y se reproducen

 – si les apetece-

Pido permiso para devolver mi libertad ciudadana, -el pack completo-, hasta que incluya el mismo equipamiento de serie que el de los políticos, altos funcionarios y monarcas. Mientras llega ese momento, decido ser persona, así sin más. Prefiero ser persona que ciudadana porque es algo que eliges y construyes cuando naces  como ser humano. Ser persona es más fácil solo tienes que ser tú, lo que ya es suficiente tarea. Puedes reír, llorar y opinar. A nadie le importa, ni nadie te juzga cuando eres solo una persona más. No necesitas patria, ni estado, solo una tierra  con mar o montaña. A las personas se les recuerda por su aroma, su sonrisa, por su voz. A los ciudadanos se les recuerda en los libros de historia  por lo que escriben otros ciudadanos de ellos. Los ciudadanos son gobernados por el Estado y la patria. Las personas por la familia y los amigos. Los ciudadanos reconocen y normalizan la jerarquía. Las personas reconocen  la diversidad. Las personas son libres desde el minuto cero de su existencia, no necesitan votar para tener libertad. Los ciudadanos solo tienen libertad cuando el Estado decide convocar elecciones. Los ciudadanos confraternizan y legislan, las personas nacen, crecen y se reproducen – si les apetece-. La persona se elige a sí misma, es el grado máximo de libertad poder no ser tú mismo, sin identidad, pero con personalidad. Un ciudadano no tiene personalidad solo identidad. Una persona nace para ser amada. Un ciudadano se crea para ser respetado. Lo más bonito que se le puede decir a otra persona es te quiero. Lo más bonito que se le dice a un ciudadano es llamarlo patriota. Ser persona es un don natural. Ser ciudadano es un derecho civil… Dos mil y pico de años han conseguido crear al esclavo perfecto: aquel que elige, -votando-, a sus amos como acto de libertad.

Ser ciudadano está sobrevalorado, si probáis a ser personas seréis más felices, aunque no votéis.


* Uso el término, «monarquías dirigentes», expresamente porque apenas existen diferencias entre los privilegios de cualquier monarca y los dirigentes de los estados. 

martes, 22 de diciembre de 2020

Esta navidad, prometo

 ¡Vuelve a ser navidad! Quien nos hubiera dicho que echaríamos de menos  la navidad con su atrezzo o escenario sobrecargado de propósitos. Después de nueve, 9, meses de movimientos restringidos, de espacios cerrados, de sentimientos higienizados  ya no nos reconocemos y echamos de menos cosas que antes se nos antojaban ridículas y fastidiosas.    



Estas navidades, no imagino a nadie haciendo las típicas listas de deseos y propósitos de final de año. ¿Alguien se atreve a desear? Creo que se ha prohibido fuera de horario restringido. Los deseos no cumplen las normas sanitarias en esta pandemia global. Nadie sabía que los deseos eran vulnerables a un virus que te silencia y te anula, porque no se puede ir por ahí deseando lo que te apetece, hay que ser solidario y nuestras emociones también le pertenecen al Estado. Y si nuestros deseos contagian a otras personas y empiezan a soñar lo que les apetece que sea el próximo 2021.

Por si acaso, yo voy a prometer pero sin desear. Si alguien no comprende la diferencia, creo que desear es volátil mientras que prometer implica acción y el compromiso de hacer lo que  has prometido. Las promesas dependen de ti, los deseos existen en una dimensión imprecisa, las promesas están aquí cerca nuestro, solo hay que ponerse a ello.

Prometo

Prometo cruzar la península en coche.

Prometo estar con los que pronto ya no estarán.

Prometo vivir cada día como el día que es: lunes, martes...

Prometo pagar yo el café en mi próxima reunión de trabajo.

Prometo recorrer los caminos que  me quedaron por recorrer.

Prometo no enfadarme cuando alguien me empuje en un bar lleno de gente.

Prometo reírme cuando me digan que mi generación nunca ha sufrido una guerra.

Prometo pintarme los labios cada día para lucir mi sonrisa a pesar de que no es perfecta.

Prometo dar la mano, abrazar y besar para saludar o despedirme de las personas.

Prometo no enfadarme cuando se hayan agotado las entradas de un espectáculo.

Prometo no jugarme la vida haciendo tonterías, porque tener salud es la mejor de las propiedades.

Prometo no huir del amor porque el amor me ha infectado y no quiero ninguna vacuna.

No más mascarillas.

No más aforos reducidos.

No más domingos eternos

No más videoconferencias.

No más cierres perimetrales.

No más distancia de seguridad.

