martes, 11 de febrero de 2020

50 razones más


Siempre había oído que cumplir 50 años marcaba un antes y un después en la vida de todas las personas. Por fin lo puedo comprobar. De hecho, desde que cumplí los 49 estoy emocionada por  sentir que he llegado a este momento.


La única certeza es que el pasado es muerte y no se puede cambiar

Cumplir cincuenta años es  como hacer puenting o escalar un árbol. En ambas situaciones la fuerza de la experiencia es  lo que dejas atrás con la certeza que  jamás volverá. Cuando llegas a la cima de un árbol buscas acomodarte y disfrutar el paisaje. Cuando haces puenting, te quedas balanceando y una vez superas el shock del salto inicial todo es paz y calma, a pesar del balanceo.  Así me siento ahora, a mis cincuenta años, disfrutando el paisaje en paz.

No quiero volverme la típica persona mayor que da consejos como si tuviera la llave secreta de la puerta a la felicidad. Ni me siento mayor, ni ejemplo de nada. Solo puedo compartir, desde la más absoluta gratitud y humildad el hecho de haberme sobrevivido.

Reconocer que te has sobrevivido es dar relevancia a tus propios errores y a las personas que me han ayudado a superarlos. Afortunadamente lo peor que me ha sucedido siempre ha sido lo mejor que podría haberme pasado. Tal vez hay que releerlo varias veces, pero ha sido así.
Sobrevivir necesita dos factores muy importantes: vivir primero y casi morir después. Tengo una teoría personal, nada científica, que dice que todas las personas morimos en vida tres veces. Añadiría un tercer factor que lo cambia todo: la consciencia. Ser consciente que has sobrevivido es un deber personal. Si no tomas consciencia a pesar de la dureza de hacerlo, puedes seguir sobreviviéndote una vida entera.

Vivir tu vida contigo, por y para ti. No es egoísmo. Es lo natural

Sobrevivir significa vivir una vida sin ti. Vives tu vida con arrogancia y falsa seguridad creyendo que todo lo que haces lo realizas porque quieres. Pero no es así. Actuamos como autómatas con instrucciones aprendidas y heredadas. La electricidad o corriente continua que nos alimenta es la culpa. Es muy poderosa porque anestesia al ego. La culpa consigue que no hagas lo que debes hacer porque crees que no es lo correcto para los demás: familia, amigos, país. La culpa consigue que te traiciones a ti mismo cada día. La actualidad es triste, los políticos solicitan «lealtad», me aterroriza eso, es como pedirme mi alma. ¿Qué tipo de monstruo se atreve a pedirme lealtad? La única lealtad posible es a uno mismo. Pero la culpa nos hace leales a lo ajeno. Y lo ajeno es todo: país, pareja, hijos, padres…Si un estado te exige lealtad, lo único que está ofreciendo a cambio es sobrevivir pero jamás vivir en plenitud.

Desaprender todo lo aprendido

A pesar de cumplir los cincuenta años realmente tengo solo cuatro. Cuatro años desde mi última y definitiva muerte. Las otras dos anteriores les faltó lo más importante, la consciencia.

En estos cuatro años de vida nueva he desaprendido todo lo adquirido por educación y genética social. ¡Es mucho! Quilos y quilos de información que revisar y quemar. Sí, la he quemado metafóricamente porque no hace falta guardarla, ni recordarla. Soy anti memoria histórica, y de eso sí que hay evidencias. Recordar la historia de la humanidad solo consigue perpetuar los odios. Hasta el día de hoy no he visto ninguna civilización que gracias a su memoria histórica superase odios pasados. ¡Ninguna! El  único ejemplo de civilización completamente pacífica, para mí, es la tibetana. El pueblo tibetano, después de ser  masacrado en su país, ha sido capaz de buscar la paz y mantener su estado solo a través de su cultura, sin pelear, sin tener un país físico, sin tener estado (al fin y al cabo qué es un estado, eso será otro post).  Me siento completamente identificada con la cultura tibetana porque yo he dejado de tener todo lo que tenía para disfrutarlo en lugar de poseerlo. Suena bien pero ha sido, y todavía es, terriblemente duro. Porque nos enseñan a tener y no a ser. Y yo he tenido y todavía tengo mucho. Nadie puede imaginar el precio que he pagado por conseguirlo. ¡Pagado está! Si alguien me pregunta, «¿Volverías a tenerlo?» La respuesta es sí, y tendría mucho más pero de diferente manera. Todo lo que tengo es porque lo quise tener. De hecho uno de mis planes presentes es triplicar mi patrimonio,« ¿Por necesidad? No, por diversión esta vez». Pero hoy no toca hablar de la abundancia.

Perdonarse  uno mismo

Sobrevivirse a los cincuenta años implica otra aceptación personal: Perdonarse  uno mismo. En mi caso lo he conseguido hace muy pocos días. Perdonarme por haber sido como fui en cada una de mis etapas anteriores. Perdonarse a uno mismo no implica perdonar a los otros, a esas personas que te han herido. Bien al contrario. No perdono todo lo sufrido (aunque he dejado de recordarlo, lo llaman sobrevivencia psicológica), hacerlo sería aceptar el maltrato ajeno y eso es crear un camino para volver a ser dañada. Lo importante es aceptar  que todo lo que  te ha pasado en tu vida ha sido por tu propio consentimiento, por tu propia aceptación y normalización de lo que te daña. ¡Parece fácil! No lo es, además puedo confirmar que resulta terriblemente doloroso saber que todo lo que has vivido es culpa de tus propios pasos. Nos han enseñado a perdonarlo todo, todo lo ajeno, pero jamás se educa para perdonarte a ti mismo.

Aceptarme, quererme, cuidarme y mejorarme. El orden de los factores sí altera el resultado final.

El perdonarte a ti mismo implica asumirte tal y  como eres, como eres ahora. Yo miro atrás y veo mi obsesiva fijación por la mejora y la superación constante. La obsesión por lo perfecto es una distorsión de lo bueno. Reconozco haberla sufrido y ahora también intento mejorarme constantemente pero sin obsesión. Disfruto de mis debilidades: «Soy así, y me parece genial» Lo aprendí gracias a mi cuerpo.
Mi cuerpo se rompió físicamente después de tomar consciencia y no he podido recuperarlo con rapidez. Mis músculos y tendones han requerido mucho tiempo, trabajo constante y diario para recuperar mi fuerza. Un día la volví a sentir. Tengo la misma fuerza que hace treinta años pero no el mismo cuerpo. Eso me hace seguir trabajándolo cada día. Aceptarme, quererme, cuidarme y mejorarme. Ese es el nuevo orden de prioridades en mí día a día, y no al revés.

Gestionar la ira

Conseguir sobrevivirme ha implicado reconocer la ira y aprender a gestionarla. Tengo que hacer público que no lo he conseguido todavía. Supongo que estoy en la fase inicial del proceso. Gracias a horas de terapia y a leer mucho sobre emociones, ahora entiendo que la ira es lo que se conoce como emoción básica, ayuda a la adaptación y a la supervivencia. No se puede anular. Solo entender y aprender a gestionarla. Lo curioso es que he sido capaz de ver la ira en mis hijos y solicitar que les ayuden pero no he podido detectar la ira en mí hasta hace muy poco. La ira me invadió y lo hizo para salvarme la vida, ahora lo he entendido, y gracias a entenderlo he podido perdonarme por haberla sentido. Sigue ahí, cada vez más controlada por la alegría de estar viva. Sí, la vida implica sentir emociones  y no siempre las que te apetecería. Pero la alegría es mi emoción predominante incluso cuando no soy feliz. He llegado a pensar que sufro un trastorno que podría llamarse optimismo desenchufable (optimismo auto recargable). Es decir soy optimista en todas las circunstancias, incluso ante la idea de la muerte. Siento una terrible pena por ella (la muerte)  pero jamás miedo.

Aceptar la muerte para entender la vida

Superar el miedo a la muerte es otra condición indispensable para sobrevivirse. En mi caso hace cuatro años entendí que iba a morir. Lo sentí una tarde cualquiera caminando por la orilla del mar. Pude ver mi vida sin mí, con frialdad, como si fuera una película. Hablé con una amiga, la hice tutora legal de mis hijos y preparé mi testamento patrimonial y médico. Hablé con mis hijos y les entregué todas las claves de mis bancos, mis seguros, mis cuentas,  mis redes sociales y les dije cómo controlar los ingresos que tengo sin mí. Me invadió un gran alivio al reconocer que ya estaba preparada para morir con 46 años. ¡Esto es absolutamente cierto! Nadie imagina lo que puede liberar el aceptar que vas a morir. No fue fácil, antes de sentir la vida sufrí mucha, mucha, mucha ira, porque no todo fue una revelación, había factores ajenos a mí que me provocaron toda esa necesidad de poner orden en mi vida. Fue como intentar nadar sin saber qué es lo que te está ahogando. Pero aceptar que voy a morir es la mayor dosis de vida que alguien  podía haberme regalado. Por eso empecé a vivir hasta el día de hoy con agradecimiento por todo lo que tengo y humildad para recibir todo lo bueno que llegará a mí.