FELIZ NAVIDAD 2020

 

No sabía cómo felicitaros estas fiestas y  compartir con vosotros mis mejores promesas, que no deseos. No puedo imaginar cómo podéis sentiros aquellos que habéis perdido a personas por causa de este virus. No hay espacio para  la ironía en tanto dolor. Deciros que la muerte es la mayor afirmación de la vida, que por eso la gente hace cosas extraordinarias cuando sabe que va a morir pero no hay consuelo cuando entendemos que también las personas que más queremos morirán y pueden hacerlo todos los días. Está permitido llorar, está permitido enfadarse pero jamás deprimirse. No podemos dejar de celebrar la vida a pesar de que la muerte esté rondando cerca, muy cerca. Por esas «sillas vacías», tenemos que celebrar este año todo con más fuerza. Porque no dejamos de ser hijos cuando nuestros padres se van, ni nietos, ni madres o padres. No nos convertimos en huérfanos por la muerte de un padre o una madre. Ni dejamos de ser madres por el fallecimiento de un hijo. Seguimos aquí y debemos de ser las personas que fuimos cuando ellos, los que ya no están, estaban. Porque la muerte no nos cambia solo nos hace llorar. La muerte nos recuerda que estamos vivos y que somos libres para morir. Depende de nosotros elegir la vida, y prometo vivir, solo eso, vivir el 2021.

¡Permaneced sanos!


domingo, 23 de agosto de 2020

Vacaciones «made in Spain»

Se me supone de vacaciones, exactamente llevo seis  semanas más una sin trabajar. Hay que tener en cuenta que en mi caso entiendo que trabajar es el acto de  escribir para mi revista, agencias de noticias, proyectos varios así como escritores despistados que buscan orientación literaria, suena irónico que yo pueda orientar a nadie.


Trabajar puede ser un verbo con varias acepciones, la RAE vincula el trabajar a realizar una tarea con esfuerzo en casi todas las definiciones que propone. Es curioso que solo en una de ellas, nuestra Real Academia define trabajo con «tener una ocupación remunerada en una empresa, institución, etc.» Para mí «trabajo» no significa esfuerzo ni tampoco ganar dinero, siempre. Porque en mis supuestas vacaciones he trabajado y he ganado dinero a la vez. No voy a entrar en detalles porque sería complicado definir todas las ocupaciones y actividades físicas y mentales que he desarrollado en mi «periodo vacacional», lo único cierto es que decidí darle un descanso a mis dedos delante del teclado y al eterno estrés de la página en blanco del Word, cerré mi email y desconecté mi teléfono más de ocho horas al día. Confieso que la semana pasada, que era mi semana siete de descanso, abrí tres páginas en blanco y las guardé con vínculos  a páginas web e ideas flotantes  para próximos artículos. Conseguí engañar a mi deseo de volver a la rutina y continué de vacaciones; Lo que ha sido absolutamente agotador pero altamente recompensado.

Una parte de mí se siente por fin integrada y patriótica al haber hecho vacaciones en agosto. La verdad es que jamás imaginé que la actividad se detuviera incluso saliendo de un confinamiento de tres meses y ante un caos económico como el que vivimos. Los patrióticos de cabeza erguida  siempre besan  principios como «Dios, Patria, Rey» Pero jamás se menciona a  Agosto, sí, como suena, el mes de agosto es el eterno no-mencionado en el manual del buen ciudadano español. No hay principio religioso, ni libertad constitucional que produzca más aceptación popular que las vacaciones de agosto. ¿Qué el mundo tiene una pandemia? Pues nos vamos de vacaciones. ¿Qué hay un millón y medio más de parados, sin contar las personas que están en ERTE? Pues nos vamos de vacaciones…

¡No hay nada mejor que ser optimista! El 1 de agosto se publica que el Covid ha reducido el PIB español en un 18,5% y como se esperaba una reducción del 22%, ¿qué hacemos? Irnos de vacaciones para celebrarlo. Si es que todo podría ser peor, por supuesto. Podría haber más de 40.000 muertos y sumando, pero las calculadoras del estado se han parado en la cifra de 28.000 muertos y pico. Siento lo del pico, suena irrespetuoso para los muertos que se excluyen, pero como soy de letras me cuesta diferenciar entre números naturales y números políticos.

¡Por fin he hecho vacaciones en agosto, como la familia real, el Presidente y la mayoría de funcionarios y políticos! Me llena de orgullo y satisfacción como autónoma, poder gritar esta exclamación. Es complicado detallar todo lo realizado durante estos 42 días,  resulta más interesante compartir  lo que he sentido: He entrado en un estado como decía aquel título de un libro, « Qué esperar mientras estás esperando», no encuentro una única palabra que defina mi estado emocional de estas semanas, tal vez la expresión « calma expectante», por contradictorio que suene.

Es un estado en el que me reconozco bien pero percibo que todo aquello que me rodea, y no puedo controlar, está moviéndose hacia una dirección que desconozco. Sufro un efecto madriguera fuera de temporada, porque normalmente me llega en octubre, con el otoño, pero este verano he sentido la necesidad de quedarme aquí, mirar, escuchar, sentir y evitar (a otros seres humanos). Intentar descifrar lo que  susurra el viento, tal vez, solo lo percibo yo porque soy aire, por ser acuario, pero hay susurros que me hablan y que no entiendo.