Y aquí sigo con cincuenta años y más de cincuenta razones para seguir viviendo.

¡Gracias infinitas a aquellas personas que incluso cuando mostré ira me cuidaron y permitieron que mi alegría innata prevalezca en mi nueva vida! No quiero hacer fiesta sorpresa porque no ha sido por casualidad que he llegado a mis cincuenta años. No necesito nada material, lo único que pido es tiempo para disfrutar con las personas que han sido importantes en esta nueva vida y ya llevo tres semanas de celebración y me dedicaré el año entero a decir «gracias, gracias y gracias»… Y abrazaré muchas veces.

jueves, 9 de enero de 2020

Abrazos y abrazados


Hace unos días en una novela, de esas que lees en una tarde, el autor hacía referencia a dos tipos de personas: las que abrazan y las que se dejan abrazar.

Al instante reflexioné en qué grupo me encuentro y no dudé al responderme a mí misma que yo soy de las que me dejo abrazar. Lo curioso en mi vida es que me han pedido  abrazos personas extrañas en situaciones surrealistas. Las dos más curiosas fueron las siguientes: una vez estaba en un establecimiento abierto al público, trabajando con dos compañeras más, entró una mujer indigente que no había visto en mi vida y me pidió educadamente si la podía abrazar. Mis compañeras se quedaron atónitas, pensaron que yo conocía  a esa mujer que desprendía un olor a demonios fritos, arrastraba un carrito de supermercado  lleno de trastos y era bastante mayor. Le faltaban dientes y su piel era blanca y tersa con pequeños ojos azules flotando en un mar de arrugas. Imaginé que debió ser una gran belleza en su juventud. Me sentí tan alagada que me levanté de mi mesa y fui abrazarla tímidamente, como quien recoge un premio. ¡Fue algo mágico! Sentí su bondad. Me dio las gracias y salió sin más… No volví a ver a esa mujer pero todavía recuerdo qué sentí al abrazarla.

Hace un año y medio, era el mes de julio en Barcelona, salía corriendo de una reunión de trabajo a recoger a mi hijo en un campus de verano en el barrio de  Poble Nou, había un hombre mayor en un semáforo y me resultó tan agradable y yo estaba tan eufórica que cogí un billete de diez euros y se lo ofrecí. El hombre me pidió que bajara del coche, lo hice y me abrazó de una de las formas más intensas que he vivido. El semáforo cambió a verde y nadie protestó, me sentí observada y flotando en un haro de energía indescriptible.

No me gusta que me toquen personas que no conozco, me incomoda. No es por ser fría sino por ser demasiado emotiva. No quiero que se rompa mi distancia de confort con todo lo ajeno, me hago vulnerable.

Ahora que tengo parejas de usar y olvidar me doy cuenta que cuando abrazo es un estado avanzado de la relación y me acabo acomodando en los bolsillos traseros de mi abrazado. Lo que suele gustar. Para mí es un anclarme en un puerto hasta la siguiente marea. Algo breve que me permitirá descansar por unos segundos. Pero nunca abrazo. Me dejo abrazar y es tan gratificante que el día que decida hacerlo de corazón será más satisfactorio que los abrazos que me robaron personas extrañas que  viajan conmigo en un aura de gratitud infinita. No imagino que habrán sentido esos abrazados con mi abrazo, lo único de lo que estoy segura es de lo que yo sentí cuando lo hice.

Puedes devorar a una persona sin dejar de pensar en tu  próximo reto laboral pero si alguien te abraza no puedes pensar en nada, solo sentir. El universo se detiene y se abre un agujero negro donde todo desaparece y solo se siente velocidad centrífuga hacia ninguna parte. Un respirar hacia adentro. Con el abrazo se cierra un espacio pero se abre una nueva dimensión, por supuesto desconocida, que se recorre en segundos y que solo dependerá de los abrazados volver a recorrer algún día.

Existen muchos tipos de abrazos. Todo depende de la persona que decide abrazar:

Está el abrazo de colegas, en el que se juntan cabezas y se cogen por la nuca. También la modalidad abrazo con palmadas en la espalda del abrazado, puede tener múltiples usos. El abrazo asfixiante, el que te cogen por detrás mientras cruzan su brazo por la altura del cuello. El abrazo de amigas, cuando te apoyas en la otra persona y se camina a la vez durante un rato...Mi favorito es el abrazo volador, sí, sin lugar a dudas, es rápido e inesperado. Es el abrazo que te dan y te levanta al mismo tiempo. Puede ser para girar o para desplazarte hacia otro lugar más cómodo. Creo que en esos instantes me vuelvo aire y no peso nada, siempre ocurre algo maravilloso después de un abrazo volador. 

Últimamente he empezado a practicar el abrazo colectivo entre mi gato, mi hijo pequeño y yo. Consiste en hacer un sándwich entre mi hijo pequeño y yo, y en medio está Simón, nuestro gato. Nunca se ha quejado, al revés, ronronea y emite pequeños ruiditos de confortabilidad que han acabado por convertirlo en el momento del día más deseado.

Abrazad o abrazaros, lo que más os guste pero no os quedéis en medio.

jueves, 2 de enero de 2020

2020 iluminado

La iluminación es un concepto filosófico y religioso que me llama la atención. Todo surge gracias a una felicitación que he recibido este año pasado, 2019, deseándome «un 2020 iluminado», ¿¡Original, verdad!? Me brotó una sonrisa y pensé, « ¿Y cómo me ilumino?», esperé  otro WhatsApp con alguna postal digital que le diera sentido a ese deseo tan metafísico. Porque mi amigo no puede imaginar cuánta intranquilidad ha creado su deseo en mí. ¡Cómo diablos me voy a iluminar yo sola!  

Además siempre he tenido mucha electricidad estática con lo que provoco pequeños accidentes, chispas y demás cortocircuitos a toda clase de aparatos electrónicos a los que me acerco. Y lo que es peor, cómo se responde a esa felicitación. Me gusta responder a las felicitaciones que recibo más que felicitar directamente. Pero qué le digo a alguien que me quiere ver «iluminada»…Todo un sinvivir ha sido esa felicitación porque la dejé así, sin respuesta, ni un «gracias». No voy a agradecer algo que no entiendo. Y si el sujeto en cuestión lo que desea es que me caiga un rayo y me haga desaparecer en mil pedazos porque esa es la única forma que veo yo de iluminarme.


 Aproveché estos días tan aburridos, de supuesto descanso, para llamar a amigos y amigas que practican yoga. Creo que es la actividad física que se relaciona con la iluminación. Y quedé para hacer una clase de prueba. La verdad es que resulta más complicado de lo que parece todo y que  mi elasticidad es buena porque conseguí sobrevivir a la primera clase. Lo mejor fue el profesor. Un apuesto argentino con pinta de surfero buscador de olas más que de monitor de yoga. Lo primero que hizo fue quitarse la ropa- no toda, casi toda- y luego empezó a decir que cogiéramos un tocho, una cinta y no recuerdo qué más… Yo no le hice caso, más bien porque no sabía a qué material se refería y luego entendí que el tocho debía de ser para lanzarselo a él y que entienda que debe practicar el silencio. Tranquilos, no le lancé nada. Pero el gurú bonaerense no calló, ni un segundo. Con los ojos cerrados, con todas sus extremidades cruzadas en formas indescriptibles, seguía hablando. A la vez indicaba, «cierren los ojos y abran sus chakras, respiren»…

Fui para saber lo que era la iluminación y me dijeron que tenemos «chakras» pequeñas puertas de iluminación por todo nuestro cuerpo. Por unos segundos me sentí totalmente desplazada  porque los otros asistentes parecían relajados y yo era como una pulga molesta que iba abriendo los ojos y mirando al profesor entre pensamientos lujuriosos y de rencor por dar tantas órdenes incomprensibles tan rápido. Creo que hablaba en indio o sánscrito o cualquier lengua muerta o de otra galaxia. Élfico no era, de eso sí estoy segura. Mi rabia era hacia mi madre por haberme parido así, sin conexión, dónde puñetas están mis chakras. Al parecer carezco de esos «enchufes» y por ello no podré iluminarme. ¡Qué desesperación! Cómo voy a tener un 2020 iluminado sino tengo esas puertecillas diminutas en mí. Dicen que el yoga relaja, a mí con solo una clase me ha excitado y me ha puesto de los nervios para todo el 2020. Siempre había pensado que las personas etéreas y elevadas espiritualmente eran gordas, feas y sonrientes. Pero un gurú dicharachero, trasandino y escultural como un David de Michelangelo bien vale una iluminación o dos, si llegara el caso.
Os deseo toda la iluminación posible para este 2020 ya sea eléctrica, la de toda la vida, o a través de esos misteriosos chakras. Yo, si el universo me deja, seguiré con mi vida terrenal aunque prometo asistir a esas clases de yoga por puro interés espiritual y científico, nada más. ¡FELIZ 2020!

sábado, 14 de diciembre de 2019

¿Qué principio os constituye?