Sufro otro síndrome, el del silencio. Algunos convecinos entenderán a lo que me refiero. Después de 25 años conviviendo con un tráfico aéreo internacional de avión por minuto aterrizando y despegando, resulta realmente extraño el estar en silencio en cualquier parte de mi casa, de mi barrio y de mi municipio. Alguien se plantea qué será de nosotros cuando se recupere el tráfico del aeropuerto internacional del Prat y volvamos a nuestra normalidad pre pandemia de un avión aterrizando cada tres minutos…Este síndrome, sin nombre, tal vez nos ha hecho escuchar todo el  silencio que antes no percibíamos y podemos dibujar futuros que no escuchábamos por haber desarrollado la capacidad de aislarnos del ruido que en realidad es la capacidad de aislarse del silencio.

Tengo que dejaros porque debo prepararme para volver a mi trabajo, lo que es un placer inmenso, con lo que según la definición de la RAE resulta que  mi vida transcurre  en un estado de período vacacional  durante unos 365 días al año, y por esa razón adoro los años bisiestos como este, aunque venga con pandemia incluida y vacaciones «made in Spain» durante el mes de agosto.

¡Cuidaros y permanecer sanos!

 

domingo, 7 de junio de 2020

Adiós confinamiento



Parece que esto, «el confinamiento», llega a su fin. Qué certero es aquel dicho que nos recuerda que « todo pasa». Es la primera vez que me enfrento a la despedida de un confinamiento. Desconozco si sabré cómo hacerlo. De hecho no tengo claro si deseo dejar de estar confinada. Lo poco que he visto del mundo exterior esta semana me invita a pensar  que hay una diferencia sustancial entre como me siento y como lo hacen mis congéneres. Percibo que la sociedad ha puesto el piloto automático de la normalidad. Me desconcierta la distancia que hay entre lo que dice y dicta el gobierno y lo que hacemos y vivimos los ciudadanos en las calles.

El confinamiento me ha dado muchas cosas, todas buenas: He seguido trabajando más y mejor que antes, que tenido la oportunidad de desayunar a media mañana con mi hijo pequeño, hablar de todo despacio y compartir mis proyectos con él y escuchar sus ideas. Hemos salido juntos al patio, a nuestro patio particular, a veces ha llovido y otras ha salido el sol. 


Mi familia por fin ha entendido que trabajo, después de 10 años de hacerlo principalmente desde casa. Han sabido apreciar que trabajo muchas horas, también cuando no estoy técnicamente trabajando: cuando camino y hablo en voz alta, cuando me preguntan algo y respondo cualquier cosa que no tiene nada que ver con la pregunta. Cuando me levanto para ver amanecer y  acabar algo que siempre tengo por terminar.  Qué leo por mi trabajo, que escribo por mi necesidad de sobrevivencia. Que todo eso que son hobbies para personas son prioridades en mi vida laboral y personal. Que soy contable unos días, empresaria e inversora otras, que me peleo con cifras de audiencia y lenguajes de programación que no entiendo, que nadie me manda porque soy autónoma pero todos y todo me condicionan. Que soy feliz hasta cuando estoy enfadada y que  siempre me digo que podría haberlo hecho mejor. Que mi grupo de trabajo me completa.  Y que los resultados llegan, siempre llegan.

El confinamiento me ha dado muchas cosas, todas buenas

El confinamiento me ha dado la oportunidad de matar a mi padre en vida y eso me permitirá estar en paz en su muerte. He podido perdonar a mi madre por ser cómo es y empezar a admirarla aunque no la entienda y represente todo lo que yo nunca seré. He entendido que todo lo que necesito no está ahí afuera. He aprendido a agradecer porque tengo una vida que la mayoría de personas no puede ni siquiera soñar porque temen enfrentarse a sus sueños. Estoy donde quiero estar y dibujo con precisión de (*) Rotring  0.70mm mi futuro.  Pocas horas antes de iniciar el confinamiento había pedido tiempo, se lo dije a una amiga textualmente así: « necesitaría que el tiempo se parara y que el viernes 13 nunca llegara. Deseo desaparecer para poder acabar todo lo que he empezado. Mi hijo también necesita tiempo, es lo único que no puedo darle…» Y ocurrió, el viernes 13 de marzo nunca llegó, se detuvo para mí el día 12 y hasta hoy 7 de junio que escribo estas líneas para despedirme de un confinamiento que no ha sido tal, más bien un proceso de renacimiento consciente al momento justo donde estoy, que es donde quería estar al principio de todo y también al final.

Me declaro en estado  de excepcionalidad vital permanente

Para mí las doce semanas de confinamiento han sido paz, han sido tiempo lento, de ese que te hace cosquillas cuando lo recuerdas. Semanas de risas sin prisas, de incertidumbre por los que quieres, tiempo para descubrir que amas a tantas personas que ellas ni lo saben.Que no es importante que lo sepan sino que tú lo sientas. Mientras la humanidad quiere volver a su normalidad, yo me declaro en estado  de excepcionalidad vital permanente y así pienso seguir.

(*) Rotring: Rotring es una conocida marca de bolígrafos técnicos para delineación y dibujo técnico. Suelen ser de puntas muy finas para tener precisión en los escalados.