Constitución, la de uno mismo

La semana pasada celebramos el día de la Constitución en nuestro país. Casi todas las personas estaban incómodas, unas por proteger el valor de esas escrituras, otros por la necesidad de reescribirlas y adaptarlas  a los nuevos tiempos. Es un tema político y no me interesa demasiado. Pero esta celebración me hizo reflexionar sobre cuántas personas han escrito su propia constitución: los valores, reglas y normas que los representan como seres humanos únicos.

Qué principios y reglas te has marcado como tu manual de uso interno para tu propia existencia

¿Qué credo te representa solo a ti? Qué principios y reglas te has marcado como tu manual de uso interno para tu propia existencia. No sirve usar escritos sagrados de religiones monoteístas. Porque podrán ser textos sagrados pero no los has escrito tú y desde luego no los has cuestionado. Posiblemente has normalizado su memorización y al final, tantos años de uso de valores ajenos ya  los sientes como tuyos. Quiero que pienses, cierres los ojos y veas una frase que es solo tuya. Tu principio y final de tu universo creado por ti. No vale copiar pero está permitido buscar textos que te inspiren en la redacción de tu propia Constitución.

Los seres humanos invertimos tiempo y esfuerzo mental en aprender textos escritos por personas ajenas a nosotros. Morimos por defender esos valores. Pero realmente nos representan unas líneas escritas por abogados, políticos y ejecutivos religiosos. ¿Moriríais por esas líneas? Si os pido una frase, un principio que os represente en vuestra totalidad, que sea absolutamente necesario para empezar cada día en vuestra vida diaria, ¿Sabríais qué frase es? ¿Qué principio os constituye?

Hace meses que sentí la necesidad de redactar mi propia constitución y me puse a pensar en mi propio texto constitutivo. Y la escribí. No fue ni fácil ni complicado, una situación de tranquila inquietud. Tuve que pensar durante algunos días, no se me ocurrió nada de forma rápida. Pensé durante semanas y escribí palabras, principios que en el inicio de este ejercicio fueron frases que recordaba o había leído en algún sitio. Quise ir más allá, cuestionarme qué es lo más importante en mí, solo en mi vida, en cada uno de los segundos que forman mi día. Conseguí escribir 8 frases, ocho principios inviolables en mi existencia.

Consejos para redactar los puntos que fundamenten vuestra existencia


Os daré unos consejos para que podáis encontrar los puntos que fundamenten vuestra existencia. Letras que son las muletas que nos ayudan a caminar en los días que no encontramos ningún camino.

  • Piensa y escribe lo primero que te venga a la cabeza. No importan las faltas de ortografía. No importa el idioma. No importa que las primeras frases no sean totalmente tuyas. Pueden aparecer recuerdos o influencias de lo vivido. Usa todos aquellos principios que sientas que debes usar.
  • Lee varias veces los principios escritos. Es como si hicieras una votación en un hemiciclo donde tú representas todas las opciones de pensamiento. Porque tú eres el monarca, el presidente y todos los poderes fácticos de tu propia vida. Puede parecer ridículo pero cuando te cuestionas todo y a ti mismo, conseguir un consenso con tus propias ideas  llega a resultar complicado.
  • Ordénalos de dentro a fuera. El valor relativo de lo esencialmente importante puede variar en cada individuo. Os sugiero que empecéis por los valores más íntimos, que os dan fortaleza por dentro, y avancéis hacia el exterior. Es decir los últimos principios de vuestra constitución tendrán relación  con aquello que os rodea.
  • Escríbelos donde puedas releerlos con facilidad. Escribirlos y no releerlos no funciona. Nos olvidaremos de ellos. Hay que releerlos sobre todo en los días de tensión o dudas de cualquier tipo.  Hay que tenerlos a mano porque con el tiempo podrás revisarlos, modificarlos, eliminarlos o añadir nuevos estatutos. La vida es cambio, nuestras células nacen y mueren cada día y nuestros principios deben adaptarse a nuestra realidad biológica.  
  • Cada vez que añadas un nuevo principio debes usar el mismo método: escribirlo, leerlo, releerlo, cuestionarlo, y si no aparece ninguna duda, usarlo cada día y  guardarlo hasta nueva reflexión.
  • No existe un número determinado de principios. Puede ser desde uno hasta el infinito. Lo importante, como casi siempre, no es la cantidad de principios que rigen tu instinto sino la fuerza de esos principios y tu vinculación con ellos.

Puede ser que unos principios te cuesten más que otros. Pero si los escribes, conseguirás normalizarlos y que rijan tu vida diaria. No recomiendo poner principios imposibles o que se enfrenten a nuestra propia condición de ser humano.
Estos son mis ocho artículos de mi Constitución personal, única e intransferible, espero encuentres los tuyos:
  1. Amarme y respetarme a mí misma.
  2. Amar, respetar y cuidar a mi familia.
  3. Vivir con gratitud siguiendo las Leyes de la Naturaleza.
  4. Cuestionarlo todo desde el respeto y el humor.
  5. Aprender y sentir curiosidad de todo lo ajeno.
  6. Pedir ayuda. Pedir consejo. Escuchar a los otros.
  7. No juzgar, ni prejuzgar.
  8. No caer en adicciones ni físicas ni emocionales.

martes, 3 de diciembre de 2019

¡Ya es diciembre!


Y diciembre llegó, así  de repente…

Parece que era ayer cuando le decía a 2018, « ¡Adiós espero no volverte a encontrar en la vida!». Aunque 2018 fue menos malo que el anterior, menos malo no es sinónimo de mejor. Se puede considerar que estoy en un progreso correcto, como diría un maestro de escuela. Evitaremos las comparaciones y las calificaciones numéricas. Pero lo mejor es llegar al final del año con la sensación que ha durado una semana y no cincuenta y dos. Voló el tiempo y yo con él. ¡Ha sido y todavía es tan intenso!, hay tanto en juego en las próximas semanas que creo que este mes va a  parecerme un año entero.

Por aquí camino feliz, sobrepasada, como siempre, por mi día a día. Dicen que conforme te haces mayor debes reducir tus expectativas, sin embargo yo he aumentado exponencialmente las mías y de momento las cumplo. El precio es no rendirse nunca, elegir bien quien camina contigo y la persona que no siga tu ritmo, apartarla. He apartado a mucha gente de mí, otra vez. Ya es un hábito. Y cada persona que descarto me duele menos porque lo justifico más. Pero no es culpa mía. Ni de nadie. La culpa de todo es de la tecnología, sí, porque nos ha enseñado lo fácil que es bloquear a una persona. ¡Y lo eficaz que resulta! Fácil y eficaz, la fórmula del éxito.


Pautas nada científicas para gestionar la ansiedad

Nos seleccionamos los unos a  los otros constantemente. Eso nos genera ansiedad, vivimos en un estado de ansiedad permanente. Antes de la era de la conectividad, las personas conectaban entre ellas. Ahora la angustia y el estrés nos devora por dentro, al otro lado del Whatsapp, en soledad, sin que nadie lo sepa. Te propongo remedios para gestionar esa angustia:

  • Levántate y haz todo lo que no deberías de hacer: se maleducada, di lo que sientes aunque no lo pienses demasiado.
  •  Si un proyecto es de futuro, pues déjalo ahí, no pienses hoy en él. No te anticipes.
  • Cuando tengas mucho trabajo, es el momento de parar, respirar y dormir. Rendirás mucho mejor.
  • Cuando no sepas qué hacer sobre algún problema, no hagas nada. Décide mañana. El tiempo es tu mejor aliado. 
  • Cuando no sepas qué decir, no inventes. Practica el silencio  


Si hago memoria de lo hecho este año hay algo que marca la diferencia, he practicado el silencio. Sí, de pronto sentí silencio, algo difícil de explicar, silencio ante personas que solía querer. Silencio ante situaciones que solía discutir. Silencio ante situaciones por las que solía gritar. Y es una herramienta poderosa. ¡Mágica! Se cambian cosas con el silencio, aprendí de la peor manera posible que el silencio mata, por eso grité, para sentirme viva,  pero ahora el silencio me ha transformado. Sobre todo porque te permite escucharte a ti misma, y a las personas que te rodean, lo que llegan a hablar para no decir nada. Mi débil garganta me lo ha agradecido. He cambiado las palabras por una sonrisa. La gente no entiende porqué sonrío, incluso cuando camino sola y no digo nada. Pero estoy tan a gustito así en silencio, conmigo misma.

El silencio te permite escuchar. Escucharlo todo. Personas que se cruzan con nosotros, conferencias, charlas, vídeos, audiolibros, música, música y más música. Y cuando se acabó el ruido pude escucharme a mí misma. Desde la calma, mi palabra volvió a salir, cambiándolo todo. Sin gritar, sin forzar, solo palabras escuchadas y entendidas y poco a poco recuperé mi poder: hacer realidad lo que sueño. Me había olvidado de soñar, porque vivir tanto tiempo en una pesadilla  hace olvidarte de saber distinguir entre cuando duermes y cuando estás despierta. Pero el verdadero sueño es el que vivimos cuando no dormimos. Y no al revés.

 En resumen, ha sido un año intenso y todavía promete más y mejor. Prometo  dejar todo atrás: mis cuarenta y nueve años se quedan en el suelo como una piel muerta que  se ha quedado estrecha.


Todo puede pasar en mi nueva vida, con mi nueva piel. Eso me excita y me provoca. Sigo sola pero no estoy en soledad, lo que es una gran diferencia. De momento esquivo sutilmente a D. Cupido pero  sigo jugando solo durante 90 minutos (*) con personas a las que dejo en el mismo lugar donde las encontré, sin decir palabra. Allí se quedan con sus circunstancias, porque no me interesan las circunstancias ajenas. Así todo es mucho más intenso, 90 minutos de los que mi mejor amigo- mi teléfono inteligente- me despierta a golpe de alarma que me devuelve a mi sueño, a mi cielo con nubes de colores y unicornios voladores. Allí dejo mi recuerdo, mi silencio, y mi lado más tierno. Así construyo una dimensión desconocida de imposible acceso. Sin códigos ni llaves. Creo que vivo algo parecido a la libertad, mi palabra favorita. El nirvana prometido por todos los gurús. La libertad es un estado sin banderas ni idiomas, no hay espacio delimitador porque la libertad se vive en silencio, y cada día cuando me despierto y digo « te quiero» a mi gato Simón, mis sueños calientan motores y empiezan a construirse. ¡Feliz mes de diciembre!

(*) La ley de los 90 minutos. Funciona, no sé si me atreveré a contar cómo la escribí hace 4 años atrás. Los seres humanos somos capaces de morir por textos constitucionales escritos por extraños, pero nunca escribimos nuestros propios textos constitutivos, inviolables aunque actualizables con el tiempo. ¡Pensar en ello!


domingo, 30 de junio de 2019

El universo es gay



Se acerca el día del orgullo gay, todo se llenará de diversidad y colores. Creo que el universo es así: diverso y lleno de todo y de nada a la vez.

El universo debe de ser gay, así como yo, me declaro gay, sí, a pesar de ser heterosexual cien por cien según la escala de la bisexualidad actual. Ser gay no tiene nada que ver con el sexo. Decir que alguna persona es gay solo por ser homosexual me parece limitador. Ser gay implica mucho más que las tendencias sexuales. Ser gay es ser maternal, indistintamente si se es hombre, mujer o viceversa. Ser gay es el sentido más amplio de la maternidad, del sentido femenino holístico y reparador. Porque no se es más mujer o mejor madre por haber parido. Parir y procrear es algo físico pero ser gay incluye tantos matices que solo cuando estas en una familia gay como la mía se alcanza la iluminación de la transversalidad humana.
Sí, me declaro en una familia gay donde todos somos heterosexuales y además apátridas, agnósticos y mal educados. Importante este último dato, ser maleducado implica que hemos desaprendido todo lo que la educación convencional nos inculcó y lo rechazamos como principio. No respetamos al padre por ser padre, no respetamos al anciano solo por ser anciano, no respetamos al político solo por ser poderoso…No respetamos a quien no respeta y no se merece ser respetado por sus méritos de ser humano.
La vida me ha dado la oportunidad de crear una familia patriarcal y convencional y  también me ofreció la oportunidad de ser devorada y aniquilada por esa misma familia. Ahora, he sido  recogida por una nueva familia gay, me han adoptado literalmente y camino entre ellos, ellas y viceversa con tanta curiosidad como si fuera una niña de apenas cuatro años, que son los que tengo en mi nueva vida. La vida gay es abierta, llena de talento y sensibilidad, cada uno puede ser lo que quiera ser. Siempre con tres normas: ser educado, feliz y hacer felices a los demás. En una familia gay todo fluye hacía donde le apetece y cuando alguien está mal todos lo ayudan, colaboran entretejiendo hilos invisibles que consiguen una tela de araña de amor y confianza ilimitados. Todos son bienvenidos, nadie pregunta nada, bueno yo a veces sí, pero ya todos asumen que soy la preguntona del grupo, ellos responden con sonrisas a mis preguntas…La mejor manera de resolver tus dudas es conviviendo. Ver que la paz y la fraternidad es posible sin obligaciones ni condiciones.
En el mundo gay tampoco existen las jerarquías de la edad, no existen conceptos de viejos ni jóvenes como en el mundo patriarcal. La edad es la que cada uno siente. Se respeta por igual a un joven que a un anciano. Lo importante es cuidar el cuerpo, este continente maravilloso que nos permite interactuar con lo que nos rodea. Hay que cuidarse para estar bien con uno mismo y poder ofrecer ese bienestar a la comunidad. Es una familia en la que todos cuidamos de todos.
La revolución gay ha llegado para salvarnos. Es la nueva redención. Los niños adoptados o nacidos en familias gays serán seres humanos con capacidades emocionales todavía por descubrir. Personas educadas para amar y respetar a todo y sobre todo a ellos mismos. Mientras, el obsoleto patriarcado obliga a no respetarse uno mismo para conceder poder a terceras personas o a ideologías estandarizadas.  Culturas monoteístas de la violencia y el odio transmitido por ADN. Esta revolución llega para establecer un nuevo orden, el del amor en cualquier forma. Lo importante es amar aunque sea solo por un rato. Y sentirse amado no solo por un amante furtivo sino por toda la comunidad. Yo me siento amada en mi comunidad gay.
Orgullosa de ser gay, heterosexual pero siempre gay,  no solo el día del orgullo sino los 365 días del año.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Diario del tren


Hoy he ido a una tienda de los chinos a comprarme una libreta, un euro me ha costado. Estoy emocionada usando las discretas  líneas azules que pautan cada página, así escribo mejor. Como a todo en mi vida le he puesto un nombre: el diario del tren. Sí, otro diario más, ya tengo el de la mesita de noche, el de los viajes, el blog digital, mi revista…


Nadie escribe en el tren, de hecho ya casi nadie lee, pero aquí estoy incomodando a las miradas furtivas con esta inmensa libreta azul. Creo que los momentos que paso viajando en tren o en metro bien merecen permanecer guardados en un espacio único porque en realidad se trata de un ecosistema complejo y cambiante que se desplaza rápida y sigilosamente entre las vías.

Todo tiene un sentido y una dirección cuando vamos en tren. Puedo reconocer a las personas según en el vagón que viajan y cómo se mueven por los andenes: Los viajeros que suben en los primeros vagones son usuarios esporádicos y personalidades despistadas que desconfían en llegar a tiempo a sus destinos.  Los pasajeros más tristes eligen los vagones del medio, son personas rutinarias que esperan la llegada de su tren sentados, se levantan en el último segundo y se mueven de forma pausada. Prefieren estar debajo del techado de la estación. Yo soy de los viajeros que elegimos los vagones de cola: sabemos a dónde vamos, no es casualidad, elegimos los vagones traseros según la puerta de salida que tomaremos en el andén que nos bajaremos. Somos pasajeros en tránsito, nos esperan kilómetros de vías hasta nuestro destino final.

Otro detalle importante es la línea de tren por la que entras a la gran ciudad. Yo pertenezco a la línea R2 de cercanías, la de las playas del Sur de Barcelona, es una línea amable, de gente guapa y morena todo el año, personas de mediana edad y  muchos descendientes de centro europeos. Es una línea silenciosa y multirracial, los viajeros parecen en paz consigo mismos. Cuando entro en mi vagón elegido me siento en los bancos del principio, los pasajeros suelen hacer como en los cines, ocupan las filas del medio.  Mi elección implica ir hacia atrás y de cara al resto de pasajeros. Pero me gusta la sensación en mi estómago de avanzar hacia atrás. Me deleito mirando a cada uno de los pasajeros. He aprendido que las personas se incomodan si haces cosas extrañas como sonreír o llorar sin llevar auriculares. Porque llevar auriculares es un pase mágico que te permite gesticular, reír o hasta tararear canciones sin que nadie te mire mal.  Por esta razón, ahora viajo disfrazada de viajera de cercanías corriente, me he puesto auriculares, lo que la gente no sabe es que no escucho nada, así paso desapercibida y tengo total libertad para mirar y escuchar sin ser descubierta.

La línea R2 casi siempre llega a Barcelona por el andén 13 de la Estació de Sants, es una estación importante y el vagón se vacía y se llena otra vez de pasajeros que no tienen nada que ver con los que estamos dentro.  La mezcla y posibilidades de personas es casi infinita. Todo empieza a tomar otro ritmo, ya no estamos en las afueras, avanzamos de forma trepidante por el centro de la ciudad a unos cuantos metros bajo tierra.

La próxima parada es la mía, no me levanto hasta el último momento, de hecho casi siempre debo salir corriendo al andén pero me resulta sencillo avanzar porque estoy prácticamente delante del pasillo por el que tendré que caminar durante más de diez minutos hasta mi próximo tren que será un metro. Los ritmos, los viajeros, y los habitantes del metro no tienen nada que ver con los de una línea de extrarradio, os lo explicaré en otro viaje